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El Arte Total.

Yuki Takano ©

Sumerian Idol & Teatro Griego.

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Giole Zisa en "Prácticas musicales en la antigua Mesopotamia" (UNL, 2021) ubica que las fuentes a nuestra disposición para la reconstrucción de los saberes y las prácticas musicales en la antigua Mesopotamia son tanto arqueológico-iconográficas (instrumentos musicales, imágenes sobre piedra y terracota, sellos cilíndricos y placas votivas) como textuales (registros administrativos, cartas, textos mitológicos y composiciones poéticas, etc.). En el cruce de tal variación de documentación, es posible reconstruir los contextos cultuales de las presentaciones coréutico-musicales, los profesionales de la música y su formación institucional, las técnicas para la ejecución, los géneros y la teoría musical.  La palabra que indica música en sumerio es nam-nar y en acadio narûtu. La terminología sin embargo no distingue entre música instrumental y canto. Dada la ambigüedad terminológica, un verbo puede indicar tanto "tocar un instrumento musical" como "cantar". Por ejemplo, el verbo šir/zamāru significa "cantar" y "tocar" un instrumento de cuerda o percusión. Las fuentes arqueológicas e iconográficas nos informan sobre la organología mesopotámica. A lo largo de sus tres milenios de historia, los instrumentos que asumieron un rol importante son los cordófonos (arpas, liras y laúdes) y los membranófonos (tambores y timbales), acompañados a menudo en ensemble musical por aerófonos (simples cañas o silbatos, flautas, oboes dobles y cornos) y por idiófonos (sistros, cimbales y sonajas) (Dumbrill, 2005). Son pocos los instrumentos musicales originales que llegaron hasta nosotros, entre ellos podemos mencionar las liras y las arpas descubiertas en 1928 por Sir Leonard Woolley en el Cementerio Real de Ur, datado en el período protodinástico (siglo XXIV a.C.). Se trata de grandes arpas con una decoración sofisticada en oro y plata, piedras semipreciosas como el lapislázuli y conchas. La lira de caja sumeria, como la encontrada en Ur, asumía a menudo la forma de un toro. Sobre la caja de resonancia se sostiene la cabeza del toro e incluso sus patas. Las liras y arpas del período protodinástico tenían un número de cuerdas que variaba de nueve a once. Éstas podían tocarse tanto en posición sedente como erguida. Además, se elaboraban liras de modestas dimensiones que podían sujetarse al cuerpo y ser llevadas en procesiones. Se trata de una postura ejecutiva que se mantendrá en los milenios sucesivos. Otro instrumento de cuerda empleado en la Mesopotamia es el laúd. Según algunos estudiosos, el laúd llegó a la región desde Irán occidental a través de la dominación acadia en torno al 2350-2000 a.C. Éste instrumento, al menos en ése período, se ejecutaba en contextos religiosos. Al contrario, en los milenios sucesivos, el laúd parecía asociase a contextos musicales populares y no necesariamente religiosos, tocados por malabaristas, domadores de animales, enanos desnudos con piernas torcidas como modo de entretenimiento. Los otros instrumentos musicales que asumen un rol importante en contextos cultuales son los membranófonos. Las imágenes de terracota paleo-babilónicas muestran a mujeres tocando pequeños tambores de marcos circulares, mientras los hombres, como se evidencia de las esteles y en general de las representaciones en piedra, tocan los timbales y tambores de marcos grandes. Éstos últimos aparecen ya hacia finales del III milenio a.C. en las cortes de Ur y Lagaš, y son ejecutados por una o dos personas en contextos ceremoniales. Entre las distintas tipologías podemos mencionar al lilissu, que es el único membranófono que puede ser identificado con certeza. Un comentario de un ritual donde se cubre al instrumento, proveniente de Uruk seléucida, representa a un timbal de grandes dimensiones, definido como lilis, es decir, se le considera divinizado. El ritual suponía el sacrificio de un toro, con cuya piel se forraba la caja de bronce del timbal. El lilissu, así como otros membranófonos, asume un rol importante en los contextos rituales. Éste era ejecutado, como se verá, por el sacerdote-lamentador, que al ritmo del instrumento aplacaba el corazón de los dioses. La importancia religiosa que se atribuía al lilissu se evidencia en el hecho que los soberanos de las dinastías de Babilonia central y septentrional se lo hacían fabricar en cobre y bronce para dedicar a una divinidad (Shehata, 2014: 115-116). No es fácil hacer coincidir las fuentes textuales y las representaciones iconográficas para identificar los instrumentos musicales. De gran importancia son los determinativos sumerios que colocados al inicio o al final del propio nombre nos indican el material empleado en la realización de un instrumento: madera (giš), caña (gi), cuerno (si), metales (urudu para el cobre y zabar para el bronce) o pies de animal (kuš). Un problema ulterior reside en la ambigüedad lexical, en particular del sumerio, donde un término, por ejemplo, adab, puede identificar un instrumento (un tambor en éste caso), un género musical o una técnica de ejecución. Pero incluso, la propia palabra y sus significados están sujetos a cambios continuos en la tradición musical en el tiempo y en el espacio (Kilmer, 2000). Podría suceder que, a causa del contexto multicultural de la Mesopotamia, el mismo instrumento tuviera dos nombres diferentes. Un ejemplo de ésta dificultad es el término sumerio balag, que además de indicar un tipo de composición, designaba a un instrumento musical. Según algunos estudiosos, el término designaba a un cordófono, según otro, a un membranófono. Anne Kilmer (1995: 465) sostiene que originariamente se trataba de un instrumento de cuerda cuya caja de resonancia habría podido ser utilizada también como instrumento de percusión; en el curso de los milenios su nombre fue solamente asociado al instrumento de percusión. Según Uri Gabbay (2007: 58-63; 2014a), para los sumerios del III milenio a.C. balag era el nombre de las liras y acompañaba la ejecución de composiciones también denominadas balag. Una confirmación de ésto es el hecho de que el signo protodinástico BALAG se parece a un instrumento de cuerdas, quizás una lira. Además, balag se asociaba a menudo con una divinidad y se define en las listas lexicales de nombres divinos, como gu-balag "toro-balag", expresión que se asocia a las numerosas representaciones de liras en forma de toro, como las del Cementerio Real de Ur. Durante el auge de la cultura babilónica, hacia el II milenio a.C., los membranófonos asumieron un rol importante en la música religiosa y ritual. A partir de éste período, el término balag parece indicar la percusión de marcos grandes divinizados. Ésto sucedió por las siguientes razones: las composiciones musicales llamadas balag eran acompañadas por un instrumento con el mismo nombre, por ejemplo, la lira, pero puesto que los membranófonos eran en los períodos sucesivos así estrechamente vinculados con las plegarias balag, la palabra balag se convierte en un nombre secundario del membranófono hasta casi sustituir el término. Dahlia Shehata (2017:79) en cambio considera que la palabra balag no denota ningún instrumento particular, sino más bien un concepto religioso basado en la idea de que la música podía ser un medio de comunicación con las divinidades. Balag representaría la forma de práctica musical más alta y nombre. El mismo término se refería principalmente a las características funcionales y no a la descripción del instrumento musical; y por lo tanto el significado original del término habría podido ser solamente "sonido" o "música". Más allá de su identificación, el balag era ciertamente un instrumento que asumió un rol fundamental en contextos ceremoniales y rituales. Su importancia religiosa se confirma por el hecho de que estaba dedicado a un dios o una diosa. Conocemos también casos en los cuales el instrumento aparece personificado y adorado como una divinidad. Es el caso de Balag Ninigizibara dedicada a la diosa Inanna. Las ofrendas a la diosa Balar Ninigizibara están documentadas en el período de Ur III en textos administrativos, y durante el período paleo-babilónico hay testimonios de un culto regular en distintas ciudades como Larsa, Isin, Sippar y Mari (Shehata, 2014: 118; 2017). Otro ejemplo es Balag Ušumgalkalama, literalmente "Gran Dragón de la Tierra", de la cual tenemos noticias solamente en el III milenio a.C. En Lagaš, éste estaba dedicado al dios de Ningirsu y recibía ofrendas de cerveza, pan y aceite. Como se mencionaba anteriormente, los balag aparecían ordenados en las listas de nombres divinos del primer milenio denominadas AN = Anum, donde aparecen subordinados a los dioses superiores y señalados como "toro(gu)-balag del dios/diosa NN". Cada dios principal del panteón parece tener diversos gu-balag consagrados. Finalmente, debe ser mencionada también la divinidad Balag. Los documentos de Ur III lo mencionan junto con los dioses del círculo divino de Enlil en Nippur, que recibe sacrificios animales. En las listas del primer milenio, ésta divinidad aparece en acadio como Lumha y se denomina "Enki de los sacerdotes-gala" (Shehata, 2014: 119-121). Conocemos muchísimos términos en sumerio y acadio que indican géneros o tipologías de composiciones. Es posible reordenar ésta variedad terminológica en tres grupos: 1. Aquellos vinculados con los nombres de instrumentos musicales conocidos: a b, tigi, balag, ér-šèm-ma. Adab (en acadio adapu), balag (=balaggu), tigi (=tigu) y šèm son instrumentos de percusión y pueden referirse al mismo que se empleaba en ése tipo de composición. 2. Los tipos que inician con la palabra šìr "canción" deberían ser considerados tipos de canciones melódicas/rítmicas: šìr-gíd-da (cantos largos), šìr-kal-kal, šìr-nam-gala (cantos de lamentación), šìr-nam-érim-ma/šìr-nam-šub-ba (cantos de conjuros), šìr-nam-ur-sag-gá (cantos heroicos). 3. Los significados de algunos términos como bal-bal-e, ù-lu-lu-ma-ma, ù-lí-lál son todavía desconocidos. Muchas de éstas composiciones tienen un carácter de himno y elogian tanto a las divinidades como a los soberanos. Para un estudioso moderno resulta entonces complicado comprender el sistema de clasificación nativo, dado que desde el punto de vista del contenido no es posible separarlos. No obstante, la gran variedad en la terminología de los géneros es difícil de identificar los elementos que diferencien los diversos tipos de composiciones. En realidad, si la clasificación moderna de los géneros se basa en primera instancia en los aspectos del contenido, la mesopotámica parece preferir la forma de ejecución, la cual no es posible reconstruir: "El dios patrono de la música y los músicos es Enki/Ea, dios de la sabiduría y las artesanías. Como figura en la composición mitológica sumeria El viaje de Enki a Nippur, es el propio dios quien fabrica algunos instrumentos musicales en contextos templarios. 62-67. Él (=Enki) fabricó una lira, el instrumento algar, el tambor balag con los palillos, el harhar, el sabitum y (…) miritum instrumentos ofrecen lo mejor para su santo templo. El (…) resonar de ellos mismos con un sonido dulce. El sagrado instrumento-algar de Enki tocó solo para él y siete (cantantes lo cantaron). (El viaje de Enki a Nippur, eTSCL 1.1.4, I. 62-67). La diosa Inanna/Ishtar, dado su carácter liminar, es en cambio la patrona de los músicos "populares" en los márgenes de la sociedad, por ejemplo, los músicos de calle, malabaristas y bailarines. Con respecto a los profesionales de la música en los niveles más altos de la sociedad, son dos los personajes que mantienen un rol central en el curso de tres milenios de historia mesopotámica: el cantante y el sacerdote-lamentadores (Gadotti, 2009). El cantante y el ejecutor (nar en sumerio, naru en acadio) se exhibía tanto en la corte como en el templo (Ambos, 2008; Pruzsinsky, 2013; Shehata, 2018). Se trataba de un cantante y un ejecutor de un instrumento de cuerda, como la lira, y también de percusión. Éste interpretaba himnos y plegarias dedicadas a los dioses y también al rey. El nar personal del rey es el nar lugal "músico del rey", que tiene la tarea de celebrar la fama de su soberano. La presentación acompaña ceremonias rituales, tales como ofrendas y sacrificios animales dedicados a la divinidad, como se expresaban en las inscripciones de los soberanos o en las composiciones mitológicas. El lamentador profesional (gala en sumerio, kalû en acadio) es en cambio un sacerdote músico y cantor de lamentos que dedica sus presentaciones a los dioses. Éste toca el balag (lira/tambor), el tambor de metal šèm, el timbal lilis y el meze (quizás un sistro)" (Zisa, pp. 209, 2010). En la Antigua Grecia se denominaba orquesta al lugar del teatro destinado para la danza. A principios del siglo XVIII éste término adoptó su significado actual. El tamaño de la orquesta cambió de forma radical, y hubo de esperarse a comienzos del siglo XIX para que se pudiera estandarizar una plantilla más o menos estable: dos flautas, dos oboes, dos clarinetes y dos fagotes en el grupo de viento-madera; dos trompas, dos trompetas y luego también trombones y tuba, como instrumentos de viento-metal: timbales, y ocasionalmente, redoblante, bombo y platillos para la percusión; por último, un aparato de cuerdas compuesto de dos grupos de violines, una de violas, violonchelos y contrabajos. A pesar de ésta disposición de una forma fija, las plantillas podían variar según las necesidades de los compositores (y las posibilidades económicas): Richard Wagner hizo construir instrumentos de metal para algunas de sus obras (las llamadas tubas wagnerianas), y la percusión se amplió con el triángulo, tam-tam, xilófono, vibráfono, marimba o glockenspiel, entre otros. Camille Saint-Saëns pide en su tercera sinfonía un órgano y un piano a cuatro manos; en Gustav Mahler aparecen mandolinas, piano y celesta; el arpa se gana una plaza fija, mientras que el saxofón se incluye sólo de vez en cuando. El compositor moravo Leos Janácek incluye en su sinfonietta un grupo de vientos de metal aparte, y Aram Jachaturian necesita quince trompetas para su tercera sinfonía. Es decir, nada es imposible: no existen límites para la imaginación musical de los compositores. Como orquesta de cámara se define a una formación musical con una plantilla instrumental claramente más pequeña que la de una orquesta sinfónica, es decir un término medio entre la formación propia de la música de cámara y la gran orquesta. La mayoría de sinfonías y conciertos compuestos por Joseph Haydn, Wolfgang Amadeus Mozart y otros maestros del siglo XVIII estaban concebidos para éste tipo de pequeña orquesta. Jane Ellen Harrison en "Arte y ritual antiguos" (INAH, 2013), ubica que, al acceder al teatro por la entrada situada al sur de la Acrópolis, nuestro ciudadano ateniense se encontraría de pronto en una zona sagrada. Está en el interior de un temenos o recinto, un lugar separado de la zona común y dedicado a un dios… Al ingresar al teatro, nuestro ciudadano ateniense no ha de pagar nada por su asiento; su asistencia es un acto de devoción y, desde el punto de vista social, es obligatorio; la cuota de entrada por tanto la sufraga el Estado. El teatro está abierto a todos los ciudadanos atenienses, pero el hombre común y corriente no se atreverá a ocupar la primera fila. En la primera fila, y sólo en ella, los asientos tienen respaldo y el asiento central en ésta fila tiene descansa brazos; toda la primera fila está siempre reservada, pero no para los ricos que pueden pagar plateas, sino para ciertos funcionarios estatales, y éstos funcionarios son todos sacerdotes. Cada asiento tiene inscrito el nombre de su propietario; el asiento central es el del sacerdote de Dionisio Eleuteros, el dios del recinto. Cerca de él se encuentra el asiento del sacerdote de Apolo, el Portador del Laurel, y asimismo el del sacerdote de Ascleipos y el del sacerdote de Zeus Olímpico. Es como si la primera fila de las butacas en el teatro de Su Majestad la ocuparan todos los obispos, con el arzobispo de Canterbury instalado en la butaca central. El teatro en Atenas no se abre noche tras noche, ni siquiera día a día. Las representaciones dramáticas sólo suceden durante ciertos festivales importantes de Dionisio, en invierno y en primavera. Es, otra vez, como si el teatro moderno abriera únicamente en la Epifanía y en la Pascua… Lo más impresionante y convincente de todo es la ceremonia que tenía lugar en la víspera de la representación. A la luz de las antorchas, acompañado por una larga procesión, la imagen del mismo Dionisio era llevada al teatro y se le colocaba en la orquesta. Más bien, no salía en su forma humana sino también en su forma animal. Un selecto grupo de jóvenes atenienses en flor –epheboi- escoltaba al recinto un toro magnífico…. Es, de nuevo, como si en nuestro teatro moderno estuviera presente "santificando todas las cosas para nuestro uso y para el servicio de Dios", la figura humana del Salvador, y junto a él la del Cordero Pascual… Pero aquí nos topamos con algo extraño. Un dios preside en el teatro, acudir al teatro es un acto de veneración al dios Dionisio y, sin embargo, una vez que comienza la obra, sólo una de cuatro ocasiones oímos algo sobre Dionisio. Quizá veamos que Agamenón vuelve de Troya, que Clitemnestra aguarda, para matarlo, la venganza de Orestes, el amor de Fedra por Hipólito, el odio de Medea y el asesinato de sus hijos… Los propios ortodoxos griegos a veces se quejaban de que las obras representadas ante ellos no hubiera nada relacionado con Dionisio. Para los griegos, al igual que para muchos pueblos primitivos, los ritos de nacimiento, matrimonio y muerte eran en su mayor parte ritos familiares que requerían de poco o bien ningún énfasis social. Pero el rito que involucraba a toda la tribu, cuya esencia era el ingreso a la tribu, era el rito de iniciación en la pubertad. Éste hecho fundamental extraña y significativamente está consagrado en la lengua griega. La palabra general en griego para rito era têlête. Se aplicaba a todos los misterios, y en ocasiones a las bodas y a los funerales. Pero no tiene nada que ver con la muerte. Proviene de una raíz que significa crecer. La palabra têlête significa rito de crecimiento, llegar a la plenitud. Al principio significaba madurez, luego significó rito de madurez, luego por extensión natural se aplicó a cualquier rito de iniciación que fuera misterioso. Los ritos de pubertad eran en esencia misteriosos, debido a que consistían en la iniciación en los asuntos sagrados de la tribu, las cosas que la sociedad sancionaba y protegía, excluyendo a los iniciados, ya fueran jóvenes, mujeres o a los miembros de otras tribus: "Los dramas de Esquilo ciertamente, y tal vez también los de Sófocles y Eurípides, no se representaban en el escenario, y en el teatro que desde luego que no, sino en la orquesta, por extraño que ésto pueda sonar. El teatro para los griegos era simplemente el lugar para ver, el lugar en el que sentaban los espectadores; lo que ellos llamaban skene o escena era la tienda o cabaña en la que los actores se vestían. Pero el núcleo y el centro de todo era la orquesta, el espacio del baile circular del coro; y como la orquesta era el núcleo o el centro del teatro, entonces el coro, el grupo de danzantes y cantores –éste coro que a nosotros nos parece raro y hasta superfluo -era el centro y el núcleo y el punto de partida del drama. Ahora bien, en la relación entre la orquesta o el espacio de baile del coro, y el teatro o el lugar de los espectadores, una relación que cambió con el paso del tiempo, vemos reflejado todo el desarrollo del ritual hacia el arte, del dromenon al drama… La orquesta más antigua que tenemos está en Atenas. Se trata de un sencillo anillo de piedra, pero está construido sobre una prominencia en el lado sur de la Acrópolis… Los espectadores son un elemento diferente y nuevo, la danza no sólo es bailada, sino que también es vista desde lejos, es un espectáculo; mientras en la antigüedad todos o casi todos eran devotos activos, hoy muchos, de hecho casi todos, son espectadores, que observan, sienten, piensan, pero no hacen. Es en ésta nueva actitud del espectador que arribamos a la diferencia entre el ritual y el arte; el dromenon, la cosa realizada en efecto por usted se ha convertido en un drama, algo hecho también, pero abstraído de lo que usted hace… Al principio no hay divisiones entre actores y espectadores; todos son actores, todos realizan la cosa hecha, bailan el baile que se baila. Así es que en las ceremonias de iniciación se reúne toda la tribu, los únicos espectadores son los no-iniciados, las mujeres y los niños. Nadie en ésta temprana etapa piensa en construir un teatro, un lugar para los espectadores… Los asientos para los espectadores crecen y crecen en importancia hasta que al final absorben, por así decirlo, todo el espíritu y le dan el nombre de teatro a toda la estructura, la contemplación se traga a la acción… La danza ritual era un dromenon, algo que había que hacer, no algo que fuera para observarse. La historia del escenario griego es el largo relato de la invasión del escenario en la orquesta. Al principio se colocó una plataforma tosca o una mesa, luego se añadió la escenografía; la tienda movible se convierte en una casa de piedra o en el frente de un templo. Ésto al principio se encuentra afuera de la orquesta; luego la escena se inmiscuye poco a poco hasta cortar longitudinalmente el círculo sagrado del lugar para el baile. Al igual que el drama y el escenario, el dromenon y la orquesta van desapareciendo" (Harrison, pp. 104, 105, 117, 118).

Yuki Takano ©

La contemplación estética.

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Jane Ellen Harrison distingue que el arte es para la mentalidad de casi todas las personas una especie de lujo, no una necesidad. Apenas ayer la música, el dibujo y la danza no eran parte del adiestramiento para la vida común y corriente, se enseñaban en las escuelas como "habilidades", pagadas como "extras". Los poetas por su parte igualmente solían contrastar el arte y la vida, como si fueran cosas en esencia distintas: "El arte es largo y la vida es breve". El arte está conectado profundamente con la vida; no es de ninguna manera superfluo. Pero ello no obstante, el arte, tanto su creación como su goce, es impráctico. Cuando decimos que el arte es impráctico queremos decir que el arte está separado de la acción inmediata. Tómese un sencillo ejemplo. Un hombre –o mejor todavía, un niño- ve un plato de cerezas. A través de sus sentidos le llega el estímulo del olor de las cerezas y su brillante color lo impulsa, lo tienta, a comer. Las come y queda satisfecho; se cierra el ciclo de la conducta normal; es un hombre o niño de acción, pero no es un artista ni un amante del arte. Otro hombre observa el mismo plato de cerezas. Su vista y su olfato lo tientan y lo impulsan a comer. No come, el ciclo no se cierra, y debido a que no come, la vista de éstas cerezas, aunque tal vez no su olor, se altera, se purifica a través del deseo, y en cierto modo se intensifica y crece. Si ésta persona no es más que un hombre de gusto, éstas cerezas le producirán lo que llamamos un "placer estético". Si es un artista, no pintará las cerezas, sino la visión que tiene de ellas, la emoción purificada que le despiertan. Se ha salido, por así decirlo, del coro de actores, de los comedores de cerezas, y se ha convertido en un espectador. Se han señalado con frecuencia que dos, y nada más que dos, de nuestros sentidos son los canales del arte y nos ofrecen el material artístico. Éstos dos sentidos son la vista y el oído. El tacto y sus especiales modificaciones, el gusto y el olfato, no participan en la producción del arte. El arte, ya sea la escultura, la pintura, el teatro, la música, es de la vista y el oído. El resumen, el arte es una experiencia estética que no se puede consumar. La vista y el oído remiten a cosas distantes y en cierto modo remotas; son los canales adecuados para el arte, el cual ha sido apartado de la acción y de la reacción inmediatas. Imaginemos que en un lugar de un plato de cerezas tenemos a una mujer hermosa. Si el observador es un hombre de gusto, la imagen le producirá un placer estético. La belleza causa un placer estético para quien la goza, no para su portador, que en el mejor de los casos puede apreciarla en el espejo y aspirar a recibir un mejor trato o mejores opciones por la experiencia que provoca, generalmente una mujer. Un platónico nos dirá que la belleza externa es producto de la belleza interna en una visión estético matemática del universo, una visión objetiva que lo mismo puede medir lo material y lo inmaterial: equilibro, proporción, simetría y armonía. Desde la visión platónica la belleza de una mujer es divina y su creador es el gran artista del universo que creó las proporciones adecuadas. Ésa visión estética está condicionada a la no acción: la contemplación. La naturaleza en un mundo material te impulsa a disfrutar lo que ves, pero si recurres a otros sentidos que no sean la vista ni el oído, la experiencia se degrada porque el mundo material y el mundo inmaterial no están en el mismo nivel. La belleza de un rostro jamás se va a comparar con la apariencia de los órganos genitales o el ano. Un amor platónico puede alcanzar un goce superior al amor carnal. El sentido práctico te indica que debes nivelar ambos, pero el sentido artístico te muestra los límites de la experiencia. Yo no puedo tomar con las manos el amor, la belleza, la bondad, la profundidad, el buen gusto y toda una serie de conceptos que sólo se pueden captar con el pensamiento. Lo más que puedo hacer es captar los modelos ideales, gozarlos estéticamente y mantenerlos lo más cerca posible por semejanza. En resumen, toda relación con una mujer es una actividad cerebral. Harrison señala tres teorías sobre el arte: 1) la creación o la búsqueda del gozo de la belleza; 2) la teoría de la "imitación", con su modificación, la teoría de la idealización, la cual sostiene que el arte o bien copia a la Naturaleza, o bien la mejora, a partir de materiales naturales; 3) la teoría de la "expresión", que sostiene que el objetivo del arte es expresar las emociones y pensamientos del artista. La teoría de la imitación empezó a morir con el ascenso del romanticismo, el cual enfatizó la emoción personal, individual, del artista. El impresionismo que dominó el arte pictórico de los últimos años del siglo XIX fue una imitación modificada. El impresionista insiste en representar las cosas no como son sino como en realidad se ven. El impresionista imita a la naturaleza no como un todo, sino como ella se presenta ante sus ojos. Pero cuando el nuevo material de la luz y de la sombra y del tono fueron hasta cierto punto dominados, surgieron los post-impresionistas y los futuristas. Los expresionistas creen que el arte no es la copia o la idealización de la naturaleza, o de cualquier aspecto de la naturaleza, sino la expresión y la comunicación de la emoción del artista. Los impresionistas también concentran su atención en el artista más que en el objeto, sólo que se trata de la visión particular del artista, su impresión, lo que ve en realidad, no se trata de su emoción, lo que el artista siente. Los futuristas buscan expresar la emoción del mañana, su desprecio por el pasado es el origen de su llamado a la destrucción de los museos y el arte clásico. El aniconismo del primer arte cristiano se limitaba a representaciones simbólicas como una paloma, un cordero o un pez. La iconoclastia bizantina sustituyó las imágenes de Cristo por la Cruz, los animales, las flores, los árboles y los retratos imperiales. El aniconismo islámico sustituyó las imágenes sagradas por objetos abstractos y geométricos: el minimalismo y el cubismo. El hexagrama judío y el cubo preislámico Kaaba. Los platónicos buscaban la liberación social del mundo de la necesidad material y la liberación epistemológica del alma respecto del mundo material de las apariencias. El platónico trasciende las apariencias (imaginación, imágenes, creencias, opiniones) para alcanzar el conocimiento de las Formas (objetos matemáticos, geométricos). Los gnósticos y los romanos eran neoplatónicos, postulaban que el mundo de la necesidad material y el mundo material de las apariencias es una prisión de los sentidos y aquellos cuya mente era gobernada por los apetitos del cuerpo eran esclavos. ¿Existe alguna forma de trascender la imagen? Para el platónico sí, la belleza es producto de la armonía geométrica, la belleza no requiere el sentido del tacto: la contemplación. En el tiempo de Platón, el defensor más acérrimo de la filosofía de Tales de Mileto era un griego jónico llamado Demócrito. Para él, el Universo no estaba construido con números místicos y formas geométricas, sino con partículas físicas infinitesimales que se movían eternamente por todo el vacío infinito. Demócrito llamó a éstas partículas átomos, palabra griega que significa indivisible. Mientras en la masonería griega predominó el misticismo de los números y las formas geométricas ideales, en la Cábala judía y las sectas heterodoxas predominó la teoría atómica. ¿Alguien puede probar científicamente que la experiencia humana es verdadera y que el universo es real? Para los gnósticos el universo es una simulación y la experiencia humana no es verdadera: el demiurgo arrogante y los arcontes. Éstas ideas sobreviven en las universidades posmodernas: nihilistas, existencialistas, anarquistas, transgénero, físicos teóricos. A diferencia de los gnósticos que se basaban en la teoría atómica de Demócrito para liberar las luces atrapadas en la materia: el ayuno, el sexo anal, el sexo oral, la ingesta de semen, el aborto, el suicidio, el homicidio o la explosión de una bomba termonuclear. El único género pornográfico que escapa del gnosticismo es la penetración vaginal. El género gnóstico XXX por excelencia es el bukkake y el gokkun. Para los pitagóricos y los platónicos que se basaban en las matemáticas y la geometría, la materia es una copia del mundo de las ideas: el universo es un simulacro imperfecto de un mundo perfecto. El demiurgo arrogante será asociado con el Dios del Antiguo Testamento, para los gnósticos el Dios de la materia es Satanás y la Iglesia y el Estado su gobierno. Desde una visión gnóstica la imagen tiene naturaleza satánica, de ahí el rechazo de todas las imágenes. Los platónicos no llegaban tan lejos, reconocían que la materia es una copia imperfecta de un mundo perfecto, la tarea del platónico era trascender la materia: "Cuando decimos que el arte es impráctico, queremos decir que el arte está separado de la acción inmediata… La atención del artista, todo su sistema de valores, es diferente, su mundo es un mundo de imágenes las cuales son sus realidades… El ritual, lo vimos, era una re-presentación o una pre-presentación, un re-hacer o un pre-hacer, una copia o imitación de la vida, pero siempre con un fin práctico, y éste es el punto importante… Ya es tiempo de que diferenciemos con precisión al artista, a la obra de arte y al espectador. El artista se puede convertir en el espectador de su propia obra, y por lo general éso es lo que hace, pero el espectador no es el artista. La obra de arte, una vez ejecutada, ya es para siempre diferente tanto para el artista como para el espectador. En la danza coral primitiva -artista, obra de arte, espectador- estaban fundidos, o mejor dicho no había diferenciación entre ellos. Los manuales sobre arte suelen empezar con la discusión de toscos moldes decorativos y, al final, cuando llegan a la escultura y a la pintura, se menciona vagamente el primitivismo de la danza ritual… Una de las funciones del arte, entonces, consiste en alimentar y nutrir a la imaginación y al espíritu, y por lo tanto realzar y fortalecer el todo de la vida humana. Ésto está muy lejos de la idea de que el fin del arte es el de provocar placer. El arte por lo general en efecto causa placer, un placer singular e intenso, y a éso que causa tal placer le damos el nombre de belleza… Éste retraimiento, éste purgar la emoción de la pasión personal, es lo que el arte tiene en común con la filosofía… El filósofo debe buscar la contemplación; la acción, dice, es el debilitamiento de la contemplación. Nuestra palabra teoría, la cual empleamos en conexión con el razonamiento y que viene de la misma raíz griega que teatro, significa en realidad observar fijamente algo, contemplar; su significado está muy cerca de nuestra palabra imaginación. Pero el filósofo difiere del artista en lo siguiente: no sólo busca la contemplación de la verdad, sino el ordenamiento de las verdades, busca convertir a todo el universo en un universo inteligible. Más aún, a él no le acicatea el tábano de la creación, él no está obligado a moldear sus imágenes en formas visibles o audibles. Él está más allá del impulso de la vida. Sin embargo, el filósofo, al igual que el artista, vive en un mundo propio, con un hechizo propio parecido al de la belleza, y el secreto de ése hechizo es el mismo distanciamiento de la tiranía de la vida práctica" (Harrison, pp. 107, 108, 113, 137, 168, 174, 175). A mediados del cuarto milenio a.C., sobre la plataforma central del recinto del Eanna "Casa del Cielo", la residencia terrestre de Inanna de Unug; se elevaba un enorme edificio, más grande que el Partenón de Atenas, construido de piedra caliza y moldes de hormigón de ladrillo cocido. El plano de la base del santuario se anticipó en más de tres mil años al diseño de las primeras iglesias cristianas: una nave central, una planta cruciforme, una arcada o antecámara y un ábside en un extremo flanqueado por dos cámaras que en los santuarios cristianos se llamarían diaconicon y prothesis. La teoría musical de Babilonia se anticipó a Pitágoras y Platón en más de mil años, pero sus conceptos se explicaban bajo la forma de instrucciones prácticas para aplicarlas a los instrumentos musicales de cuerda. En el Timeo de Platón, el Alma (lo que anima o mueve) del Universo y del hombre, está creada según la armonía musical que mueve los cuerpos celestes siguiendo las series geométricas de dos (1, 2, 4, 8) y de tres (1, 3, 9, 27). Cada uno de éstos intervalos tiene a su vez dos medios, uno que supera y es superado por los extremos en la misma proporción (medio armónico) y otro que se diferencia de ellos por el mismo número (medio aritmético). El medio aritmético es la suma de los valores consecutivos de la serie, dividida por su cantidad. El medio aritmético de 2 y 4 es, según ésta fórmula, 6:2=3. La diferencia existente entre los extremos y el término medio es la misma (1). El medio armónico es el valor recíproco del medio aritmético de los valores recíprocos de la serie. El medio armónico entre 1 y 2 es 2/ (1/1+1/2)=4/3. Éste término medio es 1/3 mayor que el extremo inferior y 2/3 menor que el extremo superior, es decir existe la misma diferencia proporcional con cada uno de los extremos. El ordenamiento de los términos medios en cada serie y de ambas series entre sí da la siguiente sucesión: 1, 4/3, 3/2, 2, 8/3, 3, 4, 9/2, 16/3, 6, 8, 9, 27/2, 18, 27. La estructura geométrica musical del mundo. La astronomía mostrará que el Orden que impera en los cuerpos celestes en una forma de la armonía musical. El Creador del Mundo actúa como un músico creando una escala tonal y el modelo de la creación es el monocordio. 2) El tiempo es la imagen de la eternidad que marcha según el número. Si Tales de Mileto y sus discípulos fueron los primeros científicos verdaderos del mundo, Pitágoras y sus discípulos fueron los primeros matemáticos puros. Pitágoras se casó con el principio de que los números, enteros o ideales, constituían la realidad más profunda; y ésa realidad no se podía investigar con los sentidos, sino solamente por el pensamiento. La preferencia de los pitagóricos por el misticismo y la metafísica estaría destinada a prevaler por encima del empirismo de Tales como una profunda influencia en las filosofías de Platón y Aristóteles. Por el lado místico, consideraban que el 1 es la fuente primaria de todas las cosas en el universo. Los números 2 y 3 simbolizaban los principios femenino y masculino. El número 4 simbolizaba la armonía, y también los cuatro elementos (Tierra, Aire, Fuego, Agua) a partir de los cuales está hecho todo. Los pitagóricos creían que el número 10 tenía profunda trascendencia mística, porque 10= 1 + 2 + 3 + 4, que combina la unidad primaria, el principio femenino, el principio masculino y los cuatro elementos. Además, éstos números formaban un triángulo. El 7 místico pitagórico con base en el cuatro, producto de la suma 1+2=3+4. En música la doble de la armonía del diapasón y la cuádruple del doble diapasón. Los pitagóricos notaron las relaciones entre los sonidos armónicos y las razones numéricas simples. Descubrieron que, si una cuerda pulsada produce una nota de un tono particular, entonces una cuerda de longitud mitad produce una nota extraordinariamente armoniosa: la octava. Una cuerda de longitud dos tercios produce la siguiente nota más armoniosa, y una de tres cuartos de longitud también produce una nota armoniosa. Los pitagóricos redescubrieron la física de cuerdas vibrantes que se mueven en pautas ondulatorias, un honor que pertenece a los mesopotámicos. Los antiguos percibían que ciertos intervalos musicales eran disonantes y considerados desagradables en base a la proporción, el orden y la armonía. Los pitagóricos sabían que los distintos modos musicales influían en la conducta con ritmos duros, suaves, blandos y lascivos; al grado que usaban cantilenas para dormir, y una vez despiertos, se liberaban del sueño con otras modulaciones. El uso terapéutico de la música se debe a Pitágoras cuando calmó a un adolescente sobreexcitado por una melodía de modo hipofrigio en ritmo espondaico. Los pitagóricos conocieron la armonía, el sonido de dos o más notas producido de forma simultánea. El estudio de la armonía se dedica a la construcción y la correcta y lógica sucesión de los acordes y sus interrelaciones. El intervalo es la distancia entre dos notas diferentes. El violín, afinado en quintas: SOL, la, si do, RE, mi, fa, sol, LA, si, do, re, MI. La cuarta es una distancia de cuatro notas: DO, re, mi, FA. La octava es una distancia de ocho notas: DO, re, mi, fa, sol, la, si, DO. El acorde es el sonido conjunto de tres o más notas. Los modos eclesiásticos o gregorianos son una variedad de escalas diferentes. Utilizamos el término con relación a la música de la antigua Iglesia católica, que conocía un total de ocho modos. El primer modo es el dórico, el tercero el frigio, el quinto el lidio y el séptimo el mixolidio. Se puede reconocer en sus nombres la herencia de Grecia. Cada modo tenía su propia estructura. Los primeros cuatro modos auténticos: dórico: re, mi, fa, sol, la, si, do, re; frigio: mi, fa, sol, la, si, do, re, mi; lidio: fa, sol, la, si do, re, mi, fa; mixolidio: sol, la, si, do, re, mi, fa, sol. Junto a ésos llamados modos auténticos, existieron los modos plagales, que utilizaban la misma nota de base que su paralelo auténtico (re en Dórico, mi en Frigio, etc.), pero que comenzaban una cuarta por debajo del mismo. Se utilizó el prefijo "hipo" para designar a éstos modos plagales: hipodórico: la, RE, la; hipofrigio: si, MI, si; hipolidio: do, FA, do; hipomixolidio: re, SOL, re. Se llama pentagrama al conjunto de líneas sobre las cuales se escribe la música. En la actualidad se utiliza el pentagrama de cinco líneas, con la excepción del canto gregoriano, que tradicionalmente está registrado sobre cuatro líneas: tetragrama. Platón enseñaba que el mundo terrestre estaba hecho de cuatro elementos primarios –Tierra, Aire, Fuego y Agua-, y que el Éter, el quinto elemento, formaba los cielos. Los cinco elementos del pentagrama pitagórico. El hexagrama masónico y hermético formado por el agua y el fuego: el triángulo invertido del agua (vagina), el triángulo de fuego (pene). En Mesopotamia, Babilonia y Egipto los dioses se representaban con forma humana. En la época asiria se rompió la conexión de los dioses con la naturaleza, de ahora en adelante los dioses iban a ser representados como distanciados del mundo, dispuestos como ídolos sobre pedestales y podios, y, por último, no se representarían en absoluto sino que serían reemplazados por símbolos: la esfera solar de Shamash con una estrella de cuatro puntas; una media Luna para Sin; el planeta Venus, como un estrella de ocho puntas para Ishtar. La "Asamblea Universal" (ecclesia katoliké) es el equivalente de la "Asamblea del Cielo" de los sumerios, el "Olimpo" de los griegos, el "Juicio a las Naciones" de los apocalípticos: la ¡Organización de las Naciones Unidas! En la cultura posmoderna la subcultura satánica se ha convertido en un corpus masónico: el Círculo, el Triángulo, el Cuadrado, el Pentagrama, el Hexagrama, el Heptagrama, el Octagrama, el Eneagrama: "Frente a lo expuesto, cabe señalar que la escena del black metal noruego, no se trató únicamente de un grupo de jóvenes "desadaptados" –como se ha tratado de posicionar en el aspecto mediático de su difusión- puesto que, más bien, asumió un carácter irreverente y en contraposición al sistema de vida dominante, según como la contracultura ya advertía desde los años 70, y puso en tensión prácticas predominantes del proyecto moderno, retomando temas profanos, satánicos y paganos. De éste modo, generando una sonoridad altamente incomprensible para el formalismo de lo que, comúnmente, se creía que era la música. No obstante, tales fisuras que parecían un asunto musical con el tiempo alcanzaron un grado de extremismo y de polémica, cuando muchos integrantes de la escena se declararon admiradores de ideologías políticas de ultraderecha, y en su corporalidad, se declararon servidores del satanismo y del paganismo. Ésto evidencia que la coyuntura mundial, políticamente hablando, de la Primera y Segunda Guerra Mundial, se convirtieron en un espejo deformante, en matrices ideológicas para fundamentar prácticas extramusicales y de provocación social… Posiblemente, para el metal, el extremismo sonoro sea inconcebible sin una estética afín, por ello, el belicismo de la guerra, y los vínculos primitivos con el poder sean fuentes para reconstruir una mirada política de su entorno. En cualquier caso, los problemas del "primer mundo" en torno a las políticas ultraderechistas, las migraciones, las desigualdades sociales, la excesiva implementación de la fuerza militar en las ciudades, la globalización, el desplazamiento de lo popular en nombre de lo culto y el estatus, el logocentrismo, la caída de las ideologías comunistas hacia los años 90, tuvieron resonancias en la mentalidad contraculturalista, que venía gestándose desde fines de los años 70. De ahí que el black metal noruego se haya convertido en un subestilo que utilizó el ocultismo para evadir las lógicas capitalistas, cuestionando aspectos como el etnocentrismo academicista de la música culta o la exacerbada institucionalización histórica del cristianismo. Si bien la escena del black metal que popularizó en su música la estética satánica y pagana, se desarrolló en el sistema de vida nórdico, ajeno a la polución de las grandes urbes; donde gozaba de garantías de libertad de creencias, salud, educación, seguridad, y donde además la violencia parece reducirse a ocasionales suicidios o asesinatos y, más bien, el orden y la calma constituyen modelos de vida que sustituyen o minimizan un pasado violento en la época de la cristianización, las gestas de los vikingos" (Ayala Plazarte, pp. 301, 302, 303).

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La superioridad moral.

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Peter Heather en "La caída del imperio romano" (CRÍTICA, 2011) ubica que en los días de Julio César no había ningún emperador que encabezase el imperio, sino una serie de oligarcas enfrentados cuyas rivalidades y contiendas generaban gran cantidad de guerras civiles. En el año 45 a.C., César había sido designado IMPERATOR (jefe del ejército) de forma vitalicia, y un año después se le ofreció una Corona, justo antes de que fuese asesinado. Pese a ello, el título imperial era una novedad cuando Octavio, el sobrino de César que gobernó con el nombre de AVGVSTVS, lo reivindicó y lo definió. Desde entonces, el cargo ha sido transformado hasta el punto de resultar totalmente irreconocible. Y ello por una razón: toda pretensión de republicanismo se había desvanecido. Augusto había puesto toda su energía en simular que las estructuras del poder que él mismo había creado en torno a su persona no representaban el derribo de la vieja república, y que, con una constitución mixta, el senado seguía teniendo funciones importantes. Sin embargo, ya en vida de Augusto, ése barniz había mostrado un aspecto muy endeble, y en el siglo IV nadie consideraba que el emperador fuera otra cosa que un monarca autocrático. Las nociones helenísticas de autoridad, desarrolladas por medio de los reinos surgidos para suceder el efímero imperio de Alejandro Magno, habían transformado las ideologías y la vida ceremonial que definía la imagen imperial. Éstas ideologías sostenían que los gobernantes legítimos recibían inspiración divina y habían sido elegidos por los dioses. El primero entre sus iguales se convirtió en un gobernante sagrado que se comunicaba con la divinidad, y los seres humanos ordinarios debían actuar con la debida deferencia. En el siglo IV, los protocolos habituales incluían la proskynesis –que obligaba a una persona a arrojarse al suelo en el momento en que era puesta ante la sagrada presencia imperial-, y, en el caso de unos cuantos privilegiados, el permiso de besar el borde de la túnica del emperador. Y desde luego, se esperaba que los emperadores representasen su papel en la función. No se trataba simplemente de que los emperadores del siglo IV tuviesen un aspecto más poderoso que el de sus equivalentes del siglo I. Desde Augusto en adelante, los emperadores habían disfrutado de una enorme autoridad, pero las atribuciones de su cargo siguieron ampliándose aún más a lo largo de los siglos. Tomemos por ejemplo el caso de la promulgación de leyes. Hasta la mitad del siglo III, el sistema jurídico romano se desarrolló por varios cauces. El SENATVS POPVLVSQVE ROMANVS (SPQR) estaba capacitado para elaborar leyes, y también lo estaba el emperador. Sin embargo, el grupo sobre el que recaía la responsabilidad principal de la introducción de innovaciones legales había sido el compuesto por unos juristas especializados de formación académica llamados "jurisconsultos". Éstos juristas tenían licencia del emperador para abordar las cuestiones relacionadas con la interpretación y con los problemas nuevos que surgieran, a los que aplicaban los principios legales establecidos. Desde el siglo I hasta mediados del siglo III el derecho romano se desarrolló primordialmente sobre la base de sus opiniones eruditas. En el siglo IV, sin embargo, los jurisconsultos habían quedado eclipsados por el emperador: las cuestiones legales dudosas debían remitirse ahora a su persona. En consecuencia, el emperador dominaba por completo el proceso de la promulgación de leyes. El guión era muy semejante en un buen número de áreas diferentes, entre las que cabe destacar por su importancia la vinculada a la estructura fiscal, aspecto en el que los funcionarios de los emperadores del siglo IV desempeñaban un papel mucho más directo en la imposición de contribuciones al imperio del que les había correspondido en el siglo I. Los emperadores siempre habían tenido la autoridad potencial de ampliar la extensión de sus funciones, pero en el siglo IV gran parte de ése potencial se había convertido en una realidad, tanto en las cuestiones relacionadas con los actos ceremoniales como en las vinculadas con su función. De importancia igualmente fundamental era el hecho de que, ahora, la costumbre de dividir el desempeño del cargo había quedado bien establecida –a fin de que pudiesen gobernar al mismo tiempo dos o más emperadores-. En el siglo IV éste recurso nunca había quedado plenamente formalizado en un sistema que distinguiese dos mitades, una oriental y otra occidental, del imperio, cada una de ellas provista de su propio gobernante, y hubo ocasiones en que un sólo hombre trató de hecho de gobernar por sí mismo la totalidad del imperio. El emperador Constancio II (337-361) gobernó solo durante parte de su reinado, y sus inmediatos sucesores, Juliano y Joviano, volvieron a hacerlo entre los años 361 y 364, al igual que Teodosio I, una vez más, a principios de la década de 390. Sin embargo, ninguno de éstos experimentos de gobierno en solitario duró demasiado, y durante la mayor parte del siglo IV, la tarea de regir el imperio estuvo dividida. La distribución del poder se organizaba de diversos modos. Algunos emperadores se valían de parientes más jóvenes –de sus hijos, si los tenían, o de sobrinos si no era así- como gobernantes subordinados, aunque, pese a ello, su dignidad imperial y el hecho de que dispusieran de su propia corte les convirtiera en colegas. Constantino I utilizó éste sistema desde la década de 310 hasta su muerte, en 337. Constancio II hizo lo mismo con sus sobrinos Galo y Juliano durante la mayor parte de la década de 350, y Teodosio I se disponía a aplicar ésta misma solución con sus dos hijos en la década de 390. Ambos habían sido elevados a la categoría de Augusto, pero cuando su padre murió eran demasiado jóvenes para poder ejercer una verdadera autoridad. Otros emperadores compartieron la soberanía en términos de igualdad con otros parientes, por lo general con hermanos. Los hijos de Constantino I actuaron de éste modo entre los años 337 y 351, y lo mismo hicieron en 364 Valentiniano I y Valente durante diez años. Además, a finales del siglo III y principios del IV, hubo un largo período de tiempo en el que personas no emparentadas compartieron el poder en términos generalmente equitativos. El emperador Diocleciano estableció la llamada tetrarquía (gobierno de cuatro) en la década de 290 y compartió el poder, en calidad de Augusto, con otro colega con la misma dignidad de Augusto y dos Césares. Cada uno de ellos tenía una zona de actuación geográfica bien definida. Hubo una rotación de individuos diferentes, pero el modelo de la tetrarquía continuó funcionando en cierto modo hasta principios de la década de 320. De éste modo, el imperio tardío fue testigo de muchos modelos distintos para el reparto del poder, aunque durante gran parte del siglo IV hubo dos emperadores, uno de ellos radicado habitualmente en Occidente y otro en Oriente. Para el siglo V, ésta práctica había cristalizado en un sistema más o menos formal. No sólo había ahora un emperador, y generalmente más de uno, sino que también observamos otra transformación clave, una transformación implícita en éste caso en el hecho de que la embajada de Símaco tuviera que viajar hacia el norte para encontrarse con Valentiniano en una ocasión tan señalada como la del quinto aniversario de su ascenso al poder: "En el campo de los estudios de la Roma tardía hay una discusión académica un tanto ensimismada respecto a si un determinado emperador reinante visitó Roma en cinco ocasiones durante el siglo V o si lo hizo solamente en cuatro. En realidad, el hecho de que si fueron cuatro o cinco las visitas carece de importancia: la cuestión estriba en que, en el siglo IV, los emperadores apenas visitaban Roma. Pese a que la ciudad seguía siendo la capital simbólica del imperio, y a que todavía recibía un porcentaje desproporcionado de las rentas imperiales en forma de alimentos gratuitos y otros subsidios, había dejado de ser un centro político o administrativo de importancia. Se habían desarrollado nuevos centros de poder mucho más próximos a las principales fronteras del imperio, en especial a finales del siglo III y principios del IV. En el interior de Italia, Milán, situada al norte de Roma y a varios días de viaje de la metrópoli, había surgido como sede principal del gobierno imperial efectivo. En otros lugares, y en momentos diferentes, Tréveris, junto al Mosela, Sirmio, en la confluencia del Save y el Danubio, Nicomedia en Asia Menor, y Antioquía, en las cercanías del frente persa, habían adquirido importancia, particularmente en tiempos de la tetrarquía de Diocleciano, ya que los cuatro emperadores gobernantes actuaban en esferas geográficas distintas. En el siglo IV, las cosas se estabilizaron un poco: Milán y Tréveris en Occidente, junto con Antioquía y una nueva capital, Constantinopla, en Oriente, surgieron como centros administrativos y políticos predominantes en el imperio… Como señala Temistio con tanta precisión, una de las razones de que los emperadores hubieran abandonado su sede original emanaba de las necesidades administrativas. Las apremiantes amenazas externas que captaban su atención se encontraban al este del río Rin, al norte del río Danubio y en el frente persa, entre el Tigris y el Éufrates. Ésto significaba que el eje estratégico del imperio discurría a lo largo de una accidentada diagonal que partía del mar del Norte, corría junto al Rin y al Danubio hasta llegar a las puertas de Hierro, donde el Danubio se ve forzado a cruzar la cadena de los Cárpatos, y continuaba después por tierra a través de los Balcanes y el Asia Menor hasta la ciudad de Antioquía, punto desde el cual podía supervisarse el frente oriental" (Heather, pp. 46, 47). En el siglo IV d.C. la ciudad permanecía igual que en tiempos de César: seguía siendo una masa imperial irregular. Los visitantes acudían, como hacen hoy, para admirar sus monumentos: el foro, el Coliseo, el senado, y una larga lista de palacios, tanto imperiales como privados. En vida de César, el senado estaba compuesto por unos novecientos hombres, todos ellos ricos terratenientes y ex magistrados, a los que acompañaban sus incondicionales, todos ellos instalados en fincas contiguas a la ciudad. Éstos incondicionales eran las familias patricias que dominaban la política, la cultura y la economía de la Roma republicana. El senado del siglo IV contaba con muy escasos descendientes directos de éstas antiguas familias, si es que contaba con alguno. La razón era sencilla. El matrimonio monógamo tiende a no producir un heredero varón durante más de tres generaciones seguidas. En circunstancias naturales, aproximadamente el 20 por 100 de las relaciones monógamas no tiene ninguna descendencia, y otro 20 por 100 trae al mundo una descendencia totalmente femenina. Pueden darse excepciones (y entre las más notables destaca la de la dinastía capetiana de la Francia medieval, que engendró una descendencia directa de herederos varones durante más de seiscientos años), pero podría apostarse con grandes probabilidades de acertar que ninguna de las familias senatoriales del siglo IV podía remontarse directamente por línea masculina hasta los contemporáneos de Julio César. De forma indirecta, sin embargo, muchas de ésas familias descendían de los antiguos grandes de Roma, y el modelo al que se ajusta su riqueza así lo indica. De todos los senadores de la Roma tardía, el que mejor conocemos, a través de sus propios escritos, es un hombre llamado Quinto Aurelio Símaco, cuya vida adulta abarcó la segunda mitad del siglo IV. Los textos que nos han llegado constan de siete discursos y de unas novecientas cartas, todo ello escrito entre el 364 y el año de su muerte, en 402. Preparados en parte por el propio autor, los documentos fueron publicados de forma póstuma por su hijo, y los monjes de la Edad Media los copiaron profusamente como ejemplo de buen estilo latino. El propio Símaco era inmensamente rico y muy representativo de su clase, ya que poseía una cartera de propiedades y tierras que tachonaban el centro y el sur de Italia, Sicilia y el norte de África: algunos de sus pares poseían fincas en Hispania y el sur de la Galia. Los componentes siciliano y norteafricano de su cartera de propiedades son un reflejo de las adquisiciones que realizaron en ésas zonas los antiguos grandes de Roma tras las victorias obtenidas sobre Cartago durante las guerras púnicas, y del ulterior intercambio de tierras producido entre sus descendientes a lo largo de los siglos de herencias y de acuerdos matrimoniales. Cada uno de los reinos imperiales había asistido al ascenso de un cierto número de "nuevos notables", los cuales habían entrado a formar parte del círculo por medio de vínculos matrimoniales, pero, a lo largo de los siglos, el senado continuó siendo el cenit de la sociedad imperial, el patrón de excelencia que invariablemente se proponían alcanzar todos los arribistas romanos. De éste modo, la difusión geográfica de los bienes raíces de los senadores, incluso después de muchos siglos, siguió siendo un reflejo del primitivo ascenso de Roma a la grandeza. Símaco y sus pares eran extremadamente conscientes del peso histórico que ellos mismos y su institución atesoraban, y también ésto queda claramente consignado en las cartas. En un par de ellas, Símaco alude al senado de Roma con la expresión "la mejor agrupación del género humano": pars melior humani generis. Con ésto no sólo pretendía decir que él y sus iguales poseían una fortuna mayor que la de cualquier otro hombre, sino que también eran "mejores" seres humanos en el sentido moral: que poseían una mayor virtud. En el pasado, era mucho más habitual reivindicar que uno tenía mayores posesiones porque su mayor estatura moral le autorizaba a ello. Sólo a partir de la segunda guerra mundial ha empezado a volverse tan predominante el culto a la riqueza por la riqueza que ya no parece necesaria ninguna otra justificación para la posesión de propiedades de privilegio. Las cartas nos proporcionan un vislumbre único de la imagen de superioridad moral que tenían de sí mismos los romanos de Roma, lo que les permitía justificar su riqueza. Aproximadamente una cuarta parte de las novecientas cartas está dedicada a prodigar recomendaciones cuyo propósito es familiarizar a los pares más jóvenes con las encumbradas relaciones de Símaco. En repetidas ocasiones se mencionan virtudes de uno u otro tipo: "integridad", "rectitud", "honestidad" y "pureza de costumbres". No se trata de una lista aleatoria de atributos: para Símaco y sus pares, sus posesiones estaban explícitamente vinculadas a un tipo de educación determinado. La roca firme sobre la que se asentaba el sistema era el intenso estudio de un pequeño número de textos literarios examinados con la guía de un experto en la lengua y la interpretación literaria: el gramático. Ésto mantenía ocupado al individuo durante siete o más años, desde que alcanzaba los ocho años de edad, y se concentraba únicamente en cuatro autores: Virgilio, Cicerón, Salustio y Terencio. Al terminar, el joven pasaba a estudiar con un rétor, con el que examinaba una gama de textos más amplia, aunque los métodos empleados eran a grandes rasgos los mismos. Los textos se leían línea por línea, y cada giro del lenguaje era debidamente identificado y debatido. Un ejercicio escolar característico consistía en tener que expresar algún suceso cotidiano con el estilo de alguno de los autores escogidos. En esencia, se consideraba que éstos textos tenían un canon de "corrección" lingüística, y los niños debían aprender ésa forma de expresión –tanto el vocabulario concreto como la compleja gramática que estructuraba su empleo-. Una de las cosas que se conseguían con éste procedimiento era mantener al latín culto confinado en una especie de círculo vicioso cultural, ya que se impedían, o al menos se ralentizaban significativamente, los procesos normales del cambio lingüístico. También tenía el efecto de permitir una identificación instantánea. Tan pronto como un miembro de la élite romana abría la boca resultaba obvio que había aprendido el latín "correcto". Es como si el sistema educativo actual utilizara las obras de Shakespeare al objeto de distinguir a las personas cultas por su capacidad para hablar un inglés shakesperiano. Pero el arte de la conversación era sólo una parte del asunto. Además del estilo de éstos textos, Símaco y sus amigos también sostenían que el hecho de absorber su contenido hacía de ellos unos seres humanos dotados de un peso imposible de igualar. La gramática latina, argumentaban, era un instrumento que desarrollaba una mente lógica y precisa. Si uno no dominaba los modos y los tiempos verbales, no lograría decir con precisión lo que deseaba transmitir, ni expresar con fidelidad la exacta relación entre las cosas. En otras palabras, la gramática era una introducción a la lógica formal. Símaco y sus pares también consideraban sus textos literarios como una base de datos que atesoraba ejemplos de comportamiento humano –tanto buenos como malos- a partir de los cuales, y con la adecuada guía, era posible aprender qué debía y qué no debía hacerse. Pero también había algunas lecciones que aprender: sobre el orgullo, la contención, el amor, y así sucesivamente, sin olvidar sus consecuencias. Todo ello se ejemplificaba mediante las acciones y los destinos de los individuos concretos. La auténtica piedad, el amor verdadero, el odio probado y la admiración genuina no eran cosas que se dieran de forma natural en las personas incultas. La ilustración y la humanidad real debían de pulirse en el aula de latín. Los romanos cultos no sólo hablaban una lengua superior, sino que, desde el punto de vista de Símaco y sus compañeros, debatían en ésa lengua de cosas que eran inaccesibles a las personas incultas. No todos los romanos tardíos estaban tan centrados en la educación como Símaco, pero todos coincidían en que dicha educación no sólo capacitaba al individuo para identificar por sí mismo la virtud, sino que le proporcionaba las herramientas necesarias para persuadir a otros de su correcta opinión. En otras palabras, lo que hacía ésa educación era conceder a sus beneficiarios la capacidad de dirigir al resto de la humanidad: "Como era de esperar, se consideraba que de la posesión de ésa ventaja tan intensamente codiciada se desprendían varias responsabilidades. Si se había sido preparado para el liderazgo, se estaba obligado a liderar. Ésto podía adoptar la forma de una contribución a la elaboración de leyes justas, del desempeño de un alto cargo con rectitud ejemplar, o, desde un punto de vista menos formal, de la simple exteriorización de un ejemplo público de conducta adecuada. La sociedad de la antigua Roma sostenía que nadie debía de tratar de controlar a otros mientras no fuera capaz de controlarse a sí mismo. Las personas cultas tenían también un deber de servicio a la tradición literaria en la que habían sido educados. El estudio de los textos antiguos, que en ocasiones se manifestaba por medio de ediciones y comentarios nuevos, era un deber que se desarrollaba a lo largo de toda una vida, un deber al que Símaco y sus amistades daban continuidad con entusiasmo. Las cartas mencionan la obra que el propio Símaco escribió acerca de la Historia natural de Plinio, y uno de sus más íntimos amigos, Vettio Agori Pretextato, era un experto en la filosofía de Aristóteles. Las tradiciones de la transcripción manuscrita de la mayoría de los textos clásicos conservan los comentarios marginales de los diferentes grandes de Roma, y los escribas medievales los copiaron una y otra vez a lo largo de los siglos… Una buena parte de éste mundo y de sus presupuestos culturales le habrían resultado familiares a Julio César. La mayor parte de la ideología educativa de Símaco había penetrado en la cultura romana a través de su contacto con Grecia, donde los intelectuales habían estado tejiendo complejas teorías sociales y políticas desde mediados del primer milenio a.C. Buena parte de ésa penetración se había producido ya en los tiempos de César. El propio César era un hombre de letras y oratoria, y vivía en una sociedad que tenía en alta estima ésas aptitudes. Cicerón, el mayor de los oradores latinos y uno de los integrantes del cuarteto canónico que con tanto entusiasmo estudiaban Símaco y sus amigos en el siglo IV, era contemporáneo de César" (Heather, pp. 38, 39, 40).

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Los cambios culturales.

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Jerry Toner en "Sesenta millones de romanos. La cultura del pueblo en la Antigua Roma" (CRÍTICA, 2012), identifica que los romanos hicieron un gran esfuerzo para construir un alcantarillado, la famosa Cloaca Máxima, con el fin de mantener limpio el centro simbólico que era el Foro Romano. En combinación con las letrinas públicas, la Cloaca Máxima tuvo un impacto significativo en la calidad del aire de la ciudad, y fue una proeza de la que los ingenieros romanos se sentían orgullosos. Aunque la contracorriente del Tíber seguía en ocasiones inundando las áreas monumentales, en su conjunto los túneles de mampostería y hormigón de la cloaca canalizaron los residuos de Roma por debajo de los foros, alrededor de las colinas y lejos de los valles del Circo Máximo y el Campo de Marte. La élite tenía prejuicios culturales de larga data acerca de la ciudad. La masa romana horrorizaba a muchos autores de la élite. Roma era la ciudad donde el lujo y la extravagancia y la dedicación al placer hacían que los cuerpos de los varones jóvenes fueran "tan fofos y débiles que la muerte probablemente no obrará ningún cambio en ellos". Era la ciudad la que había destruido la relación tradicional entre patrón y cliente, dividiendo a la población entre "la plebe sucia y los peores esclavos acostumbrados al circo y el teatro" y "la parte respetable del pueblo ligada a las grandes casas". El desafío de Roma al orden tradicional de la sociedad se reflejó en la forma en que creaba un desorden sensorial. Para empezar, estaba llena de mierda: "A lo largo de tu camino cada ventana abierta puede ser una trampa mortal (…) Así que ten esperanza y reza, pobre hombre, para que el ama de casa local no tire sobre tu cabeza nada peor que un bacín lleno de excrementos". Los miembros de la élite tenían letrinas en sus casas, donde podían hacer sus necesidades en privado (en privado en el sentido de que sólo les acompañaba un esclavo para limpiarlos). En cambio, el vulgar Trimalción abiertamente sermonea a sus invitados sobre cómo cagar bien. La inseguridad política que el pueblo hacía sentir a la élite era algo muy arraigado. El crecimiento de la masa hasta alcanzar el millón en la ciudad de Roma exacerbó sus temores. Ésta masa volátil representaba un peligro omnipresente para la estabilidad social que era necesario controlar incluso mediante la represión: "No contendrás a la escoria salvo con el terror". La gente empezó a oler simbólicamente. Por tanto, era bueno soñar que un hombre rico defecaba sobre tu cabeza, porque éso indicaba que la buena fortuna estaba de camino, pero si quien lo hacía era un hombre pobre, entonces quería decir que se avecinaba un gran perjuicio y una humillación terrible. Para los ricos, gobernar al pueblo era equivalente a sentarse sobre un montón de estiércol: de modo que soñar que se dormía en un estercolero era bueno para los ricos, pues indicaba un futuro cargo público, "pues toda la gente común lleva y tira algo al estercolero del mismo modo que también contribuye y da algo a su gobernante". Se terminó pensando en los pobres como "montones de estiércol". El pueblo eran los "impuros". Los menos respetables eran quienes atendían los placeres sensuales de otros: pescaderos, carniceros, cocineros, polleros, pescadores, perfumeros, bailarines y quienes actuaban en espectáculos de variedades baratos. Quienes trabajaban en ocupaciones asociadas con la suciedad y el hedor estaban estigmatizados, en especial los tintoreros, los curtidores y los estercoleros que recogían los excrementos de las calles. En su conjunto, éstas actitudes constituían la base de un sistema que diferenciaba a las personas de acuerdo con los olores específicos a los que se las asociaba. La élite usaba los sentidos como medio de distinción social. El establecimiento de un cordón sanitario alrededor de la alta cultura que excluía a la mayoría de la población. El gusto de la élite se estableció a través de medios como el uso de pinturas lujosas para decorar sus habitaciones o la costosa educación que se requería para leer y apreciar la literatura. Ser un conocedor era lo que contaba, pues permitía convertir una serie de elecciones arbitrarias en la cultura dominante y legítima. El gusto se convirtió en un medio de distinción social y se usó como prueba de la superioridad cultural de la élite. Más aún, la élite construyó toda una clasificación sensorial que distinguía entre el uso apropiado de los sentidos y el uso desordenado de la población en general. Se terminó clasificando a los romanos en categorías definidas según ciertos criterios sensuales. Los romanos de estatus elevado usaron luego tales clasificaciones para condenar a los estratos bajos por centrarse en lo físico y en lo material. El crecimiento del imperio, la riqueza y los centros urbanos como Roma contribuyó de forma decidida a incrementar la variedad de experiencias sensoriales al alcance de, al menos, una parte de la no élite. Asimismo, alteró de manera radical la conducta de la élite. En lugar de la contención y la sobriedad tradicionales, hubo ricos que, estando en posición de gastar sumas enormes de dinero, optaron por dedicarse al lujo, parte del cual llegó al pueblo. Éso creaba problemas graves para la élite, pues se consideraba que el lujo estimulaba sensaciones que tenían un impacto moral directo y degradante. Las acciones que alteraban el orden sensorial apropiado eran muy mal vistas. Por tanto, soñar con ser ungidos con aceites era bueno sólo para las mujeres, no para los hombres. Cantar en voz alta una melodía era una advertencia de desempleo y pobreza. El lujo representaba un asalto frontal a los sentidos, pues fusiona varias experiencias sensoriales. Los baños eran un lugar que mimaba al pueblo normal y corriente en una forma que los moralistas de la élite encontraban inaceptable. El aumento de la limpieza se conseguía a costa de una disminución de la moral y el vigor viril. Los excesos sensuales a los que los nuevos ricos se entregaban en los baños se personifican en Trimalción: "Trimalción, todo inundado de perfume, se hacía ya secar no con tela ordinaria, sino con toallas de la más dulce lana (…) Luego fue envuelto en una ropa escarlata para ser colocado en seguida en una litera". Incluso sus almohadones estaban rellenos con lana púrpura y hace azotar a su esclavo por vendarle el brazo con una venda blanca y no con una venda escarlata. En opinión de la élite tradicional, la consecuencia de la nueva riqueza que fluía hacia la capital era que "todo el mundo piensa que es pobre y se siente afligido a menos que los muros de su baño brillen con mármol, pinturas y cristales; o a menos que las piscinas (en las que sumergimos cuerpos sudorosos) estén revestidas de mármol tasio, que otrora eran raro incluso en los templos, y el agua salga de grifos de plata". Los ricos enfriaban sus bebidas con nieve y usaban almohadones de plumas. La plata parecía brillar por doquier: incluso los esclavos tenían espejos de plata. La sociedad romana experimentó un cambio enorme durante la República tardía y el Alto Imperio, algo que se reflejó en un período de confusión sensorial. Los romanos estaban aprendiendo a usar sus sentidos de una forma más amplia, pero las tensiones que ésta reorganización sensorial creó se expresaron a través de lo que se percibía como una enfermedad del cuerpo social. A ojos de los escritores moralistas de la élite, el cuerpo del varón romano, cuya legendaria reciedumbre había permitido forjar un imperio, estaba reblandeciéndose como consecuencia de tanta sensualidad. El orador Quintiliano creía que la música indecente y afeminada que se tocaba en los escenarios había contribuido en gran medida a la destrucción de los restos de la antigua virilidad. Las notas suaves y delicadas de la música corruptora eran capaces de "causar tocamientos inmodestos y cosquilleos lascivos". El sensacionalismo de los actores populares, con sus atuendos y máscaras esplendidos, encarnaba el mal ejemplo que se estaba dando al pueblo. La depilación se había hecho más común entre los hombres, con lo que sus piernas otrora peludas eran ahora suaves y femeninas. Otros "metrosexuales" usaban bálsamo y canela para perfumarse. Las especias y los perfumes se asociaban con la decadente Grecia y el Oriente persa, lo que contribuía a sus connotaciones morales. Tradicionalmente, el adorno había sido visto como una preocupación femenina que no hacía más que subrayar su superficialidad y trivialidad. Ahora, incluso los emperadores se ponían vestidos equivocados en el momento equivocado. Nerón lució en público trajes de colores brillantes reservados para los festines y los Saturnales. Calígula "no se vestía con ropas nacionales ni cívicas ni particulares del sexo masculino o apropiadas para los meros mortales". En lugar de ello, usaba prendas "cubiertas de finos bordados y piedras preciosas resplandecientes" o, en ocasiones, se engalanaba "con sedas y se vestía como una mujer". De forma similar, Heliogábalo solía ponerse una túnica "hecha completamente de brocado, o una hecha de púrpura, o una persa salpicada de gemas". Usaba piedras preciosas incluso en los zapatos y "quería ponerse una diadema enjoyada con el propósito de realzar su belleza y hacer que su rostro luciera más parecido al de una mujer": "Éstas descripciones, tan gráficas y, sin duda, exageradas, de los cambios en el modo de vestir de ciertos emperadores reflejaban los miedos acerca de la inestabilidad de los géneros en el mundo, más suntuoso, de la Roma imperial. Al desafiar las normas tradicionales del orden sensorial, los emperadores personificaron la ansiedad social general del período. El abuso de los sentidos se convirtió, por ende, en parte de la retórica con que los miembros de la élite se criticaban unos a otros su comportamiento. En lugar de ser un simple reflejo de la realidad social en las altas esferas de Roma, tales ataques sirvieron como vehículo para discutir los cambios sociales y el lugar central que el emperador tenía en éstos desarrollos. Escritores moralistas esperaban que las historias sobre la mala conducta imperial fueran un ancla para una sociedad que atravesaba un turbulento cambio cultural y fijaran las opiniones sobre lo que se consideraba el comportamiento aceptable de una persona normal en una sociedad civilizada. No obstante, como ha argumentado Corbeill, las acusaciones de amaneramiento quizá reflejaban en realidad posiciones políticas de parte de ciertos miembros de la élite gobernante. A Julio César se le atacó con frecuencia por su afeminación, pero es posible que tales ataques no fueran simplemente recursos retóricos y que, por el contrario, reflejaran el hecho de que se vestía con ropas más populistas como forma de alinearse con modos de comportamiento que se asociaban con la plebe urbana, no con la élite. Lo que no es lo mismo que decir que se vestía como la no élite, sino que se vestía de una forma más sofisticada, visiblemente diferente de la moda tradicional de la élite, un reflejo de las políticas populistas que incluían gastar parte de los frutos del imperio en entretener y alimentar a la plebe. Es posible proponer que parte de ésa élite más populista estaba usando los sentidos para publicitar su posición política. Así Cicerón acusa a Rulo de estar planeando convertirse en tribuno del pueblo, de "adoptar otra expresión, otra voz, otro paso y vestir ropas más gastadas". César rechazó las quejas de la élite sobre el abuso sensorial limitándose a declarar que "mis soldados pueden luchar bien incluso habiéndose echado perfume" (Toner, pp. 209, 210, 211). Cuando el sucesor de César, Octavio (más tarde Augusto) se convirtió en el único gobernante, se enfrentó con el problema de cómo reintegrar una sociedad fracturada por décadas de guerra civil y tensiones culturales emanadas de la transformación social emanada por el imperio. Mi hipótesis es que él y otros emperadores romanos posteriores recurrieron a los sentidos para ayudar a lograr ésa reconciliación, haciendo uso de sus capacidades afectivas y morales. El espacio público se convirtió en un lugar para proporcionar lujo al pueblo de un modo que resultara edificante desde el punto de vista moral: en términos amplios, la teoría sería que si el pueblo sentía mejor, estaría mejor. Todas las artes se conjugaron para intoxicar los sentidos, pero el foco no eran sólo los sentidos del tacto y el olfato con los que era normal relacionar a la no élite. Los emperadores buscaron educar visualmente a la gente, de manera que estuviera en condiciones de experimentar placer de una forma más distanciada y controlada. La élite, como hemos visto, siempre había criticado el carácter negativo de la cultura del pueblo por el mal efecto que tenía sobre la alta cultura, sobre el pueblo mismo y sobre la sociedad en su conjunto. Ofrecer al pueblo lujo patrocinado por el Estado constituía un intento de atraerlo a una forma de placer nueva, más disciplinada, que transformaría su misma cultura. Los juegos fueron un acto de urgencia política, porque el orden político parecía estar resquebrajando. Asimismo, fueron una forma de elevar moralmente la cultura del pueblo urbana sin socavar el estatus o el poder de la élite. Sin embargo, para que los espectáculos resultaran atractivos para el pueblo, éstos tenían que tener en cuenta sus gustos. Por ende, los juegos fueron una aleación cultural que fundió los valores de la élite y el pueblo en una nueva forma de entretenimiento político. Fue un acto de incorporación que transformó por igual al receptor y al anfitrión. Augusto comprendió que ésta nueva forma de poder requería una revaluación de la relación entre su gobierno y el espacio urbano. Ciertas áreas adquirieron una mayor carga de simbolismo moral, como la zona alrededor del ARA PACIS "altar de la paz", que recreaba visualmente la armonía que Augusto acababa de traer al mundo romano. El espacio público se convirtió en una geografía moral. Pero ligada a ella había una geografía sensual que empleaba estímulos sensoriales para reforzar el mensaje moral. El programa de construcciones de Augusto en el Campo Marte incluía jardines, el ARA PACIS mismo, su mausoleo, el enorme reloj de sol y una plaza espaciosa. Con el paso del tiempo, las zonas públicas de Roma crecieron hasta constituir cerca del 25 por 100 del espacio urbano. Pero éstos espacios no eran simplemente arquitectónicos. En la columnata de Livia había una parra gigante a cuya sombra se refrescaban las multitudes. Había exposiciones de animales y curiosidades para satisfacer el interés popular tanto por las maravillas del mundo como por lo grotesco. Cuatro elefantes de obsidiana pulida se alzaban en el AEDES CONCORDIAE AVGVSTAE (el templo de la Concordia). Los elefantes, pacíficos, modestos, monógamos, longevos, obedientes con sus padres y amorosos con sus crías, llegaron a representar todo lo bueno del régimen de Augusto. Los relieves del friso grabado alrededor del muro de ARA PACIS reflejaban el florecimiento del Estado bajo Augusto, cuando todos los romanos vivían en armonía, de la misma forma que los animales representados en el friso. El Campo de Marte, con sus calles largas y rectas y sus hileras de columnas clásicas, contrastaba con el desorden y la confusión de los estrechos callejones de las áreas populares de la ciudad. Los pavimentos de piedra separaban al caminante de la suciedad que había bajo sus pies. En las termas de Agripa, el espacio interno resplandecía con ventanas de vidrio, mármol y mosaicos polícromos, que combinados con el vapor, el calor y los masajes generaban una sobrecarga sensorial completa. Los templos brillaban con los variados colores de los murales. Los edificios estaban enmarcados con jardines y parques, la mayoría de los cuales estaban abiertos al público, mientras que las avenidas de laureles y plátanos proporcionaban la sombra que era sinónimo del ocio de la élite. Las flores y los arbustos hacían que el aire tuviera un olor agradable, y abundaban las fuentes, las caídas de agua y los estanques, todo lo cual refrescaba el aire y creaba una atmósfera limpia y serena. Éstas áreas estaban repletas de estatuas clásicas de mármol y bronce, que representaban héroes y escenas mitológicas. Los emperadores transformaron el espacio público y convirtieron una parte de la ciudad en un MVSEVM. Cuando se consideraba en su conjunto todo éste esfuerzo decorativo, es posible que parezca un popurrí. Pero a ojos de los romanos creaba un todo temático. Era arte total, diseñado para elevar moralmente a quien lo experimentaba. Resulta fácil concentrarse en monumentos individuales aislados, pero éstos edificios formaban parte de un efecto global. El programa de construcción de Augusto estaba diseñado, sostiene Purcell, para crear "una sensación de decencia y orden y buen gobierno, de responsabilidad, pulcritud y justicia". El propósito de los varios efectos sensoriales era distinguir entre áreas sociales diferentes y hacerlas moralmente adecuadas para su uso. El plan urbano de Augusto debe mucho a la creación de vistas, espacio, geometría, luz y homogeneidad. Una jerarquía de color y materiales de construcción señalaban las áreas de prestigio. La piedra y el mármol eran particularmente útiles como indicadores de una importancia espacial superior. En las tabernas de la no élite las barras con frecuencia tenían superficies hechas con fragmentos de mármol o chapa de mármol para dar la impresión de estatus, y podían también ser el centro del plan decorativo. La piedra se había vinculado siempre a la riqueza y el amplio uso que hizo Augusto de la mampostería para crear efectos monumentales daba una clara impresión de poder, además de representar la estabilidad, solidez y resistencia que diferenciaba su régimen del caos que lo precedió. Su misma lisura simbolizaba la concordia política que Augusto había establecido. En un determinado momento del imperio, un mapa en mármol de Roma, la Forma Urbis Romae, se puso simbólicamente en la pared del templo de la Paz. La piedra se asociaba también con los templos griegos, de modo que contribuía a fomentar el sentimiento de una relación nueva, más sofisticada y permanente con los dioses. El uso de columnas griegas destacaba ciertos espacios como sagrados y prestigiosos. El imperio dio acceso a nuevas canteras: piedras como el pórfido egipcio, de color púrpura, el granito, el alabastro color miel, y el mármol blanco como la nieve fenicio pasaron a estar disponibles. El abanico de tonos de mármol se incrementó, desde el mármol frigio veteado de violeta hasta piedra de tono amarillo rojizo y venas verdes: "Todo ello constituía un recordatorio sensorial del imperio y sus beneficios. Pero el uso de la piedra tenía una importancia todavía mayor. Durante siglos, la piedra había destacado por su capacidad para afectar los sentidos de forma directa y, por ende, cambiar a aquellos expuestos a su poder. Al usar mampuestos en escenarios específicos, con frecuencia grabados con imágenes selectas, el programa de construcción imperial buscaba un impacto moral similar en sus espectadores. Se erigieron estatus de piedra casi en cualquier parte. La mano derecha de Augusto, Agripa, completó las fuentes y demás sistemas de agua con trescientas estatuas de bronce y mármol, así como cuatrocientas columnas de mármol. Para el siglo IV había más de cuatro mil estatuas de los emperadores en Roma, sin contar aquellas grabadas en piedra. Las esculturas eran lisas, coloridas (en el sentido de que a menudo se las pintaba), duras y permanentes, y rebosaban autoridad. Montada en un pedestal, una estatua clásica contrastaba radicalmente con el cuerpo bajo, tosco y penetrable de lo grotesco popular. Una estatua personificaba cualidades morales, establecía un registro permanente de atributos favorables, de la misma forma que las inscripciones en piedra buscaban crear un registro inalterable del pasado… Una estatua no era una cosa inerte; estaba hecha de una materia especial que podía exudar una fuerza moral y formaba parte integral del ritual de la ciudad. Con todo, la piedra también significaba lujo, en particular cuando era mármol. Éso resultaba moralmente problemático para los tradicionalistas de la élite. Plinio lamentaba el lujo de las estatuas y el paso de los templos de terracota a los de mármol griego. Séneca se quejaba de que "se considera uno pobre y despreciable si las paredes no resplandecen con grandes y valiosos espejos redondos, si a los mármoles de Alejandría no los abrillantan las incrustaciones numídicas, ni los cubre por todas partes el barnizado laborioso y matizado imitando la pintura" (Toner, pp. 214, 215).

Yuki Takano ©

La iconoclastia de Oriente.

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Pero la cuestión aquí era el propósito moral. El lujo privado, que no ayuda a nadie y sirve sólo para degradar al individuo, se condenaba con severidad. El programa de Augusto, en cambio, creaba un mundo sensorial que actuaba sobre el espectador para producir un beneficio social. La afirmación de Augusto según la cual había encontrado una Roma de ladrillo y había dejado una Roma de mármol era mucho más que un alarde arquitectónico. Representaba la creación de una forma de gobierno más difusa y penetrante, una que utilizaba experiencias sensoriales intensificadas para fines políticos. Si bien es cierto que la imagen imperial dominaba la vida social: en las monedas y en las estatuas, a través del culto imperial, y con los retratos mal ejecutados del emperador encontrados en "las mesas de los cambistas, en los tenderetes, en las tiendas, o colgados en los aleros, los vestíbulos, en las ventanas: de hecho, en todas partes". Se aprobaron leyes para contener la adulación excesiva de las imágenes imperiales exhibidas en los concursos. Decir que el emperador era una figura poderosa en la sociedad romana es afirmar algo indudablemente cierto, incluso a pesar de que es posible que la mayoría de la población ni siquiera fuera capaz de decir el nombre del actual titular. El emperador no era sólo, para citar la famosa frase de Millar, "lo que el emperador hacía", porque el emperador se convirtió también en una imagen: una acumulación de acciones pasadas, obra de otros emperadores, es decir, lo emperadores eran lo que habían hecho antes y lo que se esperaba que hicieran en el futuro. Los emperadores animaban al pueblo a creer en su divinidad, pero al hacerlo crearon una imagen que podía usarse en su contra. Una imagen, para usar las palabras de Scott, que podía convertirse en un arma para los débiles. Una vez que el ideal quedó establecido, fue posible juzgar a todos los emperadores en relación a él. Y el conocimiento de los atributos de un emperador ideal dio a los romanos normales y corrientes una forma de pensar, de evaluar en qué medida la realidad estaba por debajo de lo esperado. Incluso los escritores de la élite debían cuidarse de formular sus críticas de los abusos del poder imperial introduciéndolas en discusiones sobre los reinados de dinastías anteriores. De allí que Tácito y Suetonio, bajo Trajano y Adriano, escriban sobre las dinastías Julia-Claudia y Flavia de anteriores generaciones. El emperador podía exhibir su poder absoluto desobedeciendo con impunidad cualquiera de las leyes y normas de la sociedad. Pero si éstas acciones socavaban su supuesta defensa de la justicia y la libertad, publicitada en las monedas y los edificios y el culto imperial, entonces el pueblo comprendía que ésa promesa no se estaba cumpliendo en realidad y juzgaba el régimen en consecuencia. Así, cuando Adriano contestó a una mujer que lo acosaba pidiéndole una audiencia que no tenía tiempo, la mujer se limitó a responder: "Entonces no seas emperador". El hecho de que ésta anécdota parezca haber sido muy popular, y haya tenido varias versiones a lo largo de los siglos, demuestra que éste era un enfoque común para lidiar con quienes estaban en el poder: intentar devolverles la retórica oficial para obligarlos a estar a la altura de su propia propaganda. La exigencia popular de un gobierno justo halló su expresión más clara en su actitud hacia las imágenes imperiales. La imagen del emperador se había convertido en el depósito definitivo de la protección y la justicia. Y el pueblo intentó usar ésta asociación para expresar sus puntos de vista: una mujer que perseguía a un senador insultándole llevaba un retrato del emperador para su protección. Las imágenes imperiales tenían un papel central en los disturbios. Durante un motín para protestar contra los impuestos, los manifestantes, "al ver las muchas imágenes pintadas en los paneles, cometieron blasfemia arrojando piedras contra ellas y burlándose mientras las destrozaban"; luego derribaron las estatuas del emperador y la emperatriz y las arrastraron por la ciudad". En los disturbios era frecuente que se derribaran las estatuas imperiales, que destrozadas y cubiertas de inmundicias eran azotadas y luego arrastradas por las calles. Tras la muerte de Calígula, el pueblo de Roma destrozó sus estatuas. El hecho de que se hubiera dedicado a ello con tanto entusiasmo sugiere que no le gustaban tampoco cuando Calígula estaba vivo. Si se hubiera tratado sólo de un acto ritual para demostrar lealtad hacia el nuevo régimen, ésta clase de destrucción se hubiera producido con ocasión de la muerte de todos los emperadores. En lugar de éso, lo que ésto indica es que el pueblo se conducía ante las estatuas con la misma actitud aduladora que tenía que emplear con sus superiores cotidianamente. De forma ocasional, la máscara caía y la gente quizás usaba medios indirectos para expresar su opinión del régimen: así, Caracalla mandó a prisión a quienes orinaban cerca de sus estatuas y retratos. Ésto constituía un problema para el régimen, que necesitaba información tanto para protegerse de las conjuras como para saber qué decía la opinión pública actual. Los emperadores querían oír "todos los detalles sin ningún cambio". Amiano cuenta que el emperador Galo recorría disfrazado las calles y las posadas de Antioquía preguntándole a la gente qué pensaban de él. Ésto sugiere que el emperador era un tema aceptable de conversación, si bien no uno exento de riesgos. Epicteto nos dice que "En Roma, los soldados atrapan a los hombres imprudentes de la siguiente manera. Un soldado, vestido de civil, se sienta junto a ti y empieza a vilipendiar al emperador. Luego, como si creyeras que ponerse a insultar es prueba suficiente de buena fe, empiezas a decir lo que piensas y, entonces, al instante, te ves esposado y llevado fuera". Resulta claro que la imagen del emperador desempeñaba una función potente en la sociedad romana. Una gran cantidad de romanos manifestaban una lealtad religiosa hacia el emperador "que trasciende con creces la mera obediencia política". El culto del emperador también proporcionó a las provincias del imperio una forma de racionalizar su sometimiento. Ser conquistado y sometido por un dios no era una desgracia. Pero es posible hacer otras lecturas y, a la luz del escepticismo popular y la literatura de la resistencia, no pueden descartarse por completo. El gobierno era un régimen autocrático que intentaba infundir lealtad entre sus miembros mediante la creación de un aura carismática alrededor de sus líderes. Los rituales y los símbolos de los espectáculos y del culto imperial crearon nuevas tradiciones en las que se exhibía el poder imperial y que ayudaron a hacer eficaz el dominio y construir una comunidad. Eran una escenificación de las aspiraciones del régimen: ser líderes de una sociedad ordenada, moral y satisfecha. Es indudable que éstos rituales realmente fueron una fuente considerable de legitimidad y una expresión de opiniones abrigadas por muchos: a fin de cuentas, los emperadores habían traído la paz y una relativa prosperidad. Pero incluso si crearon legitimidad, los rituales públicos también eran en igual medida una afirmación de dominio basado en la conformidad. Lo que al régimen le importaba eran las declaraciones públicas de lealtad. Las aclamaciones y los sacrificios y los panegíricos servían todos para adular al régimen. La repetición interminable de los mismos rituales y el exceso de la iconografía imperial también generaban escepticismo. ¿Por qué iba la cultura del pueblo, que en sus fábulas se mostraba tan escéptica con las autoridades, a creerse de repente el cuento de los emperadores? El imperio estaba muy lejos de cumplir con sus pretensiones de justicia y buen gobierno. Es tentador pensar que cuanto más alejado de satisfacer sus estándares autoproclamados, más necesitaba aumentar el volumen en sus declaraciones públicas de que todo estaba perfectamente bien. Los relatos sobre transgresiones, como las de los mártires y sus castigos públicos, se convirtieron en una de las monedas corrientes de la resistencia. Los actos públicos de desafío se hicieron muchísimo más peligrosos y, en consecuencia, la mayoría tuvo que ocultarse tras el manto del anonimato que proporcionaba la muchedumbre. Sólo individuos radicales como los mártires cristianos estaban preparados para desafiar de forma abierta la imagen oficial de la sociedad. Ésto resultaba particularmente amenazador para un régimen que dependía de las declaraciones públicas de lealtad para legitimarse. El régimen obligaba al pueblo a adularlo. Los ricos tenían que escribir panegíricos cada vez más floridos, postrarse a los pies del emperador y, si eran afortunados, besarle el borde de su manto. Los pobres tenían que aclamar y vitorear la benevolencia de su reinado. La romanización del cristianismo fue un fenómeno histórico tan importante como el de la cristianización del imperio. A partir de principios del siglo IV, y gracias a Constantino y sus sucesores, las autoridades cristianas, financiadas por el IMPERIVM, definieron en sus concilios la mayoría de las doctrinas de ésta religión. La Iglesia desarrolló asimismo una jerarquía particular de obispos, arzobispos y patriarcas cuyas ubicaciones geográficas reflejaban en gran medida la estructura administrativa del imperio, dividida en capitales locales y regionales. Los emperadores cristianos romanos tampoco modificaron un ápice la reivindicación que habían planteado sus antecesores paganos y que sostenía que habían sido designados por la divinidad –simplemente pasaron a identificar ésa divinidad con el Dios cristiano-. Por consiguiente, desde su punto de vista, tenían pleno derecho a injerirse en todos los planos operativos de la Iglesia. Y lo hicieron cabalmente, ya que convocaron concilios, dictaron leyes y se inmiscuyeron en las designaciones importantes. El curso de la evolución del cristianismo dentro de las estructuras del imperio fue por tanto muy distinto del que había seguido antes de la conversión de Constantino, y la desaparición del estado romano le volvió a imprimir un profundo cambio de rumbo. Y ello por una razón: que en algunos casos los límites de los nuevos reinos no respetaban las jerarquías de la administración romana tardía. De éste modo, hubo casos en que los obispos se encontraban en un reino y sus arzobispos en otro. También hubo cambios de tipo intelectual. En el mundo romano, era frecuente que los personajes laicos más destacados contribuyeran al debate religioso. Sin embargo, al desaparecer la amplia difusión de la cultura literaria, los laicos dejaron muy pronto de poder aportar nada en éste campo, y el mundo intelectual de la Iglesia en la Alta Edad Media se convirtió en un mundo compacto de clérigos. Ésto no habría sucedido si los laicos hubieran seguido teniendo una educación equiparable a la de los miembros del clero. Y resulta igualmente importante que los reyes de la época posromana reivindicaran, como sus antecesores, el reconocimiento de su autoridad religiosa y se reservaran la facultad de designar obispos y convocar concilios. No había una iglesia única y unificada, antes al contrario, los límites de los reinos posteriores al dominio romano determinaron la aparición de subgrupos regionales operativos, y éstas comunidades eclesiásticas ubicadas en el interior de los distintos reinos tenían relativamente poca relación unas con otras. Por encima de todo, sin el derrumbamiento del imperio romano resulta inconcebible el surgimiento de un papado medieval como autoridad global de toda la cristiandad occidental. En la Edad Media, los papas pasaron a desempeñar en el seno de la Iglesia muchos de los roles que los emperadores cristianos romanos se habían apropiado: la promulgación de leyes, la convocatoria de concilios, la designación o la orientación de los nombramientos relevantes. De haber seguido existiendo emperadores de Occidente como los de la antigua Roma habría sido inconcebible que los papas hubieran logrado hacerse con una posición tan independiente. En Oriente, donde los emperadores aún ejercían su dominio, los sucesivos patriarcas de Constantinopla, cuya posición legal y administrativa había seguido el modelo del papado romano, no podían actuar sino como aduladores del imperio. Sólo en Occidente los emperadores, los papas y los reyes disputaban su autoridad religiosa. Las imágenes habían existido en el imperio bizantino desde el establecimiento del cristianismo como religión estatal en tiempos de Constantino el Grande y su importancia había aumentado desde Justiniano. El retrato del emperador continuaba siendo reverenciado como en la época romana. Pero poco a poco las imágenes de Cristo y de la Virgen se instalaron en las capillas, las iglesias, en los lugares públicos y en los hogares. A pesar de que estuvieron prohibidas en el arte cristiano por considerarlas idólatras, las representaciones pictóricas incluso de Cristo fueron autorizadas en el Quinisexto Concilio de 692. Entre 717 y 842 el imperio bizantino se vio agitado por una violenta polémica acerca del uso de las imágenes en el culto religioso. El problema no quedó zanjado hasta 843 en que las imágenes fueron debidamente reconocidas como parte integrante del culto ortodoxo. Los discursos de León III y los tratados de su hijo Constantino V demuestran que creían firmemente que las imágenes eran simples representaciones. León III introdujo la teoría de que las representaciones pictóricas de la Sagrada Familia, de los Apóstoles y de los santos conducían solamente a la idolatría, y por ello persiguió a los que seguían fieles a la doctrina del culto a las imágenes, los iconófilos o iconódulos: "El odio al culto a las imágenes se basaba sin duda en la prohibición del Antiguo Testamento y en la acusación de idolatría que pesaba sobre las discusiones entre cristianos, musulmanes y judíos. A través de éstas discusiones, los teólogos no cristianos ejercían su influencia sobre los bizantinos. La prohibición del arte religioso en las mezquitas parece que se impuso hacia el 700, mientras que la tradición judía fue siempre enemiga de las representaciones pictóricas. Pero en 721, el califa Yazid II hizo extensiva la práctica musulmana a los cristianos que vivían bajo su autoridad, al ordenar la destrucción de todas las imágenes cristianas. Por ser natural de Siria, León III debió conocer éstas ideas e incluso pudo estar de acuerdo con ellas. En 726, el emperador ordenó que fuera retirada la famosa pintura de Cristo situada en la Puerta de Bronce del Gran Palacio: la enardecida multitud consiguió matar a uno de los soldados antes de que se la llevaran… Entre los súbditos de la parte oriental del imperio, que más tarde se convertirían en los más fervientes partidarios de la iconoclastia, los que estaban familiarizados con la oposición judía y musulmana a las imágenes fueron probablemente los que apoyaron la decisión del emperador. Cuando León III intentó conseguir la aprobación eclesiástica para destruir las imágenes, se encontró con la tenaz resistencia del patriarca Germán. El método empleado para solucionar éste problema fue muy directo y se convirtió en práctica regular durante el período iconoclasta… Todos los intentos posteriores de cambiar el dogma se basaron en éste procedimiento: elección de un patriarca propicio al cambio, y la convocatoria de un concilio eclesiástico para proclamarlo. El hecho de que el emperador controlara la elección de los patriarcas y presidiera los concilios facilitó evidentemente el cambio. La imposición de la iconoclastia estaba abocada a provocar el enfrentamiento con las autoridades eclesiásticas y León III se dispuso a solucionar la cuestión por la fuerza. Cuando Gregorio II celebró un concilio donde se condenó a los iconoclastas, el emperador hizo prisioneros a sus legados en Constantinopla y envió una armada a Italia. También sustrajo de la jurisdicción eclesiástica de Roma las provincias bizantinas de Italia, Sicilia y la prefectura de Iliria, poniéndolas bajo jurisdicción del patriarca de Constantinopla… De éste modo se impuso la nueva doctrina, no sin producir una gran división dentro del imperio y un cisma entre la Iglesia de Constantinopla y el Papado, que hizo disminuir la influencia bizantina en Italia" (Herrin, pp. 85, 86). Constantino V era consciente de que el único procedimiento para proclamar la iconoclastia como credo oficial de la Iglesia Oriental era la celebración de un concilio ecuménico. Pero el papa y los otros patriarcas nunca se mostrarían de acuerdo con ésta doctrina y boicotearían un concilio convocado por el emperador. Tras nombrar a iconoclastas para ocupar las sedes episcopales vacantes y las de reciente creación, Constantino convocó en el palacio de Hieria, un concilio. Durante siete meses, los 388 obispos reunidos discutieron acerca del culto a las imágenes, que condenaron basándose en cuatro puntos: las advertencias de las Escrituras sobre los peligros de la idolatría, la prohibición tajante de las imágenes esculpidas, el hecho de que las imágenes estimulaban más el respeto por las formas externas que la emulación de la vida santa y el problema cristológico de la representación. El Horos fue publicado en agosto de 754. En él se ordenaba la destrucción de todas las imágenes y se anatematizaba a los más importantes iconódulos, incluidos el antiguo patriarca Germán y Juan Damasceno, autor de varios tratados en que se justificaban las imágenes. Mientras el Horos servía de base a la futura teoría iconoclasta, la argumentación iconódula se basaría en las teorías de Damasceno sobre el icono como símbolo y mediador. Constantino procedió a la destrucción del arte religioso, que fue sustituido por representaciones simbólicas y laicas de animales, árboles y pájaros. Se emplearon con frecuencia las representaciones de la Cruz y el Emperador. Éstos cambios provocaron una airada reacción de los iconódulos más acérrimos, a los que Constantino intentó en vano convertir a sus creencias. El primer período iconoclasta (717-775): León III, Constantino V, Constantino VI, León IV, Irene. El segundo período iconoclasta (813-842): León V, Teófilo: "La decisión de Irene de restablecer el culto a las imágenes significaba que su política estaba dominada por el propósito de reconciliarse con Occidente. Los bizantinos tuvieron que admitir que el poder franco había reemplazado, ya hacia 780, su propia influencia en la Italia central y que el papa Adriano I dependía completamente de Carlomagno para su protección material. No obstante, Irene quiso volver a ejercer la mayor influencia posible, tanto en Aquisgrán como en Roma. Una embajada enviada a la corte franca propuso la alianza matrimonial del Constantino VI con Rotruda, hija de Carlomagno. La maniobra siguiente, como en cualquier intento de cambiar la doctrina oficial, fue la elección de un patriarca partidario de las imágenes. Irene designó a Tarasio, que había desempeñado anteriormente el cargo de secretario imperial. En 784, por orden suya, los habitantes de la capital aprobaron la elección. Sin embargo, el papa puso serios reparos a la elección de Tarasio, y que era contrario a los cánones en que un laico fuera nombrado patriarca. Pero Roma y los demás patriarcados vieron con buenos ojos la perspectiva del restablecimiento de las imágenes… Contrariamente a la creencia generalizada, en éste período las monedas no servían de vehículo a la propaganda religiosa. El tipo de decoración de las monedas a menudo llamada "iconoclasta" estaba en uso antes del reinado de León III y continuó siendo empleado mucho tiempo después del restablecimiento de las imágenes, en 843. Todos los emperadores lo emplearon; ni siquiera la iconódula Irene volvió a emplear la imagen de Cristo, introducida por primera vez en las monedas en tiempo de Justiniano II… El arte iconoclasta, por otra parte, tuvo una profunda significación para los bizantinos. La resistencia a los cambios en el arte religioso, tanto de los iconódulos como de los iconoclastas, manifiesta su importancia. Desgraciadamente, al igual que los escritos iconoclastas, la mayor parte del arte iconoclasta fue también destruido después de 843 y es muy poco lo que ha quedado. Pero las fuentes iconódulas atestiguan que los emperadores iconoclastas no se limitaron a destruir, sino que sustituyeron las imágenes por pinturas de la Cruz, escenas silvestres, flores y retratos imperiales. El mismo Constantino V construyó algunas iglesias. El progreso de las artes, a excepción de la cultura, se mantuvo en el período iconoclasta; y los monumentos del período, como la iglesia de Santa Sofía de Salónica y la reconstrucción de la iglesia de Santa Irene de Constantinopla, con su gran cruz de mosaico en el ábside, permiten suponer que no habían desaparecido las habilidades de los artistas y arquitectos bizantinos" (Herrin, pp. 96, 126, 127).

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El renacimiento carolingio.

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Liana Castelfranchi en "Esplendor oculto de la Edad Media. Artes menores: una historia paralela. Siglos V-XIV" (LUNWERG EDITORES, 2005), ubica que, en el siglo XIX, ya se usaba entre los historiadores el término "renacimiento carolingio"; en el siglo XX, se añadió también el significativo de "renovatio", con el fin de expresar no solamente un simple y efímero fenómeno de reviviscencia, sino la profunda reforma cultural promovida por Carlomagno, rey de los francos, que fue coronado emperador en la Navidad del año 800. El instrumento esencial de ésta gran renovación fue el libro, es decir, el gran incremento en la producción de libros destinados a las iglesias, monasterios, escuelas y bibliotecas: para uso público y privado, para leer y para rezar. Studium discendi, o sea el deseo, la pasión por aprender era el primer precepto de Carlomagno. Aunque sea legendario, resulta emblemático aquel fragmento de la Vida de Carlomagno, escrita por Eginardo, donde se cuenta que el emperador acostumbraba a tener un libro debajo de la almohada y tablillas de escribir siempre a punto para ser utilizadas, incluso en los momentos de ocio. Con el fin de llevar a cabo su gigantesca obra, destinada también a unificar un imperio que, tras las derrotas infligidas sucesivamente a longobardos, sajones, bávaros y musulmanes, se extendía desde el Elba hasta el Atlántico, y desde el Danubio hasta el Ebro, Carlomagno se rodeó de los mejores ingenios de su imperio: literatos ilustres, escritores doctos, teólogos y bibliófilos –una especie, como hoy diríamos, de task force cultural- grandes personajes procedentes de distintos países, entre los cuales figuraron Alcuino de York, Teodulfo, obispo de Orleans y probable autor de los Libros Carolingios y Pedro de Pisa, de quien ya en edad avanzada, el mismo Carlomagno tomó lecciones de gramática. Todos ellos consejeros de confianza, a los que luego enviaba para ocupar puestos clave e importantes sedes episcopales. Ya desde sus inicios, el rasgo dominante de ésta reforma cultural fue la recuperación, o mejor dicho el renacimiento, de lo "antiguo", entendido sobre todo como recuperación de la cultura cristiana de la tarda edad antigua y, por lo tanto, también de la cultura patrística. Carlomagno se propuso establecer una continuidad visible y directa con el mundo clásico. Aquisgrán, sede del palacio y de la capilla imperial, debía llamarse "Laterano", y Carlomagno, para erigirlos, quiso servirse de materiales arquitectónicos traídos de Rávena. Las grandes abadías que fueron surgiendo en los territorios del imperio, como Saint-Denis, Centula (Saint-Riquier) y Fulda, se construían de acuerdo con una planimetría romano more, y el sello imperial contenía la inscripción RENOVATIO ROMANI IMPERII. Más allá de éstas expresiones externas, las ambiciones reformadoras de Carlomagno perseguían objetivos mucho más serios e intuiciones de vasto contenido histórico. El emperador exigía que el clero fuera culto, proponiéndose conseguirlo sobre todo mediante la corrección de los textos, en particular los litúrgicos. Para garantizar tal corrección, Carlomagno le pidió al papa Adriano que le proporcionara una copia de las leyes eclesiásticas con el fin de obtener "copias-modelo" de las mismas, y también se pidieron unas copias tanto a Roma como a Montecassino. Los textos empleados en los dominios francos debían ser correctos, uniformes y ejecutados con el mayor cuidado. La famosa certificación "ex authentico libro" o la fórmula "nostra auctoritate constabilimus" acompañaba y garantizaba la producción de libros litúrgicos. Pero ésta exigencia de corrección no se limitaba a los códices litúrgicos, sino que también se extendía a los escritos profanos, preciosos textos literarios de autores antiguos y manuales astronómicos. La producción de semejante masa de libros se confiaba, como nos dice Alcuino, a una "turba scriptorum", capaces de ejecutar el texto en sus distintas fases: escritura, compaginación y decoración. Para obtener sus elevados niveles de ejecución, resultó fundamental la reforma de la caligrafía y la adopción de una auténtica jerarquía gráfica, que comprendía diversos caracteres: la letra mayúscula antigua, la letra uncial, inspirada en modelos del norte de Italia y romanos, y finalmente la escritura "carolingia" derivada de la cursiva utilizada en el imperio tardoantiguo. Además, la elegante alternancia de caligrafías y caracteres se enriquecía con otros medios gráficos, como las mayúsculas antiguas adornadas o la escritura en oro o plata sobre fondo púrpura o negro. La producción libresca más antigua de la escuela de corte de Carlomagno se inaugura con el Evangeliario de Godescalco (París, Bibliothèque Nationale), redactado en 781-783 para conmemorar el bautismo de Pipino, hijo del emperador, un atrevido experimento que no se halla exento de imperfecciones y defectos. Pero tan sólo una generación después, el Evangeliario de Saint-Médard de Soissons (París, Bibliothèque Nationale), compuesto aproximadamente alrededor del año 820, en sus páginas iniciales ya revela una nueva madurez, aunque siga siendo igual su planteamiento iconográfico. El evangelista Marcos aparece sentado debajo de un arco, que sugiere la elevada dignidad del personaje, y a sus espaldas se abre una cortina que da a un espacio interior. El evangelista se vuelve hacia su símbolo, el león, que tiene entre las patas un volumen, creando una tensión de movimientos contrapuestos que, junto con los complicados drapeados, expresan una gran fuerza y una emotividad sentimental destinada a convertirse en una característica del lenguaje figurativo carolingio. El mismo tema y la misma fuerza los encontramos también en el Evangelio de Juan, en el que el evangelista se halla en el centro de un curioso juego arquitectónico que sugiere una dinámica abstracta del espacio. Constituye un fenómeno sorprendente, y en definitiva inexplicable, que al lado de la escuela de corte de tiempos de Carlomagno se produjera una obra como los llamados Evangelios de la coronación (Viena, Hofburg, Weltliche Schatzkammer). En ellos se recupera en su forma más elevada, la de un "helenismo" eterno, el clasicismo, o sea el antiguo humanismo. Solamente el gran disco dorado de aureola revela la identidad religiosa de las figuras de los evangelistas, que tienen un aspecto más parecido al de filósofos o retóricos antiguos. Con los drapeados a la manera antigua, se hallan sentados con los largos rollos o el libro de su Evangelio sobre un fondo paisajístico, ejecutado libremente mediante una técnica pictórica suave y luminosa, casi impresionista. También la compaginación es de gusto refinado. Un marco de racimos clásicos deja libre un amplio margen, y el solemne incipit del texto se destaca en la hoja de al lado con una espléndida caligrafía mayúscula romana, trazada en oro sobre fondo negro. Éstos Evangelios de la coronación representan un vértice aislado dentro del panorama de finales del siglo VIII. En las páginas iniciales de los Evangelios de Ebbon (Épernay, Bibliothèque Municipale), salidos del scriptorium de Hautvilliers, fundado por Ebbon, la iconografía de los evangelistas se resuelve de una forma muy distinta; se diría que una fuerza irresistible se apodera de la figura a base de un juego violento de líneas y la disuelve. También se relaciona con la figura de Ebbon el renacimiento de la cultura griega y latina, y a partir del primer tercio del siglo IX todo el ambiente de corte se convierte en el centro de un movimiento humanista, empeñado incluso en la transmisión de obras literarias y doctas de la antigüedad. Durante éstos años, la fascinación ejercida por la astronomía y sus arcanas relaciones con los aspectos mitológicos, es sobre todo atestiguada por las versiones del texto clásico más importante, los Phainomena de Arato, o Aratea (Leyden, Bibliotheek der Universiteit). En una página emergen, entre ligeras nubes de cielo azul turquesa, las delicadas cabezas de las pléyades ataviadas a la antigua manera. Se trata de un exquisito homenaje al estilo de la tarda antigüedad. A partir del primer tercio del siglo IX, las escuelas de corte en Reims, Tours y Metz representan los tres pilares más importantes en el ámbito de la miniatura carolingia. En Metz, el arzobispo Drogón, hijo natural de Carlomagno, une su nombre al de una singular obra maestra, un Sacramentario (París, Bibliothèque Nationale), en el que los palos de las iniciales forman un delicado trenzo áureo poblado de pequeñas figuras. Pero fue sobre todo en Tours donde, por obra de los obispos Adelardo (834-843) y Viviano (844-851), se crearon los textos más prestigiosos. Una obra maestra de la escuela de corte de Tours son los Evangelios de Lotario (París, Bibliothèque Nationale), que se inician con la solemne imagen del emperador sentado, casi envuelto por el elevado trono cóncavo, flanqueado por dos guardianes. Su vigorosa presencia, el largo cetro en que se apoya, su mirada de costado dirigida hacia la página siguiente ocupada por un poema dedicatorio, el breve gesto de su mano, nos ofrecen una inédita imagen de un soberano carolingio: "La gran Biblia de Viviano (también llamada Primera Biblia de Carlos el Calvo, París, Bibliothèque Nationale) la dedicó a Carlos el Calvo Viviano, abad y conde Tours, y fue presentada al emperador en el año 846 en el curso de una ceremonia, representada en una hoja, poblada de monjes en actitud laudatoria, cortesanos y soldados de guardia. En ésta misma Biblia, el frontispicio de los salmos produce otra imagen genial: en el centro de una almendra celestial aparece David, rey y profeta, que baila y toca el arpa, rodeado por las cuatro virtudes cardinales (las virtudes de los regidores) y acompañado por sus músicos, que tocan raros instrumentos, reproducidos con gran precisión. Uno de los volúmenes más insólitos del scriptorium de Tours es el Sacramentario de Marmoutier (Autun, Bibliothèque de la Ville), que contiene una deliciosa página donde el abad Raganaldo bendice a su pueblo, una muchedumbre de pequeñas figuras arrodilladas, delineadas en oro sobre un fondo verde claro, como un exquisito vidrio tardoantiguo. A mediados del siglo IX, la tendencia a representar un tipo de adoración móvil y emotivo, triunfó en una obra maestra de la miniatura de todos los tiempos, el Codex Aureus de Saint-Emmeram (Munich, Bayerische Staatsbibiliotheek), un evangeliario probablemente encargado por el emperador alrededor de 870. El códice debe su nombre al pródigo empleo del oro que caracteriza sus páginas, posiblemente relacionado con la influencia de los escritos místicos de Dionisio Aeropagita, traducidos al latín en Saint-Denis entre los años 832 y 835. La escena de la adoración del cordero constituye una asombrosa interpretación de la visión apocalíptica. En el centro, el cordero es adorado por la muchedumbre de ancianos que le ofrecen coronas de oro, entre osadas combinaciones de tonos anaranjados, púrpura y azules. El libro más apreciado y popular del Antiguo Testamento posiblemente sea el Salterio, o sea, la colección de los salmos. Alrededor del tercer decenio del siglo IX, entre los años 816 y 835, salió del scriptorium de Reims un célebre ejemplar completo, con los 150 salmos, el llamado Salterio de Utrecht (Utrecht, Universiteitsbibliotheek), escrito e ilustrado solamente a pluma y, por lo tanto, de una forma pobre si se compara con los códices" (Castelfranchi, pp. 86, 87 y 88). James McKinnon en "El surgimiento del canto gregoriano en la era carolingia" (PALGRAVE MACMILLAN, 1990), ubica que estamos bien informados sobre el estado del canto litúrgico al final de la antigüedad cristiana, es decir, alrededor del año 450 d.C., pero a partir de entonces se produce un fuerte descenso en la cantidad y calidad de las fuentes literarias que proporcionaron nuestro conocimiento del período anterior. La liturgia y el canto sobrevivieron a todo ésto, de modo que el siglo IX se observan espléndidos sistemas de canto eclesiástico tanto en Oriente como en Occidente. Nuestra tarea es primero describir el principal representante occidental de éstos sistemas, el canto gregoriano, tal como lo conocemos por las fuentes medievales tempranas. La misa es el acto central en la liturgia católica. Como género musical, el género designa la musicalización de las partes normales de la misa: K´yrie ("Señor ten piedad"), Gloria ("Gloria a Dios en las alturas"), Credo ("Creo en un solo Dios"), Sanctus ("Santo es el señor"), Benedictus ("Bendito sea el que viene en el nombre del señor") y Agnus Dei ("Cordero de Dios"). El canto gregoriano existe en el contexto de la liturgia, la oración pública de la iglesia cristiana. Se habla de un año litúrgico y de un día litúrgico. El año litúrgico comprende un gran ciclo dramático de fiestas que recapitulan cada año la vida terrena de Jesucristo. Éstas fiestas se centran en dos fechas, una fija, Navidad, que cae el 25 de diciembre, y otra variable, Pascua, cayendo sobre el primer domingo después de la luna llena de primavera. Las dos conmemoran, respectivamente, el Nacimiento y la Resurrección de Cristo. El año comienza con un período de cuatro semanas de preparación para la Navidad llamado Adviento. La Pascua es también precedida por una temporada preparatoria, la Cuaresma, que comienza 40 días antes, el Miércoles de Ceniza. El tiempo pascual se extiende durante 50 días, destacando el jueves de la Ascensión el día 40 y concluyendo con el domingo de Pentecostés, que celebra el descenso del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. El año termina con los domingos después de Pentecostés, los cuales van del 23 al 28 dependiendo de la fecha de Semana Santa. Además de éste ciclo anual que conmemora los acontecimientos de la vida de Cristo, muchas fechas del año se reservan para honrar a santos individuales. En los libros litúrgicos del período carolingio éstas fechas simplemente están intercaladas a lo largo del ciclo anual, pero finalmente se separan para formar su propio ciclo calendárico. Por lo tanto, hay dos ciclos de carrera simultáneamente, los llamados Temporale y Sanctorale. En caso de conflicto de fechas, generalmente se da preferencia a la fiesta del Temporale: su liturgia se celebraría con la inclusión de breves oraciones conmemorativas de la fecha sustituida del Sanctorale. El día litúrgico consta de Misa y Oficio. Éste último es una serie de ocho servicios que comienzan con Maitines (llamados Vigilias en la Edad Media por su celebración en las primeras horas de la mañana antes del amanecer). Siguiendo Laudes, un servicio de alabanza; estaba previsto que comenzara justo cuando los primeros rayos del sol naciente eran visibles a través de las ventanas orientales del coro. Siguieron las cuatro "pequeñas horas" del día: Prima, Tercia, Sexta y Nona; debían cantarse en la primera, tercera y sexta (mediodía) y novena hora del día solar romano, aunque Nona podía realizarse inmediatamente después de la Sexta para permitir un período de trabajo más largo por la tarde. Las Vísperas se cantaron temprano en la noche y poco después se cantaron completas al anochecer. El cuerpo principal de los textos del oficio lo proporcionó el Libro de los Salmos, que se cantó en su totalidad en el transcurso de una semana. Además de los salmos, cada oficio incluía un himno estrófico, breves pasajes de las Escrituras y varias oraciones y cánticos breves. En cada servicio, además de los de la madrugada, se incluía también un cántico bíblico, mientras que los Maitines, los más elaborados de los oficios, tenía una serie extendida de lecturas. Se estima que en la época de St. Benedicto, todo el oficio habría necesitado unas cuatro horas para recitar, pero hacia el siglo IX y X cuanto más estilo elaborado de cantar habría requerido posiblemente el doble de ése tiempo en un día normal y considerablemente más largo en días festivos importantes. Éste es un punto de cierta importancia musical. La élite intelectual de Europa se dedicaba durante buena parte del día, siete días a la semana, 365 días al año, desde la infancia hasta la muerte, a cantar el canto gregoriano. Seguramente ésto tiene al menos alguna relación con la existencia de un corpus musical de tan asombrosa belleza y cantidad. La Misa comunitaria se celebraba generalmente después de la Tercia. Era el punto culminante del día litúrgico, y en un gran monasterio o catedral del siglo IX o X se realizaba con gran ceremonia en el altar mayor en el extremo este del coro. Los distintos niveles del clero participaron de diferentes maneras y utilizaron libros litúrgicos que contenían sólo aquellos textos apropiados a su función. El sacerdote celebrante fue el abad u obispo residente; su libro, llamado Sacramentario, tenía sólo el texto del canon u oración eucarística que decía en silencio en cada misa, y las tres oraciones y prefacio que variaban cada día. (El término litúrgico estándar para un elemento que varía es un elemento Propio, y para uno que es el mismo todos los días, un elemento Ordinario). El tono de recitación que empleaba el celebrante para las oraciones era sencillo y no requería de notación; consistía en un solo paso con estándar. Existen muy diversos tipos de cantos gregorianos, dependiendo de los textos que se trate. Se supone que el papa Gregorio emprendió la estandarización de la música a finales del siglo VI y principios del VII; por ésa razón éste canto eclesiástico lleva su nombre. A partir de la caída del Imperio Romano se desarrollaron los cantos pregregorianos: Milán con sus territorios vecinos desarrollarán a partir del siglo IV una importante liturgia que aún se conserva, no exenta de reminiscencias de Oriente. El repertorio milanés se conoce también como el nombre de ambrosiano en homenaje al obispo San Ambrosio (397) impulsor del culto en la región. Roma, la metrópoli, cuya liturgia y canto llamado romano antiguo perduró en la ciudad eterna hasta finales del siglo XIII. Sus relaciones con la Galia desembocarán a mediados del siglo VIII por razones políticas en una nueva práctica que no asumirían de manera inmediata. Benevento, la zona sur de Italia, tuvieron también sus liturgias específicas de las que apenas conservamos documentación, pero muestra suficiente de la facilidad de crear prácticas litúrgicas propias. El norte de África, pionero en la traducción de la Biblia al latín, nos ha dejado entre los testimonios de los antiguos Padres la prueba de una fecunda creación litúrgica y de los orígenes de formas y estilos que más tarde se desarrollarán. Algunos vestigios del repertorio de las Islas Británicas, que más tarde desembocaría en el llamado rito Sarum o de Salisbury. La Galia franca conoció uno o varios repertorios llamados galicanos, resultado de la fragmentación política de su territorio, hasta la adopción de un nuevo repertorio en el siglo VIII. Su papel, junto a Roma, será clave en la gestación y difusión del canto gregoriano. La Hispania visigoda, cuna de importantes liturgistas y legisladores eclesiásticos, desarrolló una liturgia y un canto conocidos como hispano o hispano-visigótico que con el tiempo recibiría el nombre de mozárabe, a pesar de que sus raíces aparecen ya documentadas siglos antes de la presencia árabe en la península: "Cuando hace casi dos mil años el mensaje cristiano abandonó los santos lugares y comenzó a extenderse hacia Oriente y Occidente, se inició una aventura que para la historia de la cultura, y no solamente para la historia de la música, resultó ser apasionante. En los primeros momentos la expresión del rito adoptó la lengua griega, y partir del siglo IV en Occidente sería el latín la lengua oficial, y con el Edicto de Milán (313) el emperador Constantino abría la puerta al culto público de los así llamados cristianos, hasta entonces proscrito. Con el tiempo las antiguas basílicas romanas comenzaran a utilizarse como lugares de reunión. Los hasta entonces casi invisibles actores litúrgicos se convertirán en los verdaderos protagonistas y con ellos el culto alcanzará una complejidad desconocida por los seguidores de Cristo… El mosaico de liturgias llamadas pregregorianas que hoy conocemos obedece, pues, a divisiones regionales en las que se observa la herencia de la antigua administración del imperio… No sabemos muy bien qué ocurrió en ésos años en la Galia carolingia, pero los liturgistas y musicólogos del siglo XX han comparado los manuscritos copiados para el uso de Roma (conservados en copias de los siglos XI-XIII) que pudieron contener el canto y la liturgia oída en la Galia con ocasión del encuentro entre el papa y Pipino, con los testimonios de un repertorio que comenzó a difundirse por toda Europa a partir del siglo IX, llegando a formular una hipótesis compartida por la mayoría de los investigadores. Durante los años posteriores al encuentro de Saint-Denis, y como resultado del deseo de adopción del canto y de la liturgia de Roma por parte de los carolingios, se produjo una hibridación entre los dos repertorios. De la fusión del canto galicano con el romano nació un repertorio nuevo que con el tiempo y la imaginación se llamaría Canto Gregoriano. Sus textos y el armazón melódico vendrían de Roma, mientras que la ornamentación sería la propia de la Galia. Éste nuevo repertorio, que podemos llamar romano-franco, adoptado primero en la Galia, con los deseos unificadores carolingios, terminaría imponiéndose a las demás liturgias regionales. Y en su intento de suplantación de las otras prácticas buscaría argumentos de autoridad para imponerse. Uno de los más destacados es su atribución al papa San Gregorio (604)" (Asensio Palacios, pp. 389, 390, 391, 392).

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Los cantos gregorianos.

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Juan Carlos Asensio Palacios en "El canto gregoriano y su influencia en la estructura técnica de la polifonía medieval" (Conservatorio Superior de Música de Salamanca, 2007), explica que es muy pertinente hablar sobre una parte del repertorio originado en la Edad Media, cuya actualidad fue y es paralela al devenir musical de Occidente. Su contemporaneidad como música viva (aunque cada vez en mayor peligro de extinción) está asegurada no solamente por el fenómeno mediático que hace unos años lo convirtió en superventas de las listas de éxitos europeas y americanas, sino porque diariamente se sigue interpretando dentro del contexto para el que fue creado: los monjes benedictinos españoles de Santo Domingo de Silos, Enigma, ERA, Gregorian, Enya, Dead Can Dance. ¡Hubo un tiempo en que Britney Spears y los Backstreet Boys competían con un género eclesiástico en MTV! Me refiero al Canto Gregoriano, definido como el "canto propio de la Iglesia Romana" y que desde hace más de doce siglos suena en los recintos sagrados como genuina expresión de oración y arte de Occidente. En el año 2025 se conmemoran exactamente 1271 años del encuentro del papa Esteban II y Pipino el Breve, rey de los francos en la abadía de Saint-Denis, al norte de París. Allí, además de coronar a Pipino como rey, legitimando su poder, se produciría un hecho sin precedentes para la historia de la música. El encuentro de la capilla papal, portadora de un repertorio concreto con los cantores de la capilla del rey franco daría en el futuro como resultado la elaboración de un nuevo repertorio que es lo que hoy conocemos como Canto Gregoriano. La cosa no hubiera pasado de ahí si con el tiempo el nuevo repertorio se hubiera quedado "estancado". Pero la sorprendente acomodación del Gregoriano a las sucesivas "modas" musicales de tiempos posteriores hicieron de él un perfecto contemporáneo de las novedades sonoras que inundaban templos y cortes europeas de la Baja Edad Media, el Renacimiento, la Edad Moderna… y así hasta nuestros días. Cuando bajo las bóvedas de la catedral de Notre-Dame de París todavía en construcción resonó por primera vez en la Navidad de 1198 el famoso organum a 4 voces Viderunt onmes, compuesto por Perotín, allí le acompañaba el Canto Gregoriano. En la capilla de la cismática corte papal de Aviñón, el repertorio monódico se codeaba con las más elaboradas composiciones del estilo que denominamos ARS SVBTILIOR. Su interpretación fue objeto de algunas polémicas en el interior de las sesiones conciliares de Trento, de las que partiría una reforma que, aunque minaba algunas de sus características, dejaba su esencia impresa en los libros oficiales. Al mismo tiempo algunos templos emblemáticos de la cristiandad se convertirían en los verdaderos custodios de ése repertorio venerable. Felipe II, al dotar al recién construido monasterio de El Escorial con la mayor colección de cantorales que nunca había conocido la cristiandad, y al especificar en su decreto fundacional que ésa y no otra debía ser la música que sonara en ése recinto, consagraba de manera duradera al Canto Gregoriano y lo ponía en preferencia (al menos durante la vida del monarca) al repertorio polifónico. La corte francesa del Rey Sol se deleitaba a menudo escuchando las llamadas "Misas de Órgano" en las que el Gregoriano alternaba con sus propias paráfrasis instrumentales. Y ya en el siglo XIX, la mentalidad romántica con su afán de recuperación de estéticas antiguas propició una vuelta al estudio de las fuentes primitivas del repertorio. Aquello que comenzó de manera discreta y sin mayores pretensiones en un pequeño priorato francés, que más tarde se convertiría en la abadía de san Pedro de Solesmes, inició lo que hoy conocemos como el movimiento de interpretación de la música antigua con criterios de época. Reforzado por el Motu propio de Pío X –cuyo centenario se celebró en 2003- y tras unos años de auge comparable solamente con aquel que debió vivir en los siglos IX y X, tras el Concilio Vaticano II el Canto Gregoriano ha visto su interpretación relegada progresivamente a algunos monasterios y catedrales. Su estilo científico se ha desplazado hacia los Departamentos de Musicología de Universidades y Conservatorios y su interpretación ha hecho lo propio cayendo en manos de grupos más o menos especializados que a menudo ofrecen conciertos fuera de todo contexto. Actualmente los nuevos enfoques de investigación e interpretación sobre supuestos etnomusicólogos han dado un nuevo impulso a los estudios y sobre todo a la interpretación del canto desde un prisma distinto, que le trata como una música de tradición oral, lo que fue durante una parte de su existencia. A pesar de todo, el repertorio sigue vivo y actual en los lugares en los que se ha preferido mantenerlo, no como una reliquia, sino conscientemente como una forma de arte perfecta en su género. Después de éste largo párrafo en el que ya se me ha visto la intención de defender la actualidad y pervivencia del repertorio gregoriano en cada una de las épocas de la historia y su convivencia con los otros estilos, parece pertinente dedicar unas palabras a la responsabilidad que el Canto Gregoriano contrajo con la música posterior. Más que responsabilidad del Gregoriano hacia las músicas futuras, podríamos hablar de su influencia de la historia de la música. Vayamos por partes: A) Gracias a él, el sistema de organización melódica de la música occidental, lo que conocemos como la modalidad-tonalidad, es el que es y no otro. En efecto, el sistema de modos-tonos de la música de nuestra civilización europea se basa en la organización establecida por primera vez de una manera sistemática para el repertorio gregoriano. De la incipiente modalidad arcaica, pasando por el sistema de los ocho modos (el Octoechos), la progresiva evolución del mismo derivaría en nuestros modos mayor y menor. B) La notación musical tal y como la conocemos en la actualidad procede de manera directa y por evolución de los primitivos neumas gregorianos. La búsqueda que intentaba reflejar sobre el pergamino dos de los parámetros fundamentales para la fijación por escrito de los sonidos, el ritmo y la altura, tuvo sus primeros y fructíferos resultados en la escritura del primitivo repertorio. C) La teoría musical en Occidente, lo que conocemos como ARS MVSICA se basaba precisamente, al menos en una parte, en el conocimiento del repertorio. Los principios del canto llano (como se conocía al canto gregoriano a partir del siglo XII, en contraposición con la música a varias voces), se enseñaban como la base de gran parte de los conocimientos musicales en la Edad Media. D) Algunas de las formas musicales que tuvieron su origen en desarrollos litúrgicos particulares se transformaron en formas que perdurarán en la historia de la música. Algunas veces ni siquiera sería una pieza entera la que evolucionando ha llegado hasta prácticamente nuestros días. En algunos casos, como el motete, su más lejano ancestro se basa en la manipulación de un fragmento concreto. E) Y por último, la principal característica de la música occidental, la polifonía, no podría entenderse sin la existencia previa del repertorio gregoriano. Me voy a centrar en éste último punto, pero no sin antes decir que aunque me circunscriba al ámbito de la polifonía medieval, en cualquiera de las épocas de la historia de la música se podría hacer lo mismo, con los mismos razonamientos; éso sí, aplicados a las técnicas de cada momento concreto. Todavía hoy encontramos al Canto Gregoriano como inspirador de obras de compositores actuales que utilizan sus melodías no sólo como pretexto, sino como fuente de inspiración. Podemos decir entonces que el canto primitivo de la iglesia latina, que después se conocerá como Canto Gregoriano, nació como una recitación de un texto en el que los acentos cantan al agudo, las divisiones fraseológicas importantes al grave y el jubilus o melisma se emplea para adornar palabras no de manera superflua, sino cuando se ha de destacar alguna cualidad especial. Evidentemente el primitivo repertorio se desarrolló siguiendo las exigencias de la práctica litúrgica que demandaba de él mayor complejidad. Si en los primeros tiempos solamente era el solista el encargado del canto, mientras todos los demás escuchaban (época de la salmodia directa), ya en la época de san Agustín se encuentran testimoniadas formas musicales son respuesta (salmodia responsorial) y en la de san Benito las más desarrolladas formas antifonales. Todas ellas cumplirán un papel fundamental en la historia de la música y posteriormente serán las protagonistas de los cambios de monodia a polifonía que tendrán lugar en Occidente a partir del siglo X. Si hemos de buscar las razones del nacimiento de la polifonía, podremos encontrar al menos una de ellas en la búsqueda de un embellecimiento de las celebraciones litúrgicas. Los cantores medievales intentaron solemnizar más aún sus ceremonias introduciendo principalmente dos artificios en el canto monódico: A) Embellecimiento horizontal, ésto es, alargar las composiciones del repertorio gregoriano mediante la adición de melodías nuevas o mediante la acomodación de un texto a un melisma preexistente, lo que denominamos tropo. B) Embellecimiento vertical, logrado a base de superponer melodías que armónicamente produjesen consonancias agradables al oído humano: la polifonía: "El nacimiento de la polifonía en Occidente nos plantea varios enigmas. En primer lugar su antigüedad. La teoría musical nos transmite los primeros balbuceos polifónicos en forma de notación musical más o menos al mismo tiempo que se escribe por primera vez el canto gregoriano, es decir, hacia el año 900. Podemos aventurar que la práctica polifónica existía de una manera paralela al canto monódico. Si echamos un vistazo a éstos primeros ejemplos a varias voces, nos encontramos con una sorpresa. No hubo compositores que "de la nada" elaboraron melodías completamente nuevas, sino que partiendo de una melodía del repertorio gregoriano, que era suficientemente conocida por todos, sobre ella se adaptó una nueva, formando una suerte de canto simultáneo. Ésta simultaneidad recibió el nombre de organum, para distinguirlo de otras formas musicales del momento. Además se concibió de dos maneras distintas: A) Organum paralelo en el que la voz gregoriana se veía adornada por la voz polifónica a una distancia preestablecida (intervalos de 4ª, 5ª y 8ª) pero respetando estrictamente el movimiento de la voz original. La primera composición que sigue éste procedimiento es un fragmento del conocido himno Te Deum, en su estrofa Tu Patris sempiternus es Filius. Con éste procedimiento era posible conseguir más de dos voces sonando simultáneamente. Para la musicología queda la tarea de discutir si ésto es propiamente polifonía o si se trata más bien de una simple heterofonía. B) Occursus u Organum paralelo modificado, en el que las dos voces polifónicas partían y terminaban en unísono, produciéndose en el resto intervalos armónicamente interesantes (2ª, 3ª y 4ª). Una secuencia en origen monódico, fue la escogida para representar éste ejemplo, Rex caeli domine. Éstos primeros ejemplos del siglo X, de incontestable antigüedad, tienen en común su ancestro gregoriano. No se concibe ninguno de ellos sin la existencia anterior de una de las partes, por ello la propia teoría conoce a ésta voz preexistente como vox prius facta o vox principalis, destacando ya su papel de parte fundamental. La voz añadida recibe el nombre de vox organalis" (Asensio Palacios, pp. 134, 135). Éstos ejemplos nos han llegado en dos tratados atribuidos a teóricos del norte de Francia: los conocidos Musica Enchiriadis y Scolica Enchiriadis. Sus procedimientos además de producir una manipulación sonora que quedaría patente inmediatamente en el plano armónico, debieron tener una inmediata consecuencia sobre la ejecución rítmica, ya que el autor del primero de los manuales (Enchirias) nos dice textualmente: Así, en el canto simultáneo de dos o más voces con la contenida y concordante lentitud (de ejecución) que es característica de ésta música, percibirás el nacimiento del tranquilo acuerdo de la mezcla de tonos. Imaginemos entonces que el canto monódico llevaba un ritmo, mientras que la polifonía debía ejecutarse con ésa concordi morositate que permitiese a todos deleitarse en ésas nuevas experiencias sonoras. Primera consecuencia, pues, de éste matrimonio entre monodia y polifonía: ruptura del ritmo verbal característico del canto gregoriano. El primero de los muchos enigmas que plantea el nacimiento de la polifonía es su antigüedad en el tiempo, y parece claro que si la teoría confirma por escrito que en el siglo X era posible ejecutar un canto melódico con varias voces más o menos independientes, la práctica llevaría algunos años de adelanto sobre las reflexiones de los teóricos. Aunque no tengamos pruebas irrefutables, la historia de la música nos enseña que entre teoría y práctica, ésta suele ir muchas veces en vanguardia. Otro de los enigmas es la elección de los intervalos consonantes de 4ª, 5ª y 8ª para formar las primeras armonías polifónicas. Éstos intervalos, llamados consonancias perfectas por los teóricos medievales y que forman la base del sistema polifónico occidental en los primeros siglos de andadura polifónica, no dejan de ser un perpetuo interrogante a la hora de plantearse su elección. Dejando de lado las teorías que propugnan éstos intervalos como los más naturales, en los que la octava se descompone de manera sencilla y aun a riesgo de hacer algo de musicología-ficción pensemos en el siguiente ejemplo. Un grupo de cantores termina la interpretación de un canto dentro de un recinto abovedado. Éste recinto, por sus características acústicas, recoge la última nota que ha sonado y la amplifica armónicamente, de manera que a ése sonido base se suman los llamados armónicos naturales, que producen una resonancia primero a la octava e inmediatamente después a una quinta de ésa octava y como complemento una cuarta sobre ésa quinta, formando así una doble octava. Ésto que parece algo complicado se observa muy bien cuando se emite un sonido en un recinto abovedado. No quiero decir con ésto que podamos hacer responsable de la idea de la polifonía a una simple aplicación del principio físico-armónico, pero no podemos olvidar que los cantores medievales eran testigos día tras día de éste fenómeno que concluía sus cantos uno tras otro. Y hablando de la aplicación de éstos intervalos en el primitivo organum paralelo tampoco podemos olvidar que aunque el tema de ésta exposición es la influencia del Gregoriano sobre la primitiva polifonía, es posible que se ejerciera una influencia también a la inversa: de la polifonía hacia la sonoridad del canto monódico. Pongamos otro ejemplo. Hoy sabemos que en el primitivo fondo de música litúrgica de la iglesia occidental, algunas piezas estaban construidas sobre cuerdas de recitación en la zona inferior del intervalo que contiene un semitono. Hablando en términos de nuestro solfeo recitaciones sobre mi o sobre si. A partir del año 1000, se observa que los manuscritos copiados en zonas del centro-norte de Europa ésas recitaciones sobre mi se hacen sobre fa y las recitaciones sobre si, han subido a do. En ambos casos se ha buscado la estabilidad de la zona superior del semitono, pero además de paso se ha solucionado el problema de cantar un organum paralelo en intervalo de quinta sobre si que produce una inversión del famoso diabolus in musica, un intervalo no deseado en aquellas épocas, al menos en los ambientes más teóricos. He aquí un caso de influencia en el sentido contrario. Pero aquellas simples armonías no debieron parecer suficientes a los músicos que vivieron el primer cambio de milenio de nuestra era. Poco a poco se fueron liberando de la tiranía que supone el procedimiento del paralelismo y optaron por la búsqueda del movimiento contrario, elaborando así una línea melódica complementaria a la melodía gregoriana. Surge así el contrapunto que tanto debe al Canto Gregoriano, pies de la ordenación del Cantus Firmus (así se llamará con el tiempo a la vox prius facta) va a depender la nueva melodía que se quiera componer. Surgen así las florecientes escuelas del centro-norte de Francia (Fleury, Chartres, Saint-Maur-des-Fossés) y la escuela de Winchester en Inglaterra, cuyos troparios, aunque de influencia francesa, nos muestran una escuela de ejecución polifónica insular bastante desarrollada. En todos los casos no se concibe ninguna composición sin el soporte previo del canto gregoriano, verdadero inspirador de las nuevas melodías. La elaboración de éstas nuevas composiciones dará como resultado que la palabra organum sea utilizado como sinónimo de polifonía, y, en el futuro, como procedimiento ligado a una voz previamente compuesta y procedente del repertorio gregoriano. Además, debido a la progresiva complejidad que iban adquiriendo las nuevas piezas polifónicas, no todo en ellas era música a voces, sino que algunas de las partes seguían ejecutándose a una sola voz, como recuerdo y homenaje a su primitiva factura. Surge así la ejecución alternatim, en la que las secciones de una voz alternan con las partes polifónicas. Una vez más la influencia del Canto Gregoriano está servida, pues los ritmos deben concordar y las distintas partes aunque contrastantes, forman un todo complejo. Poco a poco el nuevo repertorio polifónico fue ganando terreno e imponiéndose cada vez más. Uno de los resultados fue que la línea del canto gregoriano a veces resultaba invadida por la nueva melodía creada para embellecer al cantus firmus, resultado de frecuentes cruzamientos que incluso podrían hacer perder el hilo conductor de la primitiva melodía gregoriana. Uno de los mayores exponentes es la escuela de san Marcial de Limoges. Durante la segunda mitad del siglo XI y hasta más de la mitad de la centuria siguiente elaboró complejas polifonías sobre formas antiguas y de nueva creación (como los versus) y concibió un nuevo uso del canto gregoriano. El estilo contrapuntístico iba a cambiar. Ya no se trataba de contraponer una nota de la melodía gregoriana contra una nota de la nueva voz en el llamado discanto, ni tan siquiera de buscar el movimiento contrario para enriquecer el discurso musical. Ahora las notas de la melodía gregoriana podían alargarse de manera casi indefinida y sobre ellas el cantor podía improvisar una melodía o el compositor componer la suya de manera que cada una de las notas de la melodía gregoriana se estiraba de manera casi irreal: "Son los albores del organum melismático que tendrá como máximo exponente las fantásticas composiciones a cuatro voces de Perotin, en las que se alterna éste estilo de notas pedal con unas secciones en las que la práctica nota contra nota está presente, como ya lo estuviera en las composiciones a dos voces de su antecesor Leonín. En primer lugar la práctica alternatim seguía haciéndose con regularidad. Lo que se componía en polifonía y lo que se dejaba en canto gregoriano dependía una vez más de la antigua práctica de ejecución de éste. Las grandes piezas responsoriales constaban de dos partes: la primera era entonada por el solista y que después era ejecutada por el coro o la schola y el versículo, casi todo él encomendado al solista, por su difícil ejecución, excepto una pequeña sección al final del mismo. Pues bien, cuando los grandes responsorios se componían en organum, las partes polifónicas eran aquellas que en la ejecución monódica asumía el solista. La polifonía, al igual que los grandes melismas, son les affaires des solistes. Pero no todo estaba compuesto en el mismo estilo. Y ésa alternancia de estilos iba a depender una vez más del canto gregoriano en que se inspiraba y que tenía como base. Si el estilo de la monodia era silábico, ésto es, una sílaba por nota, entonces automáticamente la composición polifónica alargaba cada una de ésas notas convirtiéndolas en una especie de nota pedal, adquiriendo el organum un estilo melismático. Por el contrario, las secciones melismáticas del gregoriano se convertían en secciones en estilo discanto, nota contra nota (que se llamarán cláusulas) que alternarán con las partes anteriores. Más adelante la voz o voces superiores de éstas cláusulas recibirían un tratamiento de tropos, se independizarán y lugar a los motetes… No he pretendido dar un curso de historia de la música. Únicamente he querido exponer cómo la estética propia de un canto concebido hace más de mil doscientos años y que todavía perdura en algunos recintos ha sido la responsable de proporcionar una estructura técnica a una de las principales características de la música occidental: el desarrollo polifónico. Antiguo, sí, pero actual y en constante evolución, ha sido capaz de adaptarse a las distintas modas, influir en ellas y aprender al mismo tiempo de sus características" (Asensio Palacios, pp. 138, 140).

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Iglesia Museo & Arte Total.

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Liana Castelfranchi explica que si alguien busca Arti minori (Artes menores) en la prestigiosa Enciclopedia dell´Arte Medievale publicada por la fundación Treccani, seguramente se sorprenderá al no hallarla, siendo posible por lo tanto que busque, un poco más adelante, la voz Artigianato (Artesanía). Pero no tardará en darse cuenta de que ésta última sólo se refiere de una forma tangencial a la abundante producción de objetos de elevado valor artístico que inunda todos los siglos de la Edad Media, superando en ocasiones, tanto por su número como por su calidad, el patrimonio arquitectónico, escultórico y pictórico. Lo mismo corre con los términos paralelos de otras lenguas, como arts décoratifs, decorative arts, o incluso el Kunstgewerbe, alemán, que podríamos traducir literalmente por "industria artística". Perdura, por lo tanto, una especie de ambigüedad terminológica o semántica que engloba bajo una misma etiqueta ésa inmensa producción de objetos –pues en la casi totalidad de los casos se trata precisamente de objetos de uso común- caracterizado por el empleo de técnicas refinadas y complejas y de materiales caros y preciosos. Son pues, objetos de lujo, que sin duda alguna pueden catalogarse como objetos artísticos, con "A" mayúscula. Por otra parte, durante toda la antigüedad clásica y casi toda la Edad Media, resulta muy difícil trazar una línea de separación precisa entre la actividad del artista y la del artesano, pues el concepto de artista parece haberse formado únicamente en el Renacimiento; además, durante toda la Edad Media, incluso las llamadas "artes mayores", o sea la arquitectura, la escultura y la pintura, se clasificaban como "artes mecánicas" debido a que requerían una aplicación manual, en contraste con las más nobles "artes liberales" del trívium (gramática, dialéctica, retórica) y cuadrivium (aritmética, geometría, astronomía, música). Además, durante el siglo XV y una buena parte del XVI, en los tratados no se encuentran datos que distingan las múltiples manifestaciones artísticas que nosotros clasificamos en "mayores" y "menores". Así, por ejemplo, en el segundo libro Della Pittura, Alberti se refiere de una forma explícita a obras de orfebrería: "… la mano del pintor hace que el marfil, las gemas y otras cosas de valor, sean todavía más preciosas, e incluso el oro, elaborado con el arte de la pintura equivale a más oro". Aún resulta más significativo el hecho de que durante todo el siglo XV, los talleres de orfebrería suelen revestir de manera habitual un papel formativo para el artista. Y así, por ejemplo, en 1399, Brunelleschi, que tiene entonces veintidós años, trabaja en el taller de un orfebre para el que labra algunas figuras de plata. Y en la actividad de los grandes artistas se encuentran obras que podríamos fácilmente clasificar como pertenecientes al campo de la artesanía artística. Un ejemplo lo constituye el Servicio de parto de Masaccio (Berlín, Staatliche Museen), una gran bandeja de plata, lujoso regalo para una dama parturienta que, por el solemne ritmo de su composición y la espléndida factura, puede clasificarse como un magnífico testimonio del nuevo rumbo tomado por la pintura del siglo XV. Tenemos también la plaqueta de plata, oro y esmalte, atribuida a Brunelleschi, en la que se representa a Cristo liberando a una endemoniada (París, Louvre), que constituye, al mismo tiempo, una exquisita obra de orfebrería y un "admirable proyecto de ordenación urbanística" (Longhi). De la continuidad de ésta obras "menores" ya en pleno Renacimiento nos hablan, por ejemplo, los dibujos para bordados del Pollaiuolo, o las bellísimas taraceas de los Lendinara para la catedral de Módena. Incluso en pleno siglo XVI, dominado por el espíritu de "comparación entre las distintas artes", la disputa relativa a la jerarquía de las artes no parece implicar nuestra distinción entre "artes mayores" y "artes menores". El mismo Vasari, en el proemio a sus Vite, al entrar en el debate respecto a la mayor o menor nobleza de la pintura y la escultura, se refiere a los argumentos de quienes afirman que la escultura comprende muchas más artes afines (…) como el bajorrelieve, el empleo de tierra, cera o estuco, madera y marfil, la fundición de metales, todo tipo de cincelado, trabajar en hueco o en relieve las piedras finas, los aceros, etc.". Y paralelamente, entre las muchas variedades de pintura, Vasari enumera "las vidrieras, los mosaicos, el damasquinado en oro (…), historiar los vasos de cerámica con figuras y flores y la hermosísima invención de tejer los tapices…". Como puede verse, se trata de una extensa lista de aquellas producciones que nosotros llamaríamos "menores", a las Vasari llama "artes afines". Es una definición significativa, parecida a la empleada por Pino en su Dialogo della Pittura (Venecia, 1548), donde dice que "la pintura es la creación más elevada (…) y todas las artes mecánicas se les llama artes por participación, por ser miembros dependientes de la pintura, que está en la base de las artes mecánicas por el dibujo, porque los artífices artesanos no pueden trabajar sin el dibujo". Todas, por lo tanto, son "artes por participación", gracias al dibujo, suma facultad operativa propia del pintor. Como puede verse, la variedad y la movilidad de los términos, que todavía en el siglo XVI se empleaban para definir las que nosotros llamamos "artes menores", reflejan la dificultad de expresar con un solo término la extraordinaria riqueza de las técnicas y de los materiales como su sustancial dignidad paritaria respecto a las artes mayores. No se puede negar que frente a la sublime "inutilidad" de la escultura y la pintura, destinadas al puro placer estético, las obras de "arte menor" suelen ser objetos funcionales, destinados a un uso real y específico, lo que no impide que concedan un amplio margen a lo superfluo, a una lujosa inutilidad. Podría muy bien decirse que son a un mismo tiempo "útiles" e "inútiles", creadas para tener un uso pero también para proporcionar placer estético. Pensemos en el campo casi ilimitado de los objetos de uso litúrgico: pequeños altares portátiles, relicarios, incensarios, libros litúrgicos y todos aquellos objetos comprendidos en la categoría bastante amplia, de los ornamenta ecclesiae, utensilios u objetos de la iglesia. Pensemos también en los regalia, o sea los objetos destinados a testificar el poder real: coronas, cetros, espadas, mantos. Resulta difícil imaginar que el destino concreto de todos éstos objetos, creados para un uso real, haya representado para ellos una posición de inferioridad. El eminente papel que desempeñaron durante la Edad Media se relaciona, en primer lugar, con encargos exclusivos de elevado rango: soberanos, emperadores, el círculo de la aristocracia tanto de la corte como de la iglesia, que ejercía el poder político en el amplio tablero europeo, obispos, abades y abadesas de poderosas abadías, que unieron su nombre al de obras maestras, todos personas ilustres y amantes del arte, entusiastas comitentes que se dedicaron a dotar sus iglesias de objetos preciosos y lujosos libros litúrgico. Su elevado rango se pone de manifiesto en la esplendidez del lujo que en gran medida va más allá de las funciones de la obra, consagrando su significado simbólico trascendente y la entrega a la pura complacencia, a la fruición estética pura. No es casualidad que además de los nombres de los grandes comitentes, los siglos de la Edad Media, más bien propensos al anonimato de los talleres, nos hayan transmitido con bastante frecuencia los nombres de los artífices de las obras "menores", sobre todo orfebres y miniaturistas, desde aquel Vuolvinio que "firma" la parte posterior el altar de oro de Sant´Ambrogio de Milán, hasta el gran Nicolás de Verdún. En éste escenario constituye una excepción la voz indignada de Bernardo de Claraval que se elevó contra el pecaminoso derroche de tanto lujo. Su famosa carta a Guillermo de Saint-Thierry (1125) relativa a la peligrosidad moral de determinadas imágenes esculpidas en los claustros es muy polémica. Menos conocido es otro fragmento de la misma carta donde Bernardo proporciona una larga lista de los objetos que revelan un lujo perversamente inútil. Después de referirse a las "hermosas pinturas" y a las "esculturas inútiles", sigue con una larga lista de objetos de "arte menor": "hermosos y preciosos trajes, hermosos tejidos de colores, ventanas bellas y espaciosas, copas de zafiro, capas pluviales y casullas con bordados de oro, cálices de oro y piedras preciosas y letras doradas en los libros, todas ésas cosas no responden a las necesidades prácticas sino a la concupiscencia de los ojos". Ésa "concupiscencia de los ojos" volveremos a encontrarla, en estado prácticamente puro, en la extraordinaria descripción de una tela, hecha por Reginaldo de Durham, monje inglés, y dada a conocer por Meyer Schapiro. El motivo que dio lugar a ésta descripción es en realidad bastante curioso, pues se trata del traslado de los restos de san Cutberto, ocurrido setenta años antes, o sea en 1104. La minuciosa descripción del tejido de la dalmática que revestía el cuerpo del santo y de las demás telas del catafalco contiene observaciones entusiastas y muy agudas respecto al matiz de los colores, al dibujo de los bordados, las tonalidades rojo púrpura enriquecidas por ligeras salpicaduras de amarillo "conseguidas casi gota a gota" e incluso a la calidad del tejido, que produce "un hermosísimo crujido cuando se maneja": "Pero la utilización de materiales preciosos en las obras de arte menor no es solamente una exhibición de lujo. La profusión de oro y piedras preciosas no quiere ser un fin en sí misma, sino que se halla estrechamente relacionada con el valor simbólico del objeto y el gran "valor añadido" representado por la magistral elaboración de la obra. Resulta reveladora al respecto la afirmación concisa de Guillermo de Malmesbury, contemporáneo de Bernardo de Claraval, que en su obra De Gestis Pontificum Anglorium, después de haber hablado de las pinturas de la catedral de Canterbury, pasa a describir otros ornamenta de la catedral, vestidos y paramentos sacros en los cuales, según se dice, la pericia de los artesanos supera la preciosidad de los materiales (materiam superabat opus). Se trata de una afirmación que resulta sumamente importante, sobre todo si se tiene en cuenta el elevado valor venal de los materiales empleados en la orfebrería, pues en definitiva lo que cuenta es la calidad del trabajo, del opus, más que el valor de la materia utilizada. Otro aspecto del eminente papel histórico desempeñado por las "artes menores" durante la Edad Media estriba en su naturaleza de objeto fácilmente transportable y que puede, por lo tanto, viajar. Son muy frecuentes los casos en que un objeto artístico se encargaba a un artista de un país remoto o a un taller alejado del lugar al que estaba destinado. Los códices realizados en los famosos scriptoria, destinados a las bibliotecas de las nuevas abadías, los marfiles de los talleres lombardos en las proximidades del siglo XI, los esmaltes de los talleres del valle del Mosa viajaban bastante más de cuanto podamos imaginar, asumiendo de tal forma una importante función de expansión cultural e intercambios estilísticos. A todo ello debe añadirse que el valor de tales objetos los hacía muy aptos para regalos de bodas o embajadas, especialmente frecuentes y suntuosas entre Oriente y Occidente. Es famoso el caso del llamado "tesoro de las emperatrices", un ajuar de joyas principescas de factura bizantina, descubierto en Maguncia en 1880" (Castelfranchi, pp. 100, 101, 102). Un último aspecto, pero no menos importante, que revela la eminente posición de las artes menores durante la Edad Media, es su carácter cultural, pues éstas obras "menores" estaban destinadas a los ojos atentos de personas muy cultivadas, y la selección iconográfica, así como los escritos que con frecuencia acompañan a las obras, revelan una clientela muy refinada. No resulta exagerado afirmar que determinadas obras no sólo requieren una cultura muy sutil sino también una paciente interpretación, es decir, una lectura y no sólo una contemplación. Quien observa, por ejemplo, el llamado Retablo de Klosterneuburg, del gran Nicolás de Verdún, en cuyos esmaltes se suceden una serie de episodios bíblicos ante Legem, sub Lege y sub Gratia, y por lo tanto con una interpretación "tipológica" de los personajes, debe tener, por lo menos, algún conocimiento respecto a la patrística de la Biblia. Asimismo, frente al crucifijo de marfil de factura inglesa del siglo XII, el llamado Rey de los Confesores, para comprender el sentido de la obra, el espectador deberá descifrar los escritos proféticos que lo cubren literalmente de uno a otro extremo. Éstos son, ciertamente, casos límites, pero no demasiados raros en el fascinante panorama de las artes menores medievales. Pocas distinguen que las Iglesias son museos de arte total. Existe diseño inteligente: astronomía, arquitectura, derecho, medicina, ética, estética, lógica, escultura, pintura, instrumentos musicales, coros, héroes… El mismo caso de los museos al aire libre: panteones neogóticos, neoclásicos o modernistas, estructuras que recuerdan obeliscos del antiguo Egipto, mausoleos griegos, bustos romanos, esculturas de ángeles imponentes y de personajes lastimeros. En Grecia la música, la danza, la poesía, el arte y la ciencia pertenecían a las musas, protectoras de las artes e inspiradoras de los artistas. El origen del MVSEVM "morada de las musas" y el ARS MVSICA "arte música". Ahora imagina que los museos sean convertidos en hoteles, bares, tiendas, clubes nocturnos, bibliotecas, auditorios o centros. ¡Es lo que pasa en la Europa y la América inculta con los monasterios, conventos, iglesias, parroquias, ermitas y capillas! Hace novecientos años que Hildegard von Bingen (1098-1179), ése talento universal de la Edad Media, nació en las cercanías de Alzey, en el Palatinado. Hildegard descendía de la estirpe de los Bermersheim, y fue educada desde los ocho años en un monasterio benedictino. Tras la muerte de su maestra en 1136, se convirtió en su sucesora, con consecuencias sencillamente insólitas: fundó un monasterio en Rupertsberg, cerca de Bingen, y muy pronto entró a  formar parte de las personalidades sobresalientes de su época: mantuvo correspondencia con papas, emperadores, reyes, arzobispos, abates y abadesas, miembros del clero menor y laicos; cumplió misiones de carácter político y diplomático, fue autora de escritos místicos, formuló sus visiones, escribió tratados sobre temas médicos y científicos. Ante toda ésta diversidad, sólo se puede sospechar el papel que debió de desempeñar la música para Hildegard. Probablemente significara tan solo un ornamento en una actividad que abarcaba todos los aspectos de la existencia. Sin embargo, también podría pensarse que entonces todavía no existía ésa línea divisoria que solemos trazar en la actualidad entre la vida cotidiana y el arte: todo era una expresión de la vida. Las composiciones de Hildegard –una serie de cantos litúrgicos y la opereta Ordo virtutum- superan con mucho los límites de lo que era habitual en su época. La música compuesta por la llamada sibila del Rin era de una fuerza extasiante tal, que casi un milenio más tarde todavía constituye un enigma para los investigadores. El destino de la obra poética de Hildegard, acompañada de notación musical para ser cantada, era la liturgia de su monasterio en Rupertberg. El arte musical es el camino que conduce hacia la armonía celeste y en el canto se manifiesta el Espíritu divino. Los poemas compuestos por Hildegard para la liturgia, acompañados de su notación musical, están reunidos en la Symphonia armonie celestium revelationum. Ésta obra, compuesta entre los años 1151-1158, conforma un ciclo litúrgico con más de 75 cantos espirituales. Hay 43 antífonas, 18 responsorios y 14 himnos. La música de la virgen Hildegard está pensada para añadir un grado más alto de contemplación a la liturgia. Toma a menudo la forma de una declamación lenta y solemne destinada a que el oyente integre en cada palabra y construya en su mente la imagen que, cobrando vida, podrá ser contemplada. Así pues, concibe el mundo musical como vía de acceso al mundo divino. Hildegard fue consciente de ésa magia e intentó potenciarla al máximo para alcanzar lo celeste. La maestra de Andernach escribió a Hildegard. A sus oídos había llegado algo insólito que superaba su capacidad de comprensión, y le pedía una explicación. Se decía que en los días de fiesta, las vírgenes de su monasterio estaban en el coro "cantando los salmos con los cabellos sueltos, y que como adorno llevaban unos velos de seda de un blanco resplandeciente hasta el suelo, y sobre sus cabezas unas coronas de oro con cruces a cada lado y detrás, y en la frente la figura de un cordero muy bien grabada. También llevaban en los dedos anillos de oro". Tengswich de Andernach recordaba a Hildegard la enseñanza de San Pablo recomendando modestia a la mujer (1Tim 2,9; 1Cor 1, 26). Hildegard y sus monjas iban al coro como si ya estuviesen en el cielo. Los días de fiesta dejaban en la percha la negra túnica benedictina y se vestían túnicas resplandecientes, lino o seda, emulando a las vírgenes de las procesiones celestes descritas en el Apocalipsis. Y, no tardó en justificarlo en la respuesta a la Maestra: el Apóstol escribió de la mujer casada que debe agradar y estar sumisa al marido. "La mujer no debe crecerse en sus cabellos, ni adornarse, ni llamar la atención con coronas ni cosas de oro si no es por voluntad de su marido y para complacerle en justa medida". Pero todo ésto nada tiene que ver con la virgen. Ella se encuentra en la simplicidad e integridad de la belleza del paraíso, que nunca apareció árido (…) La virgen no tiene el precepto de ocultar el verdor de sus cabellos, sino que los oculta por propia voluntad y debido a una gran humildad (…) Las vírgenes están unidas al Espíritu Santo de la santidad y en la aurora de la virginidad. De ahí que sea apropiado que vayan al Sumo Sacerdote como holocausto ofrecido a Dios. Por ello es justo que la virgen lleve un vestido blanco resplandeciente (…) que es claro significado de su boda con Cristo, Debe atender a que su espíritu esté afianzado por la pureza: "El monje Odo de Soissons apreciaba las composiciones de Hildegard como Nuevos modos de cantos. Era ciertamente un Cántico nuevo la armonía que llenaba cada día la iglesia conventual de Rupertberg. Nuevo por inspirado, nuevo por el uso de intervalos de cuarta y quinta en una época en que rara vez se superaba el intervalo de tercera, y sobre todo por la frecuencia de amplios rangos tonales para una sola silaba, sosteniendo notas muy agudas. Por lo demás, Hildegard emplea la técnica monofónica, el melisma y la notación propias de su época, dando expresión con frases melódicas que impulsan a la voz a ser más rápida para luego ralentizarse. El estilo musical de la santa Virgen es valorado de modo muy diverso por los estudiosos. Para unos, resulta primitivo, desconcertante o vanguardista. Otros hablan de líneas melódicas angulares y góticas, incluso gregorizante sin ser gregoriano, en todo caso novedoso… Cuando Adán estaba en el Paraíso conversaba con los ángeles, "se regocijaba en la divina dulzura y alabanza con los ángeles de Dios". Continúa explicando la autora en la carta citada, que los ángeles por su naturaleza espiritual tienen la voz perfectamente armoniosa, y Adán tenía una voz angélica, como ellos. Perdida la inocencia, Adán perdió aquella voz espiritual, armoniosa y bella. Fuera del paraíso apenas podría recordarla, se hallaba como un hombre que al despertar del sueño, retorna ignorante e inseguro de lo que ha visto. La tiniebla de la ignorancia le había envuelto en sus velos… En la voz de Adán antes de la caída estaba toda la suavidad del sonido de la armonía y de todo el arte de la música antes de que se perdiera. Y si hubiera permanecido en el estado en que fue formado, la fragilidad del hombre mortal no habría podido soportar la fuerza y sonoridad de aquella voz. A la voz angélica, según la santa virgen, correspondió un lenguaje perdido que ella intentó descifrar y llamó lengua ignota. En el Medievo se diferenciaba la música natural y la artificial. Hildegard pudo haber conocido el pensamiento del teórico carolingio Regino de Prüm, quien asociaba la música humana de Boecio con el canto y distinguió la música artificial de la natural, valorando más ésta segunda. Según éste autor, la música artificial se logra mediante el ingenio y el talento humanos, y existe en algunos instrumentos, mientras que la música natural no se hace con instrumentos ni al contacto de los dedos ni por instigación del hombre; está modelada por la sola naturaleza mediante la inspiración divina y existe en los cielos y en la voz humana. La música vocal es pues, al mismo tiempo, natural e inspirada, y Regino la identifica explícitamente con el canto compuesto en los ocho modos litúrgicos" (Triviño Monrabal, pp. 91, 92, 98, 99).

Yuki Takano ©

La iniciación masónica.

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Karen Armstrong en "Defensa de Dios, el sentido de la religión" (PAIDÓS, 2009) expone que en los misterios que se representaban cada año en la fiesta del Corpus Christi, los hombres y mujeres medievales se sentían libres para cambiar los relatos bíblicos, añadir personajes nuevos y trasladarlos a un escenario contemporáneo. Ésos relatos no eran históricos en el sentido en que nosotros lo entendemos, porque eran más que historia. En la mayoría de las culturas premodernas, había dos maneras de pensar, hablar y adquirir conocimiento. Los griegos las llamaban mythos y logos. Ambas eran esenciales y no se consideraba que ninguna de ellas fuera superior a la otra; no estaban en conflicto, sino que eran complementarias. Cada una tenía su esfera propia de competencia, y se consideraba imprudente mezclarlas. Logos era el modo pragmático de pensamiento que permitía a la gente funcionar de manera eficaz en el mundo, pero tenía sus límites: no podía aliviar el dolor humano ni descubrir el sentido último de las luchas de la vida. Para éso, la gente se volvía al mhytos. Actualmente vivimos en una sociedad de logos científico, y el mito ha quedado desprestigiado. En el habla común, un mito es algo que no es cierto. Pero, en el pasado, el mito no era una fantasía autocomplaciente; más bien, como el logos, ayudaba a la gente a vivir de manera creativa en nuestro desconcertante mundo, aunque de un modo diferente. Los mitos pueden haber contado historias sobre los dioses, pero, en realidad, se centraban en los aspectos más esquivos, desconcertantes y trágicos de la difícil situación humana que caen fuera del alcance del logos. Si un mito describía a los héroes deslizándose por los laberintos, descendiendo al mundo inferior o luchando con monstruos, no se pensaba que se tratara de una historia basada en hechos reales. Estaban concebidos para ayudar a las personas a moverse por las regiones oscuras de la psique, que son de difícil acceso pero que influyen profundamente en nuestro pensamiento y nuestra conducta. La gente tenía que entrar en los laberínticos pasajes de su mente y luchar con sus demonios personales. Pero el mito no sería eficaz si los seres humanos se limitaran a creer en él. El mito era sobre todo un programa de acción. Podía ponerle a uno en la postura psicológica o espiritual correcta, pero le correspondía a cada cual dar el paso siguiente y hacer que la verdad del mito fuera una realidad en su propia vida. La única manera de evaluar el valor y la verdad de cualquier mito era actuar sobre él. El mito del héroe, por ejemplo, que asume la misma forma en casi todas las tradiciones culturales, enseñaba a desbloquear el potencial heroico que hay en cada individuo. Más tarde, los relatos sobre figuras históricas como el Buda, Jesús o Muhammad se ajustaron a éste paradigma, a fin de que sus seguidores pudieran imitarles. Puesto en práctica, el mito podía decirnos algo profundamente verdadero acerca de nuestra humanidad. Nos mostraba cómo vivir de manera más fecunda e intensa, cómo hacer frente a nuestra mortalidad y cómo soportar el sufrimiento del que la carne es heredera. Pero si no logramos aplicarlo a nuestra situación, el mito se mantendrá como algo abstracto e increíble. Desde fechas muy remotas, los seres humanos reactualizaban repetidas veces sus mitos en ceremonias que representaban esquemáticamente ésos acontecimientos, que actuaban estéticamente sobre los participantes y que, como cualquier obra de arte, los introducía en una dimensión más profunda de la existencia. De éste modo, mito y ritual eran inseparables. Perdimos el arte de interpretar los relatos antiguos de los dioses paseando por la Tierra, de los muertos saliendo de las tumbas o de los mares abriéndose milagrosamente. Empezamos a interpretar conceptos tales como fe, revelación, mito, misterio y dogma de una manera que habría resultado muy sorprendente para nuestros antepasados. En particular, el significado de la palabra creencia cambió, de tal modo que la aceptación crédula de unas doctrinas se convirtió en el prerrequisito de la fe, hasta el punto de que, en la actualidad, con frecuencia hablamos de las personas religiosas como creyentes, no como actores de un drama cósmico. En todas las tradiciones religiosas, hay que hacer el bien. El laicismo entendido como una separación entre la Iglesia y el Estado es destructor de la vida. Si la religión se queda dentro de la esfera privada liberal, se convierte en una forma de egocentrismo, de egoísmo e indiferencia por el mundo. Pero la religión se desarrolló como una reacción contra las injusticias cometidas por el Estado. Ningún Estado está a la altura de sus ideales. Una de las características peculiares de la mente humana es su capacidad de tener ideas y experiencias que exceden nuestra comprensión conceptual. Llevamos constantemente nuestros pensamientos a un límite, de manera que nuestra mente parece desvanecerse de modo natural en una aprehensión de trascendencia. La música ha sido siempre inseparable de la expresión religiosa, porque, como la religión en su expresión más depurada, señala los límites de la razón. Dado que un territorio se define por sus límites, se sigue que la música debe ser definitivamente racional. Es la más corpórea de las artes: es producida por la respiración, la voz, el crin, las caracolas, las tripas y los pellejos, y logra resonancias en nuestro cuerpo en niveles más profundos que la voluntad o la consciencia. Pero es también muy cerebral, e implica un equilibrio de energías y unas relaciones formales intrincadas y complejas, y está muy relacionada con las matemáticas. Sin embargo, ésta actividad intensamente racional se prolonga como trascendencia. La música va más allá del alcance de las palabras: no habla sobre algo. Los últimos cuartetos de Beethoven no representan la tristeza, sino que la provocan tanto en quien los escucha como en quien los interpreta; y, no obstante, no es una experiencia triste. Como la tragedia, procura un placer y un discernimiento intensos. Sentimos que experimentamos directamente la tristeza en una forma que trasciende el ego, porque no es mi tristeza, sino la tristeza misma. En la música, por tanto, lo subjetivo y objetivo se hacen uno. El lenguaje tiene límites que no podemos atravesar. Todos los días, la música nos enfrenta a un modo de conocimiento que desafía el análisis lógico y la prueba empírica. La música rebosa de significados que no traducimos a estructuras lógicas ni a expresión verbal. De ahí que todo arte aspire constantemente a la condición de música; lo mismo en sus momentos más altos, hace la teología. Los griegos tenían una visión del mundo exclusivamente trágica. Sus rituales estaban concebidos para enseñar a los participantes a aceptar el dolor de la vida haciendo que se enfrentaran abiertamente a lo indecible. Todos los años, en el festival de las Tesmoforias, por ejemplo, representaban la historia de Deméter, diosa del grano que proporcionó la base económica de la civilización. Había dado a Zeus una hermosa hija llamada Perséfone. Aunque Zeus sabía que Deméter nunca estaría de acuerdo con ése matrimonio, había prometido a la muchacha a su hermano Hades, señor del mundo inferior, y le ayudó a raptarla. Consternada y furiosa, Deméter dejó el Olimpo y retiró sus beneficios a la humanidad. Sin grano, los seres humanos empezaron a pasar hambre, así que los olímpicos dispusieron el regreso de Perséfone a condición de que cada año pasara cuatro meses con su esposo. Cuando Perséfone se reunía con su madre, la Tierra se llenaba de flores, pero cuando regresaba al Hades, durante el invierno, parecía morir en simpatía con ella. Las Tesmoforias obligaban a los griegos a imaginar lo que podría haber sucedido si los favores de Deméter se hubieran retirado de manera permanente. Las mujeres casadas dejaban a sus maridos y, como la diosa, desaparecían de la polis. Juntas ayunaban, dormían en el suelo como habían hecho las gentes en los tiempos primitivos, y maldecían ritualmente al sexo masculino. El festival obligaba a los griegos a contemplar la destrucción de la civilización, que dependía de la institución del matrimonio, y apreciaban el antagonismo real que existía entre los sexos… También meditaban sobre la catástrofe que sobrevendría si los cultivos dejaran de crecer. Al final del festival, las mujeres iban a sus casas y la vida volvía a la normalidad, pero todo el mundo era consciente de que la alternativa era una pavorosa posibilidad que estaba ahí. Pero cuando en la polis se desarrolló el concepto de individuo, los griegos desearon una espiritualidad más personal junto al culto público, y desarrollaron el culto de los Misterios. La palabra misterio precisa ser aclarada. El musterium no era ni un vago abandono de la racionalidad ni un revolcarse de forma inmoderada en un galimatías. En realidad, los Misterios tendrían un efecto profundo en el nuevo racionalismo filosófico. Musterion significaba iniciación; no era algo que se pensaba, sino algo que se hacía. El más célebre de los Misterios se celebraba anualmente en Eleusis, a unos treinta kilómetros al oeste de Atenas. Los Misterios que se desarrollaron durante el siglo VI eran psicodramas cuidadosamente elaborados en los que los mystai ("iniciados") tenían una experiencia abrumadora de lo sagrado que, en muchos casos, transformaba enteramente su percepción de la vida y la muerte: "Cada otoño, una nueva serie de mystai se aprestaba de forma voluntaria a la iniciación. Lo que sucedía dentro del salón de culto se mantenía en secreto, porque un mero recital de acontecimientos parecía una cosa trivial a alguien ajeno, pero el secreto implica que sólo tengamos atisbos parciales de lo que sucedía. Parece, sin embargo, que los mystai reactualizaban la estancia de Deméter en Eleusis. Como cualquier iniciación, éstos rituales eran aterradores. Los mystai entendían que los ritos y el mito de Eleusis eran simbólicos… Mhytos era theologia ("hablar acerca de un dios"), y, como cualquier discurso religioso, sólo tenía sentido en el contexto de los ejercicios disciplinados que los convertían en algo vivo. El hecho de que el mito no se pudiera interpretar de forma literal lo hacía más eficaz… Los ritos permitían a los mystai participar en el sufrimiento de Deméter. Su culto mostraba que no había vida sin muerte. Las semillas tenían que ser enterradas en las profundidades de la tierra antes de pudieran producir el alimento vivificante; por éso Deméter, diosa del grano, era también señora del mundo inferior. El misterio obligaría a los iniciados a afrontar su propia mortalidad, a experimentar el terror de la muerte y a aprender a aceptarla como parte integrante de la vida… Empezaba en Atenas, donde los mystai ayunaban durante dos días enteros, sacrificaban un cerdito en honor de Perséfone, y se ponían en camino, en enorme tropel, en la larga y calurosa marcha a Eleusis… Los epoptai, que habían sido iniciados el año anterior, caminaban con ellos, insultando y amenazando a los mystai, mientras pedían hipnóticamente a Dionisos, dios de la transformación, que condujera a la multitud en una excitación febril. Cuando los mystai llegaban a Eleusis, confusos, eufóricos, exhaustos y asustados, era de noche, y eran conducidos bruscamente como un rebaño de un lado para otro por las calles, a la luz de las antorchas parpadeantes hasta que, completamente desorientados, se hundían por fin en la oscuridad de la sala de iniciación. A partir de éste momento, tenemos sólo breves atisbos inconexos de los ritos. Se sacrificaban animales; había un acontecimiento impactante –puede que un niño fuera empujado, como el pequeño Demofonte, al fuego, para ser indultado sólo en la hora undécima- y una "revelación". Se sacaba algo –tal vez una gavilla- de un cesto tapado. Pero el misterio acababa con alegría, con cuadros que representaban el regreso de Perséfone del mundo de los muertos y su reunión con su madre. No se impartía ninguna doctrina secreta en la que los mystai tuvieran que "creer". La revelación tenía sentido sólo como culminación de la intensa experiencia ritual" (Armstrong, pp. 81, 82). La historia de la ópera comienza a finales del siglo XVI en Florencia, en donde un círculo de nobles y artistas intelectuales trataban de recuperar la antigua tragedia griega, pronto lograron producir unas primeras obras escénicas, composiciones relativamente sencillas acerca de Orfeo y Eurídice y otras figuras mitológicas. El nuevo género no tardó mucho tiempo en propagarse por toda Europa. El primer punto culminante en su desarrollo se alcanza al principio del siglo XVIII, cuando compositores como George Friedric Händel pasan a ser considerados estrellas de la ópera. En Francia se crea, gracias a la personalidad sin competencia de Jean-Baptiste Lully, un tipo diferente de ópera, en la cual el ballet desempeñaba un papel importante. La ópera romántica alemana, a cuya cabeza se encuentran las obras de Carl Maria von Weber El cazador furtivo, Euryanthe y Oberon, conduce de forma directa a los colosales dramas de Richard Wagner, quien calificó sus producciones como festivales escénicos, y convirtió el teatro de ópera en un templo. Hasta el día de hoy, éste género sigue manteniendo su fascinación. Después de casi cuatrocientos años, siguen componiéndose y escenificándose nuevas óperas. La primera ópera de Claudio Monteverdi apareció en el año 1607, y fue escrita para el duque de Mantua: se trata de Orfeo, que narra la famosa historia del legendario cantor que pierde a su amada Eurídice por un golpe del destino y baja a los infiernos, donde embelesa con su canto al propio dios del reino de los muertos, que al final le devuelve a Eurídice. (El hecho de que Orfeo se dé la vuelta durante el camino de regreso, infringiendo así la única condición impuesta, constituye la nota amarga de éste mito). Una segunda opera de los años de Mantua es L´Arianna, que trata del destino de la princesa cretense Ariadna, abandonada en la isla de Naxos por el príncipe ateniense Teseo después de haberla rescatado del laberinto del minotauro. De ésta obra sólo se ha conservado el célebre Lamento d´Arianna (Lamento de Ariadna). El texto es del aristócrata florentino Ottavio Rinuccini, quien también fue el autor de los textos para el ballet de Claudio Monteverdi Il Ballo dell´Ingrate (El baile del ingrato). Otra obra, Il Combattimiento di Tancredo e Clorinda (El combate de Tancredo y Clorinda), le permite a Monteverdi presentar un nuevo estilo desarrollado por él, el stile concitato (estilo vivo, agitado), en el que interpretaba los principios de Platón, el filósofo de la Antigüedad. Además del estilo concitato, está también el stile molle (estilo suave), para la humildad, y el stile temperato (estilo moderado), para expresar la emoción humana correspondiente. También se han conservado dos óperas de los años pasados en Venecia: Il Ritorno d´Ulisse in Patria (el retorno de Ulises), puesta en escena en el año 1640, y L´Incoronazione di Poppea (La coronación de Popea), puesta en escena dos años después: ésta ópera trata del tristemente célebre emperador Nerón y su amor por la cortesana Popea. El adjetivo clásico y el sustantivo clasicismo tienen varios significados. En sentido estricto, éstas expresiones hacen referencia a una época relativamente corta de la historia de la música –más o menos desde 1740/1750 hasta 1810/1815-, durante la cual ejercieron su influencia los grandes maestros del clasicismo vienés: Joseph Haydn, Wolfgang Amadeus Mozart y Ludwig van Beethoven. Beethoven se encuentra ya en el límite con el romanticismo. Generalmente se define también como clásica toda la música que no puede catalogarse como jazz o pop. No era casual el alto número de músicos que ingresaban en la masonería durante éstos años. Al ser las tenidas masónicas un tiempo y espacio sometido a una cierta liturgia, la música desempeñaba un papel capital para enfatizar ciertos momentos y escenas del rito. De hecho, uno de los oficiales de la logia, el maestro de armonía, era un músico encargado de ejecutar o dirigir las piezas musicales durante las ceremonias. En la medida en que muchas de éstas piezas musicales fueron compuestas para acompañar el ritual masónico, es lógico que contuviera una potente e inequívoca carga simbólica y emotiva. Tales fueron las piezas específicamente inspiradas en la masonería, o creadas por compositores masones como Johann Christian Bach, François Couperin, Jean Philippe Rameau, Joseph Haydn, Félix Mendelssohn, Franz Liszt, Guiacomo Puccini, Héctor Berlioz, Jan Sibelius, etc. Johann Christian Bach (1753-1782) compositor y organista, el hijo del famoso compositor Joann Sebastian Bach, fue iniciado en la logia de Las Nueve Musas de Londres en 1776 que alcanzó la maestría en 1778; Franz Liszt (1811-1886) fue iniciado en la Logia La Unión de Frankfurt en 1841, pasado a compañero en 1842 y elevado a la maestría en 1870. Wolfgang Amadeus Mozart era miembro de los Iluminados de Baviera: Adam Weishaupt (Espartaco), barón de Knigge (Filón de Alejandría), Heinrich Johann Pestalozzi (Alfredo), Johann Wolfgang von Goethe (Abaris), Johann Gottfried von Herder (Dámaso), duque Carlos Augusto de Sajonia-Weimar (Esquilo), príncipe Ernst de Sajonia-Ghota-Altenburg (Timoléon), príncipe Augusto de Sajonia-Ghota-Altenburg, duque Ferdinand de Brunswick-Lüneburg (José), príncipe Carl Aloys Lichnowsky von Woszczye (Maecenas), conde Marschall (Filostrato), conde Künigl (Demetrio), canónigo Joseph de Delling (Pansa), barón de Frauenberg (Trajano), conde J. de Koenigsfeld (Augusto), barón de Strommer (Atico), conde de Taufkirch (Pompeyo), barón de Montgelas (Museo), marqués de Costanzo (Diodemenes), conde Lodron (Numa Pompilio), barón Horstein (Vespasiano), consejero Dufriène (Menio), canónigo Bernat (Antístenes), conde Spaur (Hector), barón de Fuell (Filocteto), barón Gumpenberg (Proteo), consejero Frohnhofer (Raimundo Lulio), consejero Werner (Menelao), conde reinante de Stalberg (Campanella), conde Toering-Seefeld (Ulises), conde Alessandro Savioli (Brutus), conde Montalbano (Cassius), conde Petronius (Perseus), conde Portia (Serócrates), conde Colloredo (Zenón), barón Tomasso Francesco Maria Bassus (Annibal), barón Franz Dietrich Ditffurth (Minos), etc. La moda dieciochesca de la sociabilidad ilustrada explica el inusitado crecimiento, en cantidad y calidad, de los Iluminados de Baviera. Se trataba de una asociación que, como tantas otras de la época, aprovechaban el tirón de los movimientos Iluministas que proponían reformas educativas, sociales y políticas frente a la intolerancia y el dogmatismo. Recordemos que en 1773 el propio papa Clemente XIV había suprimido la Compañía de Jesús mediante el breve Dominus ac Redemptor, de modo que el descontento contra los jesuitas sería capitalizado por los Iluminados de Baviera al acoger a la élite que combatía el fanatismo y la intransigencia. Inicialmente, la finalidad de los Iluminados de Baviera era esencialmente educativa. Pretendían favorecer las ideas de la Ilustración o Iluminismo (Aufklärung) frente a los defensores de la superstición. Al poco, concibieron la idea de difundir su programa ilustrado situando a sus miembros en los puestos de influencia social tal y como hacían algunas Órdenes religiosas como la de los propios Jesuitas. En pocos años sus más de 40 logias contaban con miembros de la Orden situados en las principales casas reinantes, en puestos de alta responsabilidad política y administrativa, en universidades y academias, la oficialidad del ejército, el clero católico y protestante, la alta y mediana burguesía de médicos, comerciantes, preceptores de nobles familias, etc. El apoyo casi inmediato de tan altas personalidades, posibilitaron que la Orden de los Iluminados, con sede en el castillo de Sandersdorf, creciera muy rápidamente y alcanzara una cierta fama. La Illuminatenorden fue fundada en torno a 1776 por Adam Weishaupt (1748-1830), profesor de derecho canónico en la Universidad de Ingolstadt. Valiéndose de su experiencia como alumno de la Compañía de Jesús, se inspiró en ella para diseñar su Orden Iluminada, especialmente en lo relativo al voto de obediencia y su organización interna y jerarquizada. También ingresó en la masonería con el fin de conocer y adaptar su organización y rituales y, posteriormente, reclutar acólitos. Así, en 1777 fue recibido masón en la logia La Prudencia de Múnich, para luego integrarse en la logia Teodoro del Buen Consejo, en donde trabó amistad con el barón Adolf von Knigge, verdadero organizador de los Iluminados, practicante de ocultismo y, además, miembro de la Estricta Observancia con el nombre de eques a Cygn: "De ésta manera, provisto de rituales masónicos y de los Estatutos de la Compañía de Jesús, diseñarán una Orden no solo por completo ajena a la masonería sino enfrentada a ella, que se organizaba en tres grados: novicios, minervales y minervales iluminados. Respecto a su verdadero muñidor, Adolph Franz Friedrich Ludwig, barón von Knigge (1752-1759), prolífico escritor de historia política, sabemos que había sido iniciados el 20 de enero de 1772 en una logia de la Estricta Observancia en Kassel, atraído por las supuestas invocaciones y revelaciones de espíritus, aunque la abandonó al concluir que no eran más que trucos absurdos y malabares. Tras su decepción con la masonería templaria, en 1780 ingresó en la Orden de los Iluminados, y adoptó el nombre simbólico de Filo. Sus planes expansionistas y su concepción de lo que debía ser la Orden chocaron con Weishaupt, lo que le movió finalmente a abandonarla. Uno de los motivos de enfrentamiento entre Weishaupt y Knigge se debía a que, frente a las tendencias utópicas, igualitarias y reformistas de aquél, el barón Knigge estaba más interesado en reclutar miembros de la alta aristocracia centroeuropea… La organización de los Iluminados se componía de una mezcla realmente explosiva: Iluminismo, jesuitismo y masonería… De los jesuitas, los Iluminados elogiaban el principio de que el fin justifica los medios. Por éso, los historiadores que han visto en la Orden de los Iluminados una máquina de guerra inventada por un antiguo alumno de los jesuitas para combatirlos, no están muy equivocados… Para ingresar o progresar en los grados, era obligatoria la lectura de ciertos textos de historia como los de Plutarco, Tácito, Tito, Livio, Montaigne… incluso, para conocer la historia de España, se recomendaba la lectura de Mariana. Su deseo de vuelta al mundo clásico y rechazo a ciertos tópicos de intolerancia cristiana se reflejaba en los nombres secretos o simbólicos que recibían los adeptos: Weishaupt escogió el nombre de Espartaco, líder de las revueltas esclavas romanas, Knigge adoptó el nombre del filósofo Filón de Alejandría, Goethe era Abaris, un mago escita. Por su parte, los aristócratas de la Orden preferían los nombres de emperadores o estadistas del imperio romano" (Alvarado Planas, pp. 720, 721, 722).

Yuki Takano ©

Ludwig Van Beethoven.

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Las proporciones musicales pitagóricas diferían de la de los músicos medievales, los compositores de finales del primer milenio afrontaron el problema de la proporción entre las palabras y la melodía. En el siglo IX las voces de los diafonistas abandonan el unísono y cada una empieza a seguir una línea melódica propia, aunque conservando la consonancia del conjunto. El problema aumenta cuando la diafonía se pasa al discante, y de éste a la polifonía del siglo XIII. En el siglo XI el intervalo de quinta (do-sol) era catalogado de consonancia imperfecta y admitido en el siglo XII. El intervalo de cuarta aumentada, llamado en el medievo diabolos in music con el ejemplo del do-fa diesis, usado hasta el siglo XVI para obtener efectos de tensión por Bach, Mozart, Liszt, Musorgski, Sibelius, Puccini, Bernstein y Berlioz. Johann Sebastian Bach sobresale como una montaña de una genuina dinastía de músicos que se remonta hasta el siglo XV. En Köthen, la residencia de Sajonia donde Bach alcanzó su más alto estatus social en su condición de maestro de capilla de la corte, pudo vivir y crear sobre terreno fértil desde 1717 hasta 1723. Muchas de sus obras instrumentales provienen de ése período. En 1722 se convierte en chantre de la Iglesia de Santo Tomás de Leipzig, permaneció allí hasta el final de su vida, y en ése tiempo fue el responsable de la música eclesiástica, y durante muchos años también del Collegium Musicum de la universidad, que había sido fundada por su amigo Telemann. A raíz de su muerte, Bach se convierte en una especie de fósil, la reliquia de una época desaparecida mucho tiempo atrás, y no fue hasta el siglo XIX cuando se reconoció su verdadera importancia. Desde entonces es considerado uno de los grandes compositores de la historia de la música en general. Para orientarse, resulta de gran utilidad la numeración del catálogo de las obras de Bach (BWV; Bach-Werke-Verzeichnis), sin la cual podrían surgir algunas confusiones. Sobre todo en Leipzig, Bach escribió una impresionante cantidad de obras corales: cantatas para todo el año litúrgico (y para varios años), pasiones para la época de cuaresma (se han conservado dos de ésas composiciones, la Pasión según San Mateo y la Pasión según San Juan), oratorios de Semana Santa y Navidad, y muchas otras. Existe, además, otra serie de obras de carácter humorístico y profano, como por ejemplo la graciosa Cantata del café (BMV 211), en la que un padre intenta quitarle a su hija la costumbre de beber ése oscuro brebaje; o la composición Mer hahn en neue Oberkeet (BWV 212), conocida como la Cantata de los campesinos, que celebra en el más puro dialecto sajón la elección de un concejal. A ello se añaden varias piezas compuestas para vidas, cumpleaños y otras ocasiones festivas. Un lugar especial lo ocupa la gran misa en si menor, una obra católica de inconfundible carácter proselitista: con ésa versión de la liturgia latina, la más extensa junto a la Misa solemnis de Ludwig van Beethoven, Bach pretendía llamar la atención hacia su persona del príncipe elector sajón Federico Augusto II. Johann Sebastian Bach escribió la mayoría de sus obras para órgano al principio de su carrera artística, sobre todo en los años que pasó en Weimar. Aquí encontraremos ejemplos tan imponentes como la tocata y la fuga dórica (BMV 538), el pasacalle y fuga en do menor (BMV 582) y la muy popular tocata y fuga en re menor (BMV 565), junto a otras muchas composiciones en las que Bach se muestra como uno de los más destacados virtuosos del órgano de su época. Los preludios corales, sin embargo, no servían necesariamente para exhibir las habilidades de un virtuoso. Se trata de variaciones compuestas a partir de canciones del año eclesiástico, cuyo objetivo era "preparar" a los fieles para ésas celebraciones. Es cierto que las versiones de ésas conocidas melodías también podían adoptar formas gigantescas, como ocurre por ejemplo en los movimientos que Bach reunió bajo el título Der Clavierübung dritter Theil (Para ejercitar el clave, tercera parte). Ni las seis Französischen Suiten (Suites francesas) (BMV 812-817) ni sus hermanas mayores, las seis Englischen Suiten (Suites inglesas) (BMV 806-811), contienen ningún indicio de características nacionales especiales. Bach las denominó, sencillamente, Suites pour clavecin (Suites para clavecín) o Suites pour clavecín avec préludes (Suites para clavecín con preludios). También las seis partitas (BMV 825-830) son suites compuestas a partir de estilizados movimientos de danza. Las Goldberg-Variationen (Variaciones Golberg) (BMV 988), sobre un tema del compositor Johann Gottlieb Golberg, fueron escritas para un mecenas que padecía de insomnio. Finalmente, los dos volúmenes de Das wohltemperierte Klavier (El clave bien temperado) (1722 y 1744) contienen cada uno veinticuatro preludios y fugas en todas las tonalidades mayores y menores: un compendio al que desde el siglo XIX se le denomina el Antiguo Testamento de los pianistas. Fue especialmente en Köthen donde Johann Sebastian Bach pudo ocuparse de la composición de música instrumental. Allí surgieron, por ejemplo, las tres sonatas y las tres partitas para violín solista (BMV 1001-1006), las cuales constituyen sin duda uno de los mayores desafíos para un intérprete de ése instrumento. Por otra parte, Bach nos dejó también seis suites para violonchelo solista (BMV 1007-1012), y seis sonatas para violín y clavicémbalo (BMV 1014-1019), así como tres sonatas de gamba y clavicémbalo (BMV 1027-1029). De ésos años data también una partita para flauta solista (BMV 1013), la cual es una prueba más de la profundidad con el que el compositor se ocupaba de las posibilidades de los instrumentos más habituales. Una gran celebridad alcanzaron los conciertos dedicados al margrave de Bandrenburgo (BMV 1046-1051), los cuales presentan, en un espacio relativamente breve, una gran variedad de formas y combinaciones instrumentales muy disímiles. A su lado están las cuatro suites para orquesta (BMV 1066-1069), en las que se hallan dos movimientos muy famosos en todo el mundo: el aria (en la suite en re mayor BMV 1068) y la badinerie para flauta y orquesta (movimiento final de la suite en si menor BMV 1067). En Leipzig vieron la luz también ocho conciertos para clavicémbalo solo (BMV 1052-1059), además de otras magnificas obras para dos, tres e incluso cuatro clavicémbalos. Sin duda alguna, las obras más olvidadas de Bach, Mozart y Beethoven por los ilustrados modernos son las sacras, especialmente las misas y las pasiones: "Después de la Misa en si menor de Johannes Sebastian Bach, es la Misa solemnis de Beethoven la más poderosa versión musical de la ordinarium missae latina. Una hora y media dura la obra que Beethoven concibió originalmente para la unción de su discípulo, el archiduque Rodolfo de Austria, como arzobispo de Olmütz. Pero las dimensiones fueron creciendo hasta lo inimaginable, y la obra sólo pudo quedar terminada mucho después. Menos imponente es la temprana misa en do mayor op. 86, mientras que el oratorio Christus am Ölberge (Cristo en el Monte de los Olivos) op. 85 forma parte de ésas curiosidades musicales que jamás lograron imponerse. Dieciocho misas y el inconcluso Réquiem en re menor (KV 626) son los grandes aportes de Mozart a la música eclesiástica. Junto a ésta última obra, rodeada de misterios y compuesta en el lecho de muerte, han conquistado un lugar en los repertorios, sobre todo, la Krönungmesse (Misa de coronación) en do mayor (KV 317) y la gran misa en do menor (KV 427). Versiones abreviadas de la música litúrgica siguen escuchándose hoy en día ocasionalmente en conciertos en las iglesias o en misas. Salvo en los casos excepcionales mencionados, la música eclesiástica de Mozart sigue siendo tratada con desinterés. Por ésa razón, no nos sorprende que de ésas composiciones litúrgicas menores sólo hayan ocupado un lugar en los repertorios dos de ellas: el Exsultate, jubilate (KV 165, de 1773, y la pegadiza Ave verum (KV 618), escrita por Mozart en 1791, el año de su muerte. Entre 1772 y 1780, Wolfgang Amadeus Mozart compuso diecisiete sonatas para la iglesia, las cuales constan de un solo movimiento y fueron presentadas en Salzburgo en los servicios religiosos, entre el Gloria y el Credo. A pesar de su formato reducido, no deben menospreciarse éstas obras incidentales para órgano y orquesta, la riqueza inventiva típicamente mozartiana las convierte en joyas de la bibliografía musical" (Van Hoogen, pp. 32, 33, 194, 195). Aunque la forma de pensar de Beethoven coincidía con el horizonte espiritual y fraternal de la masonería, no hay ningún documento que apoye inequívocamente su pertenencia a la Orden. Hay, sí, algunos indicios que podrían sugerir su pertenencia o, al menos, sus conocimientos sobre algunos símbolos esotéricos de la masonería. De entrada, uno de sus primeros maestros y mentores, Christian Gottlob Neefe, fue un masón del Sturm und Drang, y uno de los líderes de la Orden de los Iluminados de Baviera. Bajo su orientación compuso, entre 1782 y 1785, más de ocho piezas musicales. También fue apoyado por los masones en su promoción profesional. Así, cuando en noviembre de 1792 Beethoven se alojó en Viena, fue acogido por dos masones: Antonio Salieri y Franz Joseph Haydn. Éste último le aceptó como discípulo y muchos de los alumnos de Haydn se convirtieron en amigos o protectores de Beethoven, entre ellos, la condesa Thun. Otros masones e iluminados relacionados con Beethoven fueron Nikolaus Simrock, Franz Ries, von Schall, Johann Peter Eichoff, Johann Joseph Eichoff. De entre sus primeros protectores cabe citar al príncipe Joseph Lobkowitz (1772-1816), al conde Andreas Razumovski (1752-1836), al conde Moritz Fries (1777-1826), al barón Gottfried van Swieten (1773 o 1734-1803), al conde Johann George von Browne-Camus (1767-1827) y sobre todo al príncipe Karl Lichnowsky (1756-1814) y su esposa, la princesa Christiane (1756-1841), quienes protegieron a Beethoven durante más de doce años. Al frac-masón Lichnowsky, Beethoven dedicó los Tríos, opus 1, y después la sonata Patética opus 13, la sonata opus 26, la Segunda sinfonía, opus 36, y la opus 69. Dedicó varias de sus composiciones a hermanos masones como Antonio Salieri, Haydn, Federico II de Prusia, Goethe, Joseph von Sonnenfelds (favorito y consejero de Joseph II), etc. También compusieron letras para sus piezas musicales masones como von Goethe, Lessing, sir Walter Scott, Robert Burns, Emanuel Schikaneder, libretista de La flauta mágica de Mozart. El término atonal (también "atonalidad") tiene varios significados. En primer lugar se utiliza para definir la música escrita sin ningún tipo de tonalidad o de orden sistemático. Así pues, la música dodecafónica escrita por Arnold Schönberg y sus discípulos, calificada de atonal, no pertenece a ésta categoría, ya que se rige por unos principios y sistemas definidos, aunque sí se encuentran composiciones atonales entre las obras de Schönberg, particularmente en la fase creadora que precedió al desarrollo de sus nuevos métodos de composición. También sus alumnos Anton Webern y Alban Berg escribieron de forma atonal durante algunos períodos. Pero quien piense que la atonalidad es un descubrimiento del siglo XX debería escuchar, por ejemplo, la Bagatella ohne Tonart (Bagatela sin tonalidad) de Franz Liszt y la Gran Fuga op. 133 para cuarteto de cuerdas de Ludwig van Beethoven, una obra de los años 1825-1826 en la que los límites conocidos de la tonalidad fueron prácticamente sobrepasados. Los cuartetos de los últimos años de su vida rompen completamente con los límites formales y armónicos, y la Gran Fuga op. 133, de acuerdo con el pensamiento de la época, tendría que clasificarse como atonal. Ésta obra chocó tanto a los oyentes, que Beethoven la eliminó del Cuarteto para cuerda en si bemol mayor op. 130, y compuso un nuevo movimiento final para ésa obra. En la historia de la música de los últimos siglos no hay ninguna individualidad que haya influido de forma tan categórica en el desarrollo posterior como Ludwig van Beethoven. No importa si se está a favor o en contra de él: nadie puede pasar por alto una obra que revolucionó prácticamente todos los ámbitos de la música. Todo comenzó, sin embargo, como una historia bastante provinciana en la por entonces todavía casi insignificante ciudad de Bonn, a orillas del Rin, donde el padre de Beethoven trabajaba como cantante en la capilla del arzobispo príncipe de Colonia. Los intentos del ambicioso padre por hacer de su hijo un niño prodigio al estilo de Mozart fracasaron estrepitosamente, ya que el chico necesitó un tiempo de arrancada relativamente largo. Sin embargo, poco a poco se fue poniendo de manifiesto que el joven Beethoven tenía cosas relevantes que decir, tanto desde el punto de vista de la composición como del pianístico. Cuando en el año 1792 se trasladó definitivamente a Viena, dio enseguida que hablar como pianista, con unas improvisaciones con las que nadie podía competir. También las primeras composiciones realizadas en ésa ciudad dejaron boquiabiertos a los distinguidos conocedores de la nobleza, de los cuales algunos se convirtieron muy pronto en sus mecenas. Alrededor del año 1800, Beethoven percibió los primeros síntomas del trastorno auditivo que finalmente lo dejaría totalmente sordo. Pero a pesar de ése despiadado golpe del destino, el músico no se resignó: continuó trabajando en nuevas obras hasta su muerte, entre ellas su décima sinfonía, la cual no pasó de unas pocas ideas y unos escasos apuntes. Fidelio es la única ópera compuesta por Ludwig van Beethoven: en cierto sentido, se trató de un "parto doloroso", una obra que hubo de sufrir varias revisiones desde 1805 antes de poder celebrar su triunfo final en el año 1814. En la obra la heroína Leonora, disfrazada de hombre (Fidelio), libera a su esposo de las mazmorras en las que lo ha hecho encerrar un malvado gobernador: un símbolo de rebeldía contra las tiranías de cualquier índole. Otros proyectos de ópera, como Vestas Feuer (El fuego de Vesta), o incluso un Fausto, no pasaron de ser una idea. El ballet Die Geschöpfe des Prometheus (Las criaturas de Prometeo) de 1801, la música para la obra teatral Egmont de Goethe, una obertura para el Coriolano de Collins, así como la música para curiosos festivales, como Die Ruinen von Athen (Las ruinas de Atenas) y Köning Stephan, Ungarns erster Wohltäter (El rey Esteban, primer benefactor de Hungría), de August von Kotzebue, nos transmiten una imagen difusa del Beethoven compositor para el teatro: hallamos otras obras grandiosas al lado de otras banales; elementos impuestos por la moda junto a otros con visión de futuro. Beethoven también trabajó concienzudamente en el terreno de la canción. Gran fama alcanzaron, por ejemplo, sus versiones de poemas de Goethe y el ciclo An die ferne Geliebte (A la amada lejana), op. 98. En sus sinfonías, Beethoven demostró al gran público lo que él entendía por "revolución". Al menos desde que presentó la Heroica (op. 55), una obra de una hora de duración, los oyentes debieron de comprender que había quedado definitivamente atrás la época de las galanterías divertidas. La Quinta sinfonía, un logrado intento por componer toda una obra a partir de un único motivo; la Pastoral, una expresiva descripción de fenómenos naturales; y, por último, la Novena, con su coro final que dinamitaba todo lo que se había hecho hasta ése momento: todas ellas constituyen estaciones en las que es posible seguir claramente la pista a la explosiva evolución del compositor. Los problemas que tuvo Beethoven con la versión definitiva de su única ópera, Fidelio, se ponen de manifiesto en la existencia de un total de cuatro oberturas de la misma. La obertura de Fidelio propiamente dicha, escrita en mi mayor, vio la luz en 1814; antes el compositor había compuesto ya tres oberturas para Leonora (título original de la obra), de las cuales la número dos y la número tres son apreciadas hoy como piezas de concierto. También las oberturas al Egmont de Goethe y al Coriolano de Collins, además de la del ballet Prometeo y la de Las ruinas de Atenas, son piezas que pueden oírse con bastante frecuencia. Y todavía queda una curiosidad: la obertura Die Weihe des Hauses (La inauguración de la casa), de 1822, escrita para la inauguración del teatro del distrito de Josephstadt, de Viena. Del temprano período de Bonn data un concierto para piano de gracioso tono infantil, el Concierto en mi mayor, así como un movimiento inconcluso de un concierto para violín y orquesta en do mayor, los cuales aún no revelan nada sobre lo que habría de ocurrir más tarde. Los cinco conciertos para piano oficiales, el singular concierto para violín y el encantador Triple concierto para piano, violonchelo y violín, así como las dos romanzas para violín, constituyen piezas fijas en la vida musical. La Fantasía para piano, coro y orquesta op. 80 es una pieza única en su género. Diez sonatas para violín y piano, cinco para violonchelo y piano y una sonata para trompa constituyen las composiciones más relevantes para dúo instrumental. Ésta parte de su producción es superada por los tríos para piano, y en especial por los dieciséis cuartetos para cuerda con los que Ludwig van Beethoven, una vez más, dejó claro ante los oyentes que muchas cosas inimaginables eran posibles desde el punto de vista musical. Dejando aparte sus primeros intentos, Beethoven compuso treinta y tres sonatas para piano numeradas, las cuales, como no podía ser de otro modo, pusieron a ése instrumento relativamente delicado al límite de sus posibilidades. Existe además una serie de notables ciclos de variaciones, cuya pieza de mayor envergadura, las treinta y tres variaciones sobre un vals de Diabelli, podría ser comparada con las Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach. El hecho de que algunas sonatas gozaran de mayor popularidad que sus hermanas tiene que ver con la costumbre de prestar mayor atención a los subtítulos: la celebridad de la Pathétique (Patética) op. 13, de la Mondscheinsonate (Sonata claro de luna) op. 27, de la Waldsteinsonate, de la Appassionata op. 57, y de la Hammerklavier (Pianoforte) op. 106, no debería hacernos olvidar que prácticamente éstas obras son únicas y tienen su propia importancia. Tampoco pueden subestimarse las tres colecciones de bagatelas (op. 33, op. 119 y op. 126), en las que Beethoven nos entregó instantáneas musicales de extraordinaria concentración. No es necesario hablar aquí de la fama mundial de la pequeña pieza pianística titulada Für Elise (para Elisa). Como Haydn y Mozart, Ludwig van Beethoven también ganaba algo de dinero rindiendo algún tributo a las modas, y produciendo música de danza para determinados eventos sociales. De ahí que contemos con minuetos, danzas alemanas y contradanzas salidas de su pluma, así como con las llamadas danzas de "Mödling", escritas durante una visita de veraneo para un restaurante de Mödling, a las puertas de Viena: "Lo cierto es que dos de sus piezas musicales, Opferlied (Himno del Sacrificio) con letra de Matthisson, y Der Mann Freye (El hombre libre), con letra de G. K. Pfeffel, aunque no fueron compuestas originalmente para el servicio masónico, fueron utilizadas por un masón amigo íntimo de Beethoven, F. G. Wegeler, quien les puso una nueva letra y las retituló Bei der Aufnahme eines Maurers (Para la iniciación de un masón) y Maurerfragen (Preguntas Masónicas). La nueva letra de F. G. Wegeler a ésta última es reveladora del universo filosófico y espiritual de la masonería de la época, y dice así: "¿Cuál es, cuál es la meta del masón? Cada vez que noblemente se edifica a sí mismo, a salvo de todo peligro, alcanzar el cenit, Éste es el objetivo del masón, el espléndido objetivo del masón… ¿A quién rechaza el masón? Al hombre esclavizado por las pasiones que, burlándose de la voz de la conciencia, se rebaja al nivel de las bestias. A él, los masones no conocen, no quieren conocer… Recordemos que Franz Gerhard Wegeler (1769-1848) fue un médico alemán, profesor y Rector de la Universidad de Bonn y amigo de la infancia de Beethoven; a quien éste autorizó a redactar su biografía que, finalmente, publicó en 1838. En ella, Wegeler comentó que, con permiso del genial músico, adaptó la obra Preguntas Masónicas para uso de su afrancesada logia Des Freres Courageux de Bonn, fundada en 1806 bajo la Obediencia del Gran Oriente de Francia, aunque ya en 1824 había abandonado dicha Obediencia y adoptado el nombre alemán Die Muthigen Brüder (los valientes hermanos). Igualmente, utilizó la música de Opferlied, pieza inicialmente compuesta por Beethoven para evocar el hecho de la muerte física, y le añadió una nueva letra para su uso masónico con el nuevo título de Para la iniciación de un masón que, igualmente reflejaba la búsqueda del masón, la muerte al mundo profano y la aspiración a un renacimiento espiritual con el auxilio o premio de la Gracia… Otra obra que podría situar a Beethoven en un entorno masónico fue su Oda a la Alegría, adaptación de su Fantasía Coral, opus 80, de fines de 1808… Como es sabido, tras diversos arreglos, la Oda a la Alegría fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco. El último movimiento de ésta sinfonía fue adoptado en 1972 por el Consejo de Europa como su himno oficial, y en 1985 fue elegido por los jefes de Estado y Gobierno europeos como himno oficial de la Unión Europea. Sus últimos versos dicen así: Abrazaos, millones de seres! ¡Éste beso para el mundo entero! Hermanos, sobre la bóveda estrellada habita un Padre amante. ¿Os prosternáis, millones de seres? Mundo, ¿presientes al Creador? ¡Búscalo por encima de las estrellas! ¡Allí debe estar su morada!" (Alvarado Planas, pp. 647, 648, 649, 651).

Yuki Takano ©

Wolfgang Amadeus Mozart.

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De todos ellos, el músico que compuso la obra específicamente masónica más relevante fue, sin duda, Mozart. Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), es considerado uno de los músicos geniales más influyentes, destacados y prolíficos de la historia universal. Su obra alcanza más de seiscientas creaciones, en su mayoría obras maestras. Fue un niño prodigio, pues con tan sólo cuatro años tocaba el clavicordio y componía pequeñas obras de considerable dificultad; a los cinco años componía obras musicales que interpretaba en los salones de la aristocracia y realeza europea, y a los seis años tocaba con destreza el clavecín, el violín y podía memorizar una partitura con sólo echar un vistazo. El 9 de junio de 1763, acompañado por sus padres, inició una larga gira de conciertos, que duró tres años y medio, en algunas de las metrópolis más importantes de la época: el viaje empieza en Salzburgo y les conduce a Múnich y Viena, y luego a París y Londres, a Ginebra, Amberes y La Haya. Existe hasta un diario en el que registran, de manera extremadamente meticulosa, cada uno de los progresos y las composiciones del niño prodigio; y de manera no menos meticulosa se cuida de que el chico practique con aplicación el piano y el violín. En Versalles los Mozart tocaron ante el monarca Luis XV; en Londres fueron admirados por el rey Jorge III; en los Países Bajos asombró con sus piezas compuestas a los 9 años. En el año 1769, cuando Wolfgang tiene trece años y ya se ha convertido en maestro de conciertos en Salzburgo, realiza el primer viaje a Italia, donde compone y presenta óperas, ofrece conciertos y recibe toda clase de honores. También se desplazaron a Roma el 11 de abril de 1770, en donde el joven Mozart tuvo la oportunidad de escuchar el Miserere de Gregorio Allegri durante una representación en la Capilla Sixtina. Aunque, al parecer, ésta obra tenía carácter secreto y sólo podía interpretarse en dicho lugar bajo la pena de excomunión, el joven compositor escribió de memoria una versión muy aproximada de la partitura completa. Enterado el papa Clemente XIV del talento del músico de 14 años, no sólo no lo excomulgó, sino que lo ennobleció nombrándolo Caballero de la Orden de la Espuela de Oro. Dicha Orden era considerada heredera de la Milicia de Oro del emperador Constantino y su estatus llevaba aparejada la consideración nobiliaria de conde palatino (hasta que en 1966 el papa Pablo VI anuló dicho privilegio). En 1772, es ungido como nuevo arzobispo de Salzburgo Jerónimo de Colloredo, un hombre repugnante que convertirá la vida del artista del joven genio en un verdadero infierno, llegando a humillarle de tal modo que Mozart solicita abandonar su puesto después de recibir un trato de lacayo. Pero antes de éso el joven ha vivido una dramática alternancia de experiencias dolorosas y alegres. En 1775 tiene un éxito enorme con una ópera; en 1777 viaja a París en compañía de su madre, pasando antes por Augsburgo y Mannheim; allí recibe admiración pero también humillaciones, y allí muere también su madre. Su gran amor, Aloysia Weber, rompe con él cuando hace escala en Múnich, durante el triste viaje de regreso a casa. No es de extrañar por tanto que comience a ansiar un nuevo tipo de libertad y que, en 1781, se separe del servicio del arzobispo. A partir de entonces se gana la vida en Viena como artista independiente (y a partir de 1782, mantiene también a su mujer Constanze, la hermana de Aloysia), lo que, por una parte, le proporciona mucha fama, pero por otro lado le lleva una y otra vez al borde de la bancarrota debido a su manía derrochadora. Durante los años 1782 y 1783 conoció la obra de George Friedrich Händel y de Johann Sebastian Bach a través del barón Gottfried Swieten, un coleccionista y aficionado musical que tenía en su poder una biblioteca con gran cantidad de obras de compositores barrocos. En Viena también conoció a Joseph Haydn, con el que disfrutaba interpretando música improvisadamente. Eckhardt van den Hoogen en "El ABC de la música clásica. Todo lo que hay que saber" (TAURUS, 2012), explica que su primera sonata para violín y piano –o, mejor dicho, para piano con acompañamiento de violín- la escribió Mozart a la edad de seis años. Se trata de un testimonio del talento de ése niño prodigio; una obra en la que el instrumento de cuerda todavía tiene un papel en extremo modesto. Los conciertos para violín nos revelan mucho más sobre Mozart. A lo largo de los siglos se le han atribuido ocho piezas, pero en realidad sólo se ha podido demostrar sin duda de ninguna índole la autoría de cinco. Se trata de los conciertos en si bemol mayor (KV 207), en re mayor (KV 211), en sol mayor (KV 216), en re mayor (KV 218) y en la mayor (KV 219), todos del año 1775. Wolfgang Amadeus Mozart se aproximó al mundo de la ópera desde su juventud: Bastien und Bastienne, por ejemplo, así como otras tempranas piezas híbridas, forman parte de ésas pruebas de talento. Otra obra, Mitridate, Re di Ponto (Mitrídate, rey de Ponto), que Mozart compone y presenta en Milán a la edad de trece años, le proporcionó cierto reconocimiento. Pero es con las óperas escritas después de su traslado a Viena cuando comienza la historia de sus obras maestras. Idomeneo (KV 366): en el año 1780, Mozart recibe el encargo de escribir una ópera seria para la corte de Karl Theodore, el príncipe elector de Múnich. El 29 de enero de 1781, la obra fue acogida con aplausos durante su estreno. Die Entführung aus Serail (El rapto en el serrallo; KV 384): el emperador austriaco José II hizo a Mozart el encargo de escribir ésta obra. En vano intentaron los detractores del compositor, en especial Antonio Salieri, impedir la presentación, que tuvo lugar el 16 de julio de 1782 en Burgtheather de Viena, y que fue celebrada de manera excepcional. Le nozze di Figaro (Las bodas de Figaro; KV 492): Mozart trabajó en ésta comedia con toques de crítica social desde octubre de 1785 hasta abril de 1786. Como había sucedido con su obra anterior, El rapto en el serrallo, sus enemigos le pusieron algunos obstáculos en el camino, pero éstos fueron eliminados por intervención directa del emperador. El estreno tuvo lugar el 1 de mayo de 1786, también en el Burgtheather, y la obra tuvo tal éxito que casi todas sus arias hubieron de ser interpretadas por segunda vez. Don Giovanni (KV 527): con su Figaro, Mozart no sólo había sido capaz de conquistar Viena; también disfrutó en Praga de un auténtico triunfo, lo cual culminó en un nuevo encargo para escribir otra ópera. Fue así como escribió para el teatro de ésa ciudad su demoníaca Don Giovanni, obra que puede calificarse sin ninguna duda como el punto culminante de su creación escénica. El estreno, que se produjo el 29 de octubre de 1787, fue extraordinariamente bien, pero el público vienés, por su parte, que vio la obra por primera vez en una versión distinta el 8 de mayo de 1788, la recibió con reservas. Così fan tutte (Así hacen todos; KV 588): hacia finales del año 1789, y con celeridad febril, escribió Mozart su tercera ópera a partir de un libreto de Lorenzo de Ponte. Éste encargo del emperador le aseguraba doscientos ducados, y con ello un momento de respiro en su situación de crónica falta de dinero. El estreno tuvo lugar el 26 de enero de 1790, también en el Burgtheather. La Clemenza di Tito (La clemencia de Tito; KV 621): a mediados de julio de 1791, Mozart recibió de la aristocracia de Bohemia el encargo de escribir una ópera solemne que debería ser presentada con motivo de la coronación de Leopoldo II como rey de Bohemia. Compaginando éste trabajo con la composición de Die Zauberflöte (La flauta mágica), Mozart consiguió terminar La clemencia de Tito en un lapso de cincuenta días. A mediados de agosto viajó a Praga, donde terminó la partitura y ensayó la obra. Durante el estreno, que tuvo lugar el 6 de septiembre de 1791, se produjo un hecho decepcionante: la acogida fue, en comparación con los éxitos de las óperas anteriores Figaro y Don Giovanni, en extremo reticente. Die Zauberflöte (La flauta mágica; KV 620): alrededor de medio año antes de su muerte, Mozart comenzó a poner música a un libreto escrito por el polifacético y talentoso libretista vienés Emanuel Schikaneder. Después de una interrupción obligada por la composición y los ensayos de su ópera La clemencia de Tito, la partitura quedó terminada a mediados de septiembre. El 30 de septiembre fue presentada la obra en el teatro Auf der Wieden, con dirección del propio compositor. En el estreno los aplausos fueron tímidos, pero en la segunda representación obtuvo un gran éxito: "Respecto a su actividad masónica, a los 28 años de edad, concretamente el 14 de diciembre de 1784, Mozart fue iniciado en la logia vienesa Zur Wohltätigkeit (La Benevolencia), y poco después lo fueron su padre Leopold Mozart (en abril de 1785) y su amigo y músico Joseph Haydn. Dicha logia trabajaba bajo los auspicios de La Gran Logia Nacional fundada por Zinnendorf. Precisamente el libreto de La flauta mágica (1791) estaba inspirado en los rituales de Zinnendorf. Por ésas fechas la masonería prosperaba bajo el emperador José II al aglutinar a numerosos miembros del gobierno y de la nobleza, entre ellos el príncipe Nikolaus Esterházy, protector de Haydn y venerable maestro de la logia La Esperanza Coronada. En adelante, la masonería desempeñaría un importante papel en la vida del conde palatino Mozart, inspirando, como veremos, muchas de sus composiciones. En diciembre de 1787, el emperador José II lo designó su compositor de cámara (Kammermusicus), puesto que había quedado vacante el mes anterior tras la muerte de Christoph Willibald Gluck. Éste nombramiento no le impidió componer otras piezas musicales, como su famosa La flauta mágica inspirada en los rituales masónicos. Aunque Mozart compuso numerosas piezas para ser interpretadas durante la liturgia masónica, bien es verdad que, antes de ser iniciado en la logia, Mozart tuvo el encargo de poner música a varios textos masónicos; por ejemplo, los poemas An die Freude y O heiliges Band y, sobre todo, el drama masónico Thamos Köning in Aegypten, de T. Ph. Gebler (1773). Las obras de Mozart relacionadas con la masonería pueden ser agrupadas en tres categorías. Primeramente, las que han sido tradicionalmente utilizadas en la liturgia masónica, aunque no tuvieran originariamente ésa finalidad: Salmo 129 De profundis clamavi K. 93 (1771). Sancta Maria Mater Dei K. 273 (1777). Adagio para cuarteto de cuerda K. 546 (1788). Adagio y Rondó para flauta, oboe, viola… K. 617 (1791). Motete Ave verum corpus K. 618 (1791). Un segundo grupo lo constituyen las obras en las que Mozart se inspiró o reflejó el imaginario masónico: Thamos rey de Egipto (Thamos Köning in Aegypten, K. 345, 1773-1779). Sinfonía en Mi b K. 543 (1787). La Flauta mágica, K. 620 (1791), cuya letra fue redactada por el masón Emanuel Schikaneder, autor de numerosas letras de las partituras musicales de Mozart" (Alvarado Planas, pp. 364, 365). Finalmente, un tercer grupo de obras fueron especialmente compuestas para ser interpretadas durante momentos concretos del ceremonial masónico. Entre ellas señalamos las siguientes: Canción A la alegría An die Freude K. 53 (1768). Canción Oh santo vínculo de la amistad O heiliges Band der Freundschaft K. 148 (1772). Los Seis Cuartetos de Cuerda K. 168 – K. 173 (1777). El Adagio para instrumentos de viento K. 411 (1784). Cantata A ti, alma del universo, oh Sol (Dir, Seele, des Weltalls) K 429, (1783-1785). Las disonancias K. 465 (1785). Canción para el viaje del compañero; a ti que accedes al nuevo Grado (Lied zur Gesellenreise: Die ihr einem neuen Grade). K. 468, (1785). Cantata La alegría masónica (Die Maurerfreude Brüder) K. 471 (1785). Música masónica fúnebre (Maurerische Trauermusik) K. 477 (1785). Canción Elevad vuestras voces, amados hermanos (Zerfliesset heut geliebte Brüder) K. 483 (1786). Canción A Vos, nuestro nuevo venerable (Ihr unsre neuen Leiter) K. 484 (1786). Cantata Vosotros los que honráis al Creador del Universo (Die ihr des unermesslichen Weltalls) K. 619 (1791). Cantata Elogio a nuestra Alegría (Laut verkündet unsre Freud) K. 623 (1791). Cantata Entrelacemos nuestras manos (Lasst uns mit geschlungnen Händen) K. 623ª (1791). A continuación vamos a explicar la finalidad para las que fueron compuestas siguiendo el orden del ritual masónico. Para acompañar la solemne entrada procesional de los masones en el taller, Mozart compuso el Adagio para instrumentos de viento (K.411), pieza basada en el tema masónico de los tres aldabonazos. Por las fechas en que fue acabada ésta obra, es probable que Mozart la compusiera por encargo un año antes de ingresar en la masonería. Por otra parte, en 1785, el emperador José II ordenó que las ocho logias de Viena se agruparan en tres de mayores proporciones, de modo que la logia de Mozart se unió a La Esperanza Coronada formando La Nueva Esperanza Coronada. Pues bien, para celebrar la primera tenida de la nueva logia, Mozart compuso Elevad vuestras voces, amados hermanos (Zerfliesset heut, geliebte Brüder, K. 483) que estaba destinada a ser interpretada en el solemne momento de la entrada de la comitiva en el Templo. Igualmente, la cantada titulada La Alegría Masónica (Die Maurerfreude Brüder, K. 471) fue compuesta por Mozart en abril de 1785 en honor de Ignaz von Born, venerable maestro de la logia La Verdadera Concordia para acompañar su entrada y la de los oficiales en la logia. Uno de los rituales masónicos más importantes era el de la recepción o iniciación al grado de aprendiz. Se ha supuesto que la cantata A ti, alma del universo, oh Sol (Dir, Seele des Weltalls, K. 429) fue ejecutada primeramente con motivo de la iniciación masónica de Mozart. Concretamente, los primeros acordes del aria del tenor que invoca al sol y a la luz deberían sonar en el momento culminante cuando al recipiendario le es levantada la venda y recibe la luz simbólica. Pero como la partitura está datada meses antes de su iniciación, también se ha supuesto que ésta pieza fue encargada a Mozart para ser interpretada en tenida blanca (es decir, en una reunión de masones abierta también a personas ajenas a la Orden), concretamente, en la celebración de la gran fiesta solsticial de san Juan de verano, día en que finaliza el año masónico. Ambas hipótesis son compatibles si pensamos que inicialmente fue una obra encargada por la logia con el fin de acompañar algún momento del rito de iniciación y que, finalmente, fue interpretada en su propia ceremonia de iniciación masónica. Éso explicaría que luego Mozart añadiera una segunda parte titulada Agradecimiento a los hermanos en la que expresaba sus mejores sentimientos hacia la logia que la había admitido en su seno. La letra de la cantata inicial dice así: Coro: A ti, alma del universo, ¡oh, Sol Dedicamos el primero de los cantos festivos. ¡Oh, Poderoso, Poderoso! sin ti no vivimos. De ti viene la fertilidad, el calor y la luz. Tenor: Te agradecemos la alegría de poder volver a la Tierra en primavera… Al parecer, la profunda impresión que dejó en Mozart su ceremonia de iniciación, le inspiró el primer movimiento de su cuarteto (K. 465) llamado Las disonancias, que simboliza los desvaríos del profano en busca de la luz, mientras que el franco allegro en do mayor que le sigue, representan la seguridad de la revelación. Dos meses antes de ser exaltado al grado de maestro masón, Mozart asistió, en febrero de 1785, a la iniciación de su amigo Franz Joseph Haydn que ingresaba en la logia vienesa La Verdadera Concordia. En recuerdo de ésa circunstancia tan singular, Mozart dedicó a Haydn Los Seis Cuartetos de Cuerda (K. 168 – K. 173). Aunque compuso ésta obra antes de su ingreso en la masonería, posteriormente Mozart aprovechó ésta y otra de sus piezas musicales para darles un sentido masónico, bien dotándolas de una letra adecuada, o destinándolas a acompañar algún momento del servicio masónico. Mozart también compuso una bella pieza para ser ejecutada durante la ceremonia de pase al grado de compañero (con letra del hermano Joseph Franz von Ratschky). La oportunidad no podía ser más inspiradora dado que se trataba de amenizar el pase de su padre Leopold, que había sido previamente iniciado en la misma logia en abril de 1785. Y en efecto, el 26 de marzo de 1785, con motivo de la ceremonia del paso de Leopoldo al grado de compañero, Amadeus estrenó la Canción para el viaje del compañero; A ti que accedes al nuevo Grado, (Lied Zur Gesellenreise: Die ihr einem neuen Grade, K. 468). Siguiendo la intención original de Mozart, desde entonces, ésta pieza suele ser ejecutada en las tenidas masónicas para dar la bienvenida al masón que pasa al grado de compañero. El tono dulce y nostálgico de la música, basado en el tema del Grand Tour formativo del masón a lo largo de sus viajes o etapas de la vida, evoca la melancolía del peregrino que ansía llegar a su añorado hogar. Durante el verano de 1791, el último de su vida, Mozart trabaja afanosamente en La flauta mágica, La clemenza di Tito, y la Misa Requiem. A pesar de éso, interrumpió su trabajo para escribir una delicada pero vibrante cantata inspirada en los ideales de libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución francesa. Así, compuso la pieza; Vosotros los que honráis al Creador del universo (Die ihr des unermesslichen Weltalls, K. 619) dedicada a la juventud alemana. Igualmente, una de sus últimas obras, concluida el 18 del mismo mes, fue la cantata titulada Elogio a nuestra alegría (Laut verkündet unsre Freud, K. 623), en la que reafirmaba su fe en el programa fraternal y universal de la masonería. Significativamente, éste texto fue asumido en 1946 para acompañar el himno oficial de la República de Austria. En algunas logias, todavía éstas piezas suelen ejecutarse en diversos momentos del ritual masónico, tales como la circulación del saco de proposiciones o del tronco de beneficencia. El hermano Mozart compuso también una pieza de Música masónica fúnebre (Maurerische Trauermusik, K. 477) que fue interpretada por vez primera en tenida fúnebre en noviembre de 1785 en recuerdo de la muerte de dos masones; el duque Georg August de Mecklenburg-Strelitz y el conde Franz Esterházy von Galantha. Por éso mismo, no sólo se ha utilizado en las tenidas fúnebres, sino también en la ceremonia de elevación al tercer grado de maestro masón, cuyo tema se basa en la leyenda de la muerte del arquitecto del Templo de Salomón, Hiram Abí, asesinado por los tres malos compañeros, y posterior apoteosis al ser hallado su cuerpo al pie de una acacia. Una de las más bellas cantatas de Mozart es, sin duda, la que compuso para acompañar la cadena de unión que, entrelazando las manos, forman los masones antes de concluir la tenida. La pieza fue terminada pocos días antes de morir y fue titulada Entrelacemos nuestras manos (Lasst uns mit geschlungnen Händen, K. 623ª). La letra dice así: Entrelacemos nuestras manos, terminemos, hermanos, el trabajo con las manos entrelazadas de júbilo, y que ésta cadena rodee no sólo éste santo lugar, sino la Tierra entera. Dejadnos cantar alegremente dando las gracias al Creador cuyo poder absoluto nos deleita. Ved que los trabajos hayan concluido. Y ojalá que hubiera concluido también la labor que ordena nuestro corazón. Con motivo de la creación de la logia La Nueva Esperanza Coronada, Mozart compuso una pieza específica. En la primera tenida se formalizó la designación del nuevo venerable al que Mozart quiso agasajar con una partitura titulada A Vos, nuestro nuevo venerable (Ihr unsre neuen Leiter, K. 484) escrita por Augustin Veith Edler von Schittlersberg. Probablemente fue interpretada tras la clausura de los trabajos masónicos de aquella tenida, concretamente, para acompañar la salida del venerable maestro y de su comitiva. Finalmente, cabe mencionar que, conforme a los archivos de la logia de Mozart, el genial músico compuso en 1785 dos cantatas masónicas que llevaban por título El trabajo de la muerte y El trabajo de los maestros ha concluido que, desgraciadamente, se han perdido. Posiblemente se tratara de piezas inspiradas en el tercer grado de maestro masón, uno de cuyos símbolos más representativos era el féretro y la calavera. Su salud llevaba tiempo resintiéndose cuando un misterioso hombre vestido de gris se aparece en su casa y le pide que componga un Réquiem (en realidad se trata de un sirviente de un tal conde Walsegg, quien no era la primera vez que solicitaba composiciones para luego presentarlas como propias). Mozart no podrá concluir la obra. Muere cuando todavía no contaba treinta y seis años en medio de una absoluta pobreza, y es sepultado en una tumba colectiva de Viena. Fue amortajado según el ritual masónico (manto negro con capucha).

Yuki Takano ©

Wilhelm Richard Wagner.

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Richard Wagner (1813-1883) se hallaba plenamente enfrascado en ejercer una compleja red de presiones destinadas a crear un espacio permanente en el que poder representar sus óperas cuando, de pronto, aunque tardíamente, Alemania se convertía en estado-nación. A lo largo de la década de 1860 y en los primeros años de la de 1870, la concatenada sucesión de tres guerras –una contra Dinamarca, otra contra Austria y una tercera contra Francia- había contribuido a forjar un fuerte sentido de unidad en las coaliciones capitaneadas por Prusia. El 18 de enero de 1871, se proclamaba así, en el palacio de Versalles, la instauración del imperio alemán, vitoreándose al rey prusiano, Guillermo I, como primer emperador alemán. Un estremecimiento de entusiasmo recorrería así a los unificados territorios de la antigua Confederación Alemana del Norte y los meridionales estados alemanes de Baviera y Baden, junto con el reino de Württemberg y el Gran Ducado de Hesse. Constanza Nieto Yusta en "La modernidad prometeica: de la obra de arte total a los totalitarismos" (UNED, 2016) expone las bases de Wagner: Beethoven y Goethe. Guiado por la luz de la poesía, fue Richard Wagner quien puso en marcha sus pulsiones prometeicas autoproclamándose el único creador de su raza, de su tierra y de su destino. Gran admirador de Goethe –no en vano dedicó uno de sus conciertos, aunque finalmente quedó inconcluso, al Fausto-, Wagner parecía materializar el potencial redentor que el poeta alemán había señalado tanto en la poesía como en la música. Aunque Goethe intuía que el mundo moderno se encontraba en una situación de desencantamiento casi irreversible –"Es el mundo una campana cascada; hace ruido, pero no suena", dejó sentenciado en una de sus máximas-, la música, considerada la arte más digna de todas por ser pura forma y sustancia, poseía la capacidad de volver a ennoblecer la vida de forma mucho más efectiva que cualquier otra manifestación artística. Hijo de un policía y de una panadera, Wagner formó parte activa en las revoluciones de 1848 y 1849. Amigo de Bakunin, el compositor se involucró de lleno en los acontecimientos escribiendo panfletos revolucionarios, animando con sus discursos a las masas e, incluso, participando directamente en la organización de una de las rebeliones aportando granadas… La política aparecía, por entonces, a Wagner, al igual que apareció a sus contemporáneos románticos, como el modo exclusivo con el que transformar el horizonte alemán. Pero pronto, con el fracaso de la revolución, Wagner comprendió lo que Schiller y Novalis ya habían detectado tiempo antes: el arte debía encargarse de realizar lo que no había podido cumplir la política revolucionaria. La redención sería artística o no sería. Y fue justo en ése contexto, en 1849, cuando Richard Wagner se decide a escribir una serie de textos en los que quedó formulado el concepto de Gesamtkunstwerk: La obra de arte del futuro y El arte del futuro. Sobre el principio del comunismo. En ellos es donde el compositor formuló sus teorías acerca del poder prometeico de la música, poder que él mismo se iba a encargar de arrebatar a los dioses para traerlo de vuelta a los hombres, considerados ahora bajo su condición de pueblo. Para Wagner, el Estado y el arte modernos eran el resultado de dos dominios: el dominio de la ciencia y el dominio de la moda. Sometidos a sus imperativos, política y creación habían discurrido por los caminos del racionalismo y de la arbitrariedad, empantanando y limitando la comprensión y la comunión del hombre con la naturaleza y, en consecuencia, con la vida. Con los ojos puestos en el modelo ateniense, donde Religión, Arte y Estado sonaban al unísono, Wagner buscó recuperar la salud del pueblo, su potencial creador y universal, mediante la reinstauración del sentido comunitario. Según Wagner, el pueblo era la comunidad movida por una urgencia común: la pulsión por realizar su condición mítica de colectividad indisociable. Con el imperio de la razón, señala Wagner, el pueblo se ha visto despojado de sus fuerzas vitales necesarias, más aún: de la mano de los hombres racionales, de los "inteligentes", se ha dicho actuar en nombre del pueblo y para el pueblo cuando, en realidad, todas éstas acciones han usurpado su verdadero papel protagonista en el nacimiento, desarrollo y construcción de todas las instituciones gloriosas de la humanidad, el lenguaje, la religión, el Estado. De modo que, para Wagner, el pueblo se había visto despojado de todos los poderes que le correspondían: la religión, el Estado, incluso el lenguaje, habían pasado a descansar en las manos de unos pocos hombres privilegiados que, como nuevos dioses, se atribuían de forma exclusiva todas las invenciones y logros de la humanidad. El pueblo, por tanto, debía reclamar lo que era suyo por derecho y sería gracias a la urgencia comunitaria, una especie de impulso prometeico colectivo, como los hombres recuperarían las armas con las que transformar el mundo para retornarlo, en el futuro: al estado originario donde la naturaleza y artificio, acción y contemplación, razón e instinto descansaban en una vida sin fisuras, en la Vida entendida con mayúsculas. Y el modo de poner en marcha éste proceso, ya lo intuimos, se encontraba en lo que Wagner denominó Gesamtkunstwerk, la obra de arte total. Remitiéndose a la autoridad eterna del mundo clásico, el concepto de obra de arte total se proyectaba hacia adelante en el tiempo, siendo el producto de la religión del futuro creada por el movimiento del pueblo hacia su urgencia comunitaria, a saber, lo que Wagner denomina la obra de arte del futuro: la obra representante de la mitología colectiva, de la totalidad del pueblo y de la universalidad de la naturaleza humana; la obra en la que no palpitarían las pulsiones de un único y titánico creador, legislador y trabajador, el pueblo. La obra de arte del futuro era, pues, al igual que el pueblo, condición y destino de la realización humana, el lazo sagrado con el que orquestar la gran sinfonía del mundo y donde todos los rasgos de individualidad quedarían subyugados bajo el imperativo del todo. Así lo dejó claro Wagner: "La gran obra de arte total, la que deberá abarcar todos los géneros del arte, a los que en cierta medida, en tanto medios, utilizará, aniquilará, en favor de alcanzar la meta común a todos ellos, ésto es la representación incondicionada e inmediata de la completa naturaleza humana, ésta obra de arte total no la reconoce como la posible acción de un individuo, sino pensable necesariamente como la obra conjunta de los hombres del futuro". La obra de arte total, entendida como la máxima expresión de la colectividad convertida en sentir religioso, difuminaba los límites entre naturaleza y creación. He aquí lo que Wagner entendía por comunismo: el pueblo era la única obra de arte verdadera y, a la vez, su propio modelador y demiurgo. Y puesto que el pueblo se encontraba esperando a ser modelado para alcanzar su estatus de comunidad sagrada y poder, así, esculpir su futuro, alguien debía ponerse manos a la obra. Para elaborar la obra de arte total, todas las artes debían reunirse y cantar al unísono en un sólo cuerpo palpitante. Las tres artes originarias, el arte de la danza, el arte del sonido y el arte de la poesía, debían hermanarse tal y como se hermanaba el género humano. Y si bien el panorama creador de su siglo era, a sus ojos, desalentador, Wagner contaba con un gran precedente de la tarea prometeica que se había propuesto continuar y llevar a su máxima realización: Beethoven. Beethoven, que en 1801 había creado precisamente una obra titulada Las criaturas de Prometeo, había comprendido la inmensa capacidad de la música instrumental para expresar los poderosos impulsos y exigencias primordiales, otorgando a los sonidos de sus sinfonías el poder de la danza y la poesía, logrando así generar un lenguaje universal con el que dar nueva forma a sus oyentes, los hombres del futuro. Beethoven, por tanto, no quiso esperar la llegada de un Prometeo que modelase a los hombres adecuados para recibir su nuevo evangelio redentor del arte del futuro: él mismo decidió asumir la tarea anteriormente reservada al Titán haciendo de su música las herramientas con las que devastar y pulir la materia artística latente, pero aún no aprovechada, de sus oyentes, el público, los hombres modernos. El arrojo y valor del individuo creador –el genio romántico que decide acometer su misión heroica pese a los inconvenientes sociales, culturales y artísticos de su tiempo-, había sido prefigurado por Beethoven y grande era por ello a los ojos de Wagner. Wagner tomó, por tanto el relevo: su obra de arte total labraría no sólo el oído de los hombres del futuro sino que, también, esculpiría ante sus ojos las imágenes de los nuevos mitos, su poesía, su lenguaje, su armonía total. Así lo expuso Wagner en El arte del futuro, donde una de las ideas fundamentales era la comprensión del hombre como escultor de sí mismo, es decir como un ser que se consideraba su propio objeto y materia artística: "sólo ése ser humano que ya desde sí y para sí ha creado la obra de arte inmediatamente humana (…) está por ende en condiciones de comprenderse y transmitirse a sí mismo artísticamente" siendo "también (…) capaz por lo tanto de representarse a la naturaleza de modo artístico". Un hombre que, por tanto, podemos tildar de prometeico pues al comprenderse como materia artística concibe la naturaleza, en todas sus vertientes, como una realidad susceptible de devenir una obra de arte, la más grande de todas. Ésa era la gran tarea de la poiesis moderna para Wagner: el hombre escultor de sí mismo debía insuflar de vida a las artes y convertirlas en el gran drama, en la gran ópera con la que volver a sonar al mundo, devenido, así, una obra de arte viva, lo que Wagner designaba como la verdadera plástica. Cuando se escucha el preludio de Tristan und Isolde (Tristán e Isolda) o el final de su último drama escénico, Parsifal; cuando suena el paso de las valquirias en Die Walküre (La valquiria) o el preludio de Die Meistersinger von Nürnberg (Los maestros cantores de Nuremberg), casi se olvida el insuperable abismo que existe entre la persona y su obra musical. Si nos limitamos a considerar su creación artística, la importancia de Wagner resulta indiscutible. En él se desatan las pasiones con una impetuosidad que no tenía precedentes, al menos en el siglo XIX. La abierta admiración por sus representaciones dramáticas (que buscaban la obra de arte total, la unificación de todas las artes), por su melodía infinita y sus audacias armónicas, convirtieron durante años la existencia, por ejemplo, de Anton Bruckner en un infierno en la conservadora Viena: "Claude Debussy, tras el entusiasmo inicial, dio un giro tan brusco que concibió su ópera Pelléas et Mélisande como una obra antiwagneriana. Franz Strauss, el padre de Richard Strauss, le devolvió la moneda al odiado compositor de un modo bastante desagradable: a pesar de su animadversión manifiesta, interpretó en la ópera de Múnich las partes de trompa de un modo tan bello que Wagner se encontró en un verdadero dilema: encontraba a Strauss insoportable, pero no le podía odiar. Pero las disputas y los puntos de vista contradictorios quedaron superados hace tiempo. El teatro de festivales de Bayreuth, que coronó el sueño artístico de Wagner, se mantiene. Todos los años miles de seguidores acuden a éste particular templo de las musas para escuchar las obras de varias horas de duración. Y casi todas las obras escénicas del revolucionario músico se han convertido en piezas de repertorio internacionales. En éste caso no hablamos de óperas, pues a lo largo de su evolución artística Wagner pasó a definir sus grandiosas composiciones como festivales escénicos, o incluso –en el caso de Parsifal-como festivales escénicos sagrados. La trayectoria es evidente. Al principio, el cuento Die Feen (Las Hadas) y Das Liebesverbot (La prohibición de amar), Rienzi –el primer gran éxito (Dresde, 1842)- y Der fliegende Holländer (El holandés errante) siguen la tradición de las óperas divididas en recitarios, arias y ensembles. Pero se va imponiendo el principio del leitmotiv, ésas muletillas melódicas con las que Wagner simboliza personas, ideas y asuntos. Tanhäuser, obra en la que Wagner pone en escena al trovador medieval del mismo nombre, se presentó en 1845 en Dresde. Luego el compositor tuvo que huir, pues había participado en el levantamiento de marzo de 1848, y se instaló en el extranjero. Lohengrin fue puesta en escena por Franz Liszt en Weimar, y entretanto Wagner escribió Tristán e Isolda, la más alegre Los maestros cantores de Nuremberg, y la tetralogía Der Ring des Nibelungen (El anillo del Nibelungo), compuesta por Rheingold (El oro del Rin), Die Walküre (La valquiria), Siegfried (Sigfrido) y Götterdämmerung (El ocaso de los dioses): un monumento cuyas dimensiones no tienen precedentes y que supera a todas las obras dramáticas de la generación anterior. Wagner concluyó su creación con Parsifal: aquí retoma el más antiguo Lohengrin, pues el tema del Santo Grial aparece también en un primer plano espiritual" (Van den Hoogen, pp. 306, 307, 308). Una vez rescatado el estado, opinaba Wagner en una carta, el alma germana precisaba ahora de un estímulo. Wagner, que había sido un activismo político de tendencias nacionalistas en su juventud, seguiría dando muestras de politización tanto en su obra musical como en sus ensayos y sus otros escritos. Como ya venía ocurriendo con muchos de sus compatriotas desde el siglo XVIII, a sus ojos el arte emanaba del pueblo y debía regresar a él y redundar en su beneficio. El verdadero artista no era más que un simple medio de expresión del espíritu –ésto es, del Volksgeist que Herder había perfilado con la ayuda del texto de Tácito-. Bayreuth tenía por aquel entonces las hechuras de una pequeña población situada a unos ochenta kilómetros al noroeste de Núremberg, en el reino de Baviera. Ubicada en el centro del nuevo imperio, la ciudad resultaba atractiva para nuestro músico, dado que deseaba llegar a todos los rincones de Alemania. La eligió por tanto como sede de su festival operístico (cuya primera edición habría de celebrarse en el año 1876). De éste modo, Wagner y su segunda esposa, Cósima, comenzaron a recibir a una larga serie de amigos y prosélitos en la señorial villa Wahnfried, contigua al eje ornamental de la ciudad: el jardín de la corte. Constituyeron así el llamado Círculo de Bayreuth, una hermandad semirreligiosa en la que se debatían, interpretaban y desarrollaban tanto las obras musicales como las ideas culturales del maestro –especialmente tras el fallecimiento de Wagner, ocurrido en el año 1883-. Para facilitar el debate entre los integrantes del círculo y comunicar asimismo la doctrina a los miembros de las numerosas sociedades wagnerianas repartidas por Europa, comenzaría a publicarse todos los meses –desde 1879 hasta 1937- un boletín titulado Bayreuther Blätter (Páginas de Bayreuth). Los temas recurrentes giraban en torno al Volk, la condición germana (Deutschtum), las contribuciones artísticas a la política y a la sociedad, y la necesidad de regeneración, concretándose todo ello en el renacimiento del pueblo alemán, primero a través del arte wagneriano, y más tarde –al acentuarse todavía más los tintes raciales del discurso- por medio de la eugenesia. Fabrice D´Almeida en "El pecado de los dioses. La alta sociedad y el nazismo" (TAURUS, 2008) ubica que Hitler, un oscuro hijo de funcionario que no ha alcanzado un rango elevado en el ejército, no disponía de muchas bazas para acceder a la alta sociedad. En la Alemania de principios de siglo en efecto, reina una cierta forma de compartimientos estancos según el nacimiento y la fortuna. Los círculos elegantes solo están abiertos a las familias nobles y adineradas. Ocasionalmente, el autor de alguna hazaña, principalmente militar o artística, es admitido en el gran mundo, como el compositor Richard Wagner. Además de talento, el advenedizo debe poseer una educación exquisita y encontrar amigos y relaciones que acepten actuar de intermediarios. Sólo si se cumplen éstos requisitos puede considerarse que un individuo es un salonfähig, es decir, digno de ser recibido en los salones. El salón, en efecto, representa todavía en 1919 la forma de sociabilidad principal de las élites. A menudo dirigidos por una mujer que es la que da el tono, ésos elegantes círculos privados reúnen, con una periodicidad cotidiana o semanal, a una serie más o menos amplia de conocidos, que van desde una decena para las reuniones íntimas a varios centenares de comensales cuando se celebran las grandes fiestas de la temporada. Ésa artesanía política con miras a la tesorería no debe hacernos pensar que la única actividad de Hitler consista en buscar dinero frecuentando a los poderosos. Siente una verdadera atracción por el lujo y el esplendor, cuyo fundamento es en parte estético. Le gusta, por ejemplo, su amiga Helene Bechstein por ser una verdadera wagneriana. De hecho, es ella la que hace de intermediaria el 30 de septiembre de 1923 para que Hitler pueda visitar la villa Wahnfried, construida por Richard Wagner. Ésa noche, en el hotel Anker, uno de los grandes hoteles de Bayreuth, Helene Bechstein recibía a sus amistades. Entre los invitados están Winifred Wagner. Se la presentan a Hitler. Se inicia entonces una larga relación con la pareja heredera de la obra del compositor. Siegfried Wagner, el hijo de Richard, lo recibe en su villa monumental: "Para comprender bien la atracción que ejerce sobre Hitler y los dirigentes nazis, hay que hablar de la enorme revolución que representó Richard Wagner. El festival de Bayreuth es sin duda una de las primeras expresiones de lo que luego fue la temporada artística internacional. El evento atrae a aficionados de Francia, Inglaterra e Italia. Pero se ha convertido sobre todo en la meca de la aristocracia nacional conservadora. Wagner ha podido construir su teatro a partir de 1872 gracias al apoyo del rey de Baviera. El compositor deseaba ofrecer en verano a la gente de buen gusto un momento de esparcimiento lejos de las grandes ciudades. La pequeña localidad de Bayreuth se prestaba a ello. Acorde con la época, desde que se estrenan los Festspiele, en agosto de 1876, un único palco principal acoge a los príncipes, mientras que todos los demás espectadores están sentados en bancos instalados en forma de gradería: es el símbolo de la Volksgemeinschaft, la comunidad del pueblo gracias a la melomanía. Solamente el escenario está iluminado, ya que el compositor sabía demasiado bien que si iluminaba la sala convertiría la música en el segundo acontecimiento mundano, estimulando que las bellas mujeres rivalizasen en elegancia: el aspecto social se habría impuesto al arte. Pero Wagner quiere difundir el ideal de un pueblo germánico unido y conquistador. La mitología de sus óperas irriga la cultura nacionalsocialista, pues los militantes y los ideólogos creen hallar en ésas obras la prueba de la existencia de una raza de señores, de esencia heroica y divina. Los nazis admiran también su antisemitismo, que confirma sus prejuicios; a sus ojos, el compositor no es únicamente un genio musical, sino un maestro de vida y un filósofo político. Hitler está convencido de ello. Su pasión wagneriana lo lleva a escuchar las obras del maestro en un estado de trance… Su wagnerismo habría de servirle de escuela estética y de aprendizaje de los usos y costumbres, completando así la educación secundaria adquirida en la Realschule de Linz. Impone Bayreuth como centro cultural durante el Tercer Reich y permite una difusión sin precedentes de la obra del compositor, cuya música se interpreta en las grandes concentraciones del NSDAP, enmarcando las modestas marchas de Ernst Hanfstaengl. Toda la liturgia política del nazismo se resiente de los ecos de ésa musicalidad grandiosa. Ir a la ópera ya no es una simple actividad cultural, sino un acto de fe en la capacidad del Führer, que divulga sus gustos y anima a los alemanes a imitarlos: Tristan und Isolde es una absoluta obra maestra, el Ring des Niebelungen (el anillo del Nibelungo), una magistral lección de ideal, y en el Götterdämmerung se expresa la fuerza del destino" (D´Almeida, pp. 41, 42).

Yuki Takano ©

Dead Can Dance.

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Simón Luis Gutiérrez en "Referentes de la mitología clásica en Dead Can Dance" (UNIVERSIDAD COMPLUTENSE, 2013) detecta que una de las principales fuentes de inspiración del movimiento gótico está constituido por el mundo mitológico de las antiguas Grecia y Roma. El grupo musical Dead Can Dance es uno de los mejores ejemplos de ésto. Dentro del amplio movimiento gótico es posible identificar, a grandes rasgos, dos corrientes de influencia e inspiración. Podría decirse que el aspecto más llamativo y conocido es la temática tenebrosa, es decir, centrada en los aspectos más escabrosos de la vida y la religión (cristiana casi siempre): el infierno y el castigo, los muertos y los aparecidos, la idea de pecado, etc.; otro aspecto no menos importante consiste en la recuperación de determinados elementos e ideales estéticos de la Antigüedad clásica, si bien es cierta que ésta recuperación es usualmente una reinterpretación de dichos ideales desde una perspectiva contemporánea. Una de las formaciones musicales donde mejor se puede apreciar éste último aspecto es la australiana Dead Can Dance, proyecto cuya amplitud y complejidad musical hace que no se pueda clasificar dentro de casi ninguna corriente o estilo musical, trascendiendo géneros y etiquetas simplistas. Un proyecto compuesto por Lisa Gerrard (vocalista y compositora) y Brendan Perry (vocalista y compositor), formado en 1981 en Melbourne, Australia. Aun así, es posible identificar al menos tres grandes líneas de pensamiento que animan su obra lírica, a saber: la música y el imaginario de los grupos aborígenes australianos y africanos, la época de la Edad Media europea, y finalmente, la Antigüedad clásica (culturas griega y romana), como principales horizontes de referencia. Éstos tres grandes temas los encontramos repartidos a lo largo de toda su obra, pero hay determinados álbumes en los que se aprecia más el predominio de uno sobre los otros. Así, la influencia, tanto musical como temática, de la cultura aborigen australiana y de otras sociedades tribales, se deja sentir ya desde la portada de su primer LP (Dead Can Dance, 1984), en donde se muestra una máscara ritual africana junto al nombre del grupo en letras del alfabeto griego; de éste modo, ya desde el principio se anuncian las ideas que irá desarrollando la banda a lo largo de los años. Ésta influencia tribalista se irá incrementando progresivamente con el paso del tiempo, hasta llegar al álbum Spiritchaser (1996), completamente sumergido en la música y la cultura de diversas sociedades indígenas. De igual modo, la temática medieval aparece con frecuencia en varios lugares de su obra musical, por ejemplo, en temas tales como Cantara (Within the Realm of a Dying Sun, 1987), Chant of the Paladin (The Serpent´s Egg, 1988), Saltarello (Aion, 1990), o Tristan (Toward the Within, 1994). El uso que hace ésta banda de referentes medievales y clásicos reinterpretándolos de tal forma que se les dota de otro sentido, más allá del histórico y real, les acerca a los modos de dos movimientos muy cercanos entre sí surgidos a fines del siglo XIX, el Prerrafaelismo y el Simbolismo. En efecto, éstas dos corrientes culturales (pictórica la primera y eminentemente poética la segunda) buscaron su inspiración y razón de ser en una Antigüedad idealizada como forma de protesta y huida de la encorsetada sociedad de su tiempo. El segundo disco de la banda (Spleen and Ideal, 1985) será el más influenciado por éstas ideas, estando sus composiciones basadas en la obra del poeta Charles Baudelaire y del escritor Thomas De Quincey. Paralelamente, en la obra lírica de Dead Can Dance se aprecia el uso de códigos y temas propios del mundo clásico a los que se proporciona un sentido más amplio y en ocasiones distinto del original, como medio de expresión de un universo particular de pensamiento, como símbolos de otra cosa; esencialmente la lucha espiritual interna de cada ser humano. Las referencias a la mitología clásica se centran en su mayoría en dos grandes temas que permean toda la obra de DCD, desde su primer disco hasta el álbum Anastasis (2012). Éstos temas son la idea de la circularidad del tiempo y el viaje espiritual interno que ha de realizar el ser humano. El tema de la circularidad del tiempo aparece claramente en el título del álbum The Serpent´s Egg (1988), el cual remite a diversos mitos griegos acerca del origen del Universo. En efecto, según algunas antiguas cosmogonías, en el origen de los tiempos, una serpiente primordial de nombre Ophion habría incubado un huevo a partir del cual surgirá todo el Universo. Éste solía representarse como una serpiente enrollada en torno a un enorme huevo, lo que vino a motivar su temprana confusión con otra figura mitológica distinta, la serpiente Ouroboros. La primera atestación del Ouroboros la encontramos en el antiguo Egipto en contextos generalmente funerarios, donde se representan como una serpiente mordiéndose la cola, como símbolo de los ciclos de los elementos de la Naturaleza, tales como el Sol y la Luna, y también la circularidad del Tiempo y del Cosmos, su principio y su final, que son iguales puesto que surge de la Nada y volverá a la Nada, al Caos primordial. Ya Platón dice que ésta serpiente cósmica fue el primer ser del cual surgirá el universo, dando lugar a una confusión mencionada y que se incrementaría con el paso del tiempo. Ésta creencia fue adoptada por diversas corrientes místicas, principalmente el gnosticismo y el orfismo. Particularmente, el orfismo acogió éstas ideas puesto que ejemplificaban bien sus postulados acerca de la reencarnación de las almas; para ellos pasó a ser un símbolo del proceso de perfeccionamiento del alma humana a través de la metempsícosis, cuyo fin último es precisamente liberarse de dicho ciclo: "El título del disco Aion (1990) también hace referencia a las enseñanzas órficas y de otras corrientes especulativas acerca del Tiempo y el Universo. El aion representa el tiempo ilimitado, sin fin, es decir, eterno, y se solía representar de forma parecida al Ouroboros, ésto es, un joven rodeado por una especie de halo (en ocasiones una serpiente) que representa el Universo; a su vez, ésta figura se confundió con la de otra deidad eminentemente órfica, el dios Fanes, quien habría surgido de un huevo cósmico incubado por una serpiente enroscada a su alrededor, y a quien se consideraba el creador y origen de la vida. El orfismo vuelve a resonar en el tema Persephone (the gathering of flowers); si bien éste es un mito sobradamente conocido en la mitología clásica, para la secta órfica tuvo una especial importancia, dado el énfasis que pusiera ésta secta mistérica en la existencia en el Más Allá. En breve: la joven Perséfone, hija de la diosa Deméter, es raptada por el dios del mundo de los muertos Hades (también llamado Pluto) cuando se encontraba recogiendo flores; su madre inicia su búsqueda desesperadamente hasta enterarse de la verdad. Decide suplicar al padre de los dioses, por lo que Zeus forzará finalmente a Hades a devolver a la joven, más el dios infernal consigue que la doncella coma algunos granos de una granada que le ofrece uno de los jardineros del mundo subterráneo; puesto que la ley divina establecía que todo aquel que comía o bebía algo en el reino de los muertos estaba obligado a permanecer allí por el resto de los tiempos, se hubo de llegar a un acuerdo por el cual Perséfone permanecería cuatro meses en el reino de Hades, para pasar el resto del año junto a los dioses olímpicos y su madre. Éste mito, que daría origen a los misterios de Eleusis, representa el ciclo anual de la cosecha, pues los cereales (y las plantas) mueren aparentemente durante los meses de invierno para revivir con la llegada del buen tiempo; de éste modo pasó a ser una metáfora del ciclo de reencarnación postulado por el orfismo. En particular, los órficos se centraban en el momento exacto del rapto de ésta diosa por el dios infernal Pluto, acaecido en el momento en que ésta se recogiendo flores ataviada con un manto de estrellas, tal como detallan los textos que nos han llegado, si bien la significación de éste detalle particular no ha sido suficientemente explicada" (Gutiérrez, pp. 217, 218). El otro gran tema de la obra lírica de DCD y que prácticamente ocupa toda su producción, es también uno recurrente dentro de la mitología clásica (y de otras muchas culturas). Nos referimos al viaje iniciático de la persona en busca del perfeccionamiento espiritual, el cual se ejemplifica en un viaje físico. Podemos ver ésta idea en textos de DCD que no conllevan referencias clásicas directas, tales como Wild in the Woods o The Arcane (ambos de su primer LP); pero será en el disco Into the Labyrinth (1993), prácticamente un disco conceptual, donde encontraremos ésta idea plenamente desarrollada a partir de temas claramente mitológicos. El título del álbum alude al mito del héroe griego Teseo, quien venció al monstruo del Minotauro. Éste ser mitad humano y mitad toro, resultado de la unión de la reina Parsífae (enloquecida por una diosa) con un toro, había sido recluido por el rey Minos de Creta en un laberinto construido por el famoso ingeniero Dédalo y requería un tributo periódico a la ciudad de Atenas de siete jóvenes y siete doncellas. El príncipe ateniense Teseo se decidió a acabar con el monstruo, para lo cual se embarca como integrante de una de las partidas de jóvenes para la bestia. Al llegar a la corte del rey Minos y anunciar su propósito, las hijas de éste (Ariadna y Fedra) se enamoran del joven, y la mayor decide ayudarle en secreto, proporcionándole un ovillo con el cual podrá encontrar el camino de salida del laberinto tras haber acabado con el Minotauro. Éste mito de amplias y variadas significaciones, está muy relacionado con antiguos rituales de paso y fecundidad. El laberinto, representado usualmente con forma circular, y el deber de matar al monstruo que mora en su interior pueden interpretarse como un símbolo del paso del joven a la edad adulta. El hecho de tener que introducirte en un laberinto intrincado y ser después capaz de hallar la salida es de una simbología evidente; y las dificultades para la orientación aluden a las dificultades propias de la vida, y representan el proceso de aprendizaje de toda persona. Al mismo tiempo se aprecia una conexión con la historia del largo periplo de Ulises narrado en la Odisea, tema también tratado por DCD en Ullyses, del álbum The Serpent´s Egg (1988); el largo peregrinar de Odiseo es una prueba de coraje, fidelidad y valor, es un viaje lleno de pruebas a través de las cuales el héroe va evolucionando y transformándose. Al ser un viaje circular es siempre un regreso, un retorno al origen, al cual sin embargo la persona llega transformada, perfeccionada, gracias a las pruebas que se le presentaron y ha sido capaz de superar con éxito. Éste mito puede ser interpretado en clave mística como un proceso de desarrollo espiritual, que nunca es sencillo ni rápido, sino lento y costoso. Simboliza la búsqueda a través del perfeccionamiento espiritual para alcanzar el conocimiento y la sabiduría. Y tal como dice el último verso de la canción Ullyses, éste viaje no viene a ser más que un periplo, un regreso, puesto que todo conocimiento no es más que un recuerdo, un recuerdo de aquella Edad Dorada, de aquel paraíso en el que una vez moramos y al que ya sólo nos es posible volver a través del perfeccionamiento espiritual: "Pues ésta noche debemos partir, con la primera brisa suave, hacia las islas del conocimiento navegamos, al igual que Ulises, por un despejado mar, en una odisea de autodescubrimiento". De igual modo, la idea del laberinto circular se relaciona con el tema anteriormente tratado de los ciclos vitales y de la Naturaleza, de la vida y la muerte, así como con la idea de la eternidad del tiempo y del cosmos. El laberinto es circular y su dificultad se debe a que es un viaje iniciático; circular como viene a ser el ciclo de la reencarnación, cuyo objetivo es el mismo, el perfeccionamiento espiritual, la liberación del alma. El laberinto es una expresión espacial/física del concepto de la reencarnación, un círculo en el tiempo. Y es circular porque es un regreso al estado perfecto, la Edad Dorada de la que hablarán Hesíodo, Platón y tantos otros. Según el orfismo, la especie humana tiene una composición dual, habiendo sido creada a partir de la mezcla de la sangre del dios Dionisio (representando su parte divina, el alma) y cenizas de los Titanes (representando el aspecto material y concupiscente, el cuerpo físico en definitiva); debido a ésta suerte de pecado original, el individuo ha de buscar la expiación a través de un proceso de reencarnaciones en diversos seres, tiempo durante el cual el alma se va purificando hasta alcanzar el ultimo estadio que viene a ser el del iniciado en los misterios órficos. En efecto, para los seguidores de ésta corriente, los preceptos y normas de vida atribuidos al mítico Orfeo producirían la liberación del ciclo de reencarnaciones, escapando así el alma del iniciado al triste destino post mortem del común de los mortales, condenados por su ignorancia a residir tras la muerte en un oscuro reino subterráneo y en ocasiones siendo víctimas de crueles castigos, o con suerte llevando una muy monótona vida, más o menos como se describe en el canto X de la Odisea o en el dialogo platónico Gorgias. Para ésto, a los iniciados se les transmitía una serie de conocimientos e instrucciones muy concretas acerca de cómo actuar en vida y de lo que hacer tras la muerte. Se han hallado numerosas tablillas con las que se enterraban los adeptos, en las cuales figuraban una serie de instrucciones acerca del camino a seguir y lo que decir una vez llegados al reino de los muertos. El momento crucial es cuando se llega a dos fuentes, la de la memoria y la del olvido, si se bebe del olvido, consecuentemente se olvidarán las enseñanzas recibidas en vida y se pasará a una triste semi-existencia que se extenderá por el resto de la eternidad; mientras que si bebemos de la fuente de Mnemósine seguiremos recordando las instrucciones y alcanzaremos los Campos Elíseos, donde las almas moran felizmente por la toda la eternidad libres de preocupaciones, reviviendo eternamente la época más feliz de su vida. Mnemósine es mencionada en el tema Amnesia del álbum Anastasis (2012), que se relaciona con éstas ideas, puesto que el tema de la canción es la importancia de no olvidar, para aprender de los errores pasados y evolucionar espiritualmente: "Memoria, ayúdame a ver, Amnesia, Memoria, libérame". En éste sentido, es interesante el hecho de que el DCD dedicara otra de sus composiciones (The Lotus Eaters) al pueblo de los lotófagos que aparece en el canto IX de la Odisea. Ésa gente, que habita en una isla del norte de África en un entorno paradisíaco, se alimentaba exclusivamente de una planta que les dejaba en un estado de completa felicidad, pero también de completa inactividad, sin deseo alguno de hacer nada. En éste sentido, son un claro símbolo de la tentación de abandonar la lucha espiritual y vivir en la inopia, olvidando el deber espiritual de alcanzar la sabiduría; incluso podemos ver en ésta isla y sus gentes un trasunto del destino de las almas de los no iniciados, condenadas a vivir en una pseudo-existencia, sin apenas conciencia. Se ha mencionado más arriba que el disco Into the Labyrinth casi puede considerarse un álbum conceptual, en el que se van describiendo diversas etapas del mito de Teseo y el Minotauro. Conviene recordar que por lo general todo mito se encuentra asociado a una determinada ceremonia ritual, y muy probablemente también sea el caso de éste mito concreto. De hecho, algunas versiones especifican que el laberinto era el recinto sagrado en donde Ariadna realizaba sus danzas. Éste detalle hace pensar en que ésta figura tendría ciertas funciones religiosas, probablemente ligadas a algún tipo de rito de fertilidad, como parece confirmar el protagonismo de la figura del toro, presente en muchos cultos de éste tipo en toda la zona del Mediterráneo oriental. Así pues, todo ritual suele comenzar con una danza sagrada destinada a propiciar el favor de los dioses o espíritus, del mismo modo que se realizaba un acto ceremonial antes de emprender un viaje o empresa. Por ello, nada más adecuado que abrir el disco con un tema inspirado en las danzas sagradas de los aborígenes australianos, dedicadas a la Serpiente del Arco Iris, deidad relacionada con la fertilidad y el renacimiento, ambos temas centrales del mito griego, como ya se ha visto: "El siguiente corte del disco, The Wind that Snakes the Barley, aunque se trata de un antiguo tema tradicional irlandés, encaja bien aquí por su temática. Al tratar acerca de los sentimientos de un joven antes de partir hacia la guerra se puede establecer fácilmente un paralelismo con el joven Teseo decidido a liberar su ciudad del terrible impuesto. Del mismo modo, el instrumental Ariadne nos evoca el momento de la llegada del héroe a la corte del rey Minos, y el enamoramiento de la princesa y su decisión de ayudarle a acabar con el monstruo. Más adelante, en el disco nos encontramos con el tema Towards the Within, que parece anunciar el momento en que Teseo se introduce en el laberinto dispuesto a luchar con el Minotauro y a regresar después a su patria. Otro tema más de éste disco que tiene que ver con el mito que nos ocupa se llama The Spider´s Stratagem, título que remite inmediatamente a la película de Bernardo Bertolucci (Strategia del ragno, 1970) del mismo título. Éste film, a su vez, está basado en un cuento corto de Jorge Luis Borges (Tema del traidor y del héroe), el cual ahonda en la temática tan querida para su autor de la circularidad del tiempo y de la eterna reactualización de las cosas pasadas. Así pues, en éste caso se trata de un laberinto temporal por el cual vagamos en círculos constantemente sin ser capaces de escapar, hasta el momento en que nos volvemos conscientes de ésta situación a través de la indagación interior, siendo éste momento el principio de nuestra liberación. Y cabe preguntar finalmente cuál es el secreto para superar éstas pruebas, para encontrar el valor necesario para superarlas y alcanzar la sabiduría y la liberación espiritual; la respuesta de DCD parece ser el amor, tal como podríamos interpretar a partir del tema In Power We Entrust the Love Advocated (Garden of the Arcane Delights, EP 1984): "El camino pasa por nuestro amor, no puede haber otros medios para el fin, o las llaves de mi corazón, nunca encontrarás, nunca encontrarás". La ilustración de la portada de éste EP, realizada por Brendan Perry, muestra un paisaje que recuerda bastante al de las tabillas órficas, y según la propia explicación del autor, ahonda en los temas tratados a lo largo de éste escrito. Así pues, dependemos de nuestra capacidad para comprender e interpretar correctamente las señales que nos son dadas y de nuestra voluntad para elegir el camino correcto y liberarnos así de ésta existencia aprisionada en el mundo material, para finalmente alcanzar la verdadera existencia espiritual. Y la única fuerza capaz de proporcionarnos ésta capacidad es el amor. En la obra de DCD pueden encontrarse aún muchas más referencias a mitologías y creencias, no sólo de la Antigüedad clásica, sino también de otras tradiciones culturales de diversas partes del globo; pero todas conllevan un mensaje místico" (Gutiérrez, pp. 223, 224, 225).


Autor del texto: Armando Ossorio ©

XPOFERENS

 

"Las crónicas medievales se hallan repletas de éste tipo de ataques a iglesias y monasterios. En su condición de lugares rebosantes de riqueza y utensilios de valor incalculable constituían un claro objetivo del pillaje; y en su calidad de centros económicos podían proporcionar a las tropas saqueadoras grano, vino, caballos y otros tipos de suministro tremendamente necesarios para un ejército en marcha. El hecho de que los vikingos fueran paganos y de que en ése sentido se les condenara rotundamente por serlo y por dedicarse a bárbaras actividades no significaba que los fieles cristianos no supusieran una amenaza para la Iglesia. En el Occidente latino, los mismos objetivos que atraían a los vikingos seducían a las tropas cristianas… La vulnerabilidad de los establecimientos religiosos queda patente en los acontecimientos que tuvieron lugar entre los años 1216 y 1217 durante la invasión francesa de Inglaterra… Pese a que tales actos eran sacrílegos y se les condenaba incluso como crímenes de guerra, la perspectiva de apoderarse de los bienes de la Iglesia resultaba demasiado tentadora y no había quien pudiera resistirse a ella: en sus arcas y naves podía hallarse una cómoda fuente con la que abastecer de paga y víveres a la soldadesca".



"Los autores eclesiásticos sostenían que los saqueadores eran blasfemos, irreverentes salvajes, pero no resultaba nada frecuente que los asaltos tuviesen intención de atentar contra la religión. Las estatuas, imágenes y altares no se mutilaban como consecuencia de una voluntad de destrucción gratuita, sino para arrancarles las piedras y los metales preciosos que tenían incrustados, mientras que las vestiduras, tapices y paños de los altares constituían bienes de valor y eran fácilmente transportables. Hasta los reyes, vicarios de Dios, participaban en tales actos de pillaje; así lo hizo por ejemplo en 1231 Enrique III, presuntamente santo… Era frecuente que el impulso destructor se dirigiera contra establecimientos religiosos sujetos al padrinazgo de un adversario, ya que así se dañaba a un tiempo la reputación del patrón y los beneficios económicos que dichas instituciones le proporcionaban… Si deseaba protección, la Iglesia debía poner su esperanza en algo más que en simples oraciones piadosas. Debía recurrir al mundo temporal de la política y la guerra, buscar benefactores que no sólo le proporcionaran ayuda económica sino también los medios precisos para defender la riqueza generada… Desde el papa de Roma hasta los abates de las sedes provinciales, la Iglesia tenía necesidad de espadas y escudos para protegerse de los ataques".

 

Sean McGlynn.

A hierro y fuego.

Las atrocidades de la guerra en la Edad Media.

 

CRÍTICA (2009).

 

"Non nobis Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam".


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Sander van der Wel. CC BY-SA 2.0 Los demonios del Edén. ♛♛♛♛♛♛♛♛♛♛♛♛♛♛ Los Meh de la Civilización de Inanna de Unug (3750 a.C.), recopilados por los mitógrafos de Babilonia, incluían el arte de hacer el amor, el beso del falo, el arte de la prostitución, el arte de la aceleración, el arte de hablar claro, el arte de hablar difamatorio, el arte de hablar florido, la prostituta culta y la taberna sagrada. El sexo es un impulso primario que puede ser desencadenado e inhibido por las condiciones biológicas y por señales del ambiente. Cuando se realiza por medio de una transacción económica se llama prostitución. Cuando se realiza por medio de un intermediario se llama trata. Cuando se realiza a nivel global se llama tráfico. El sumerio EDIN “gran estepa” abarcaba de los montes Zagros hasta Arabia. La diosa del sexo y la guerra tuvo varios nombres: Inanna de Unug, Ishtar de Agade y Mulita de Asiria= MYLITA. El sumerio MUL “estrella” del AN “cielo” = MU-LAN “luminaria, estrella brilla...

Simpatía por el diablo.

Micronomel © Armageddon. N ﺱ N ﻖ N ش N ﺱ N ﻖ N ﻖ N N ★ N ★ N ★ N ★ N ★ N   El profeta iranio Zoroastro (1500-1200 a.C.) fue el primero en concebir la vida humana como una batalla entre los hijos de la luz y de las tinieblas con el triunfo final de la luz, tesis que sobrevivió en el judaísmo, el judeocristianismo y el islam. El judeocristianismo era judío, apocalíptico, escatológico, milenario y comunitario. Pablo de Tarso convirtió la salvación comunitaria en universal, imperial y personal, despojada de la ciudadanía activa por la caída de la gracia: “He aquí que por un solo hombre el pecado entró al mundo y por el pecado la muerte, y de este modo la muerte pasó a todos los hombres por el hecho de que todos han pecado (…) Así como la falta de un solo hombre ha arrastrado a todos los hombres a la condenación (…)” (Romanos 5, 12-18). Agustín de Hipona en una confesión privada del Estado laico con la separación de las dos ciudades por la caída de la gracia: “Dad al César lo que ...

La guerra informativa.

Ciudad Mito & Bienestar. ¸¸¸¸¸ Steven Forti es historiador y analista político. Profesor asociado en Historia contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa. Miembro del consejo editorial de CTXT, Política & prosa e Il Mulino. Co-autor de "Patriotas indignados. Sobre la nueva ultraderecha en la Posguerra Fría" (ALIANZA, 2019) y autor de "Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla" (SIGLO XXI DE ESPAÑA, 2021). En el artículo "Posverdad, fake news y extrema derecha contra la democracia" (NUSO Nº298, 2022) parte de la definición de posverdad del Diccionario de Oxford, que la eligió como la palabra del año 2016: "circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que las referencias a emociones o creencias personales". Según Lee McIntyre, "la posverdad no es tanto la afirmación de que la verdad ...

Satanismo para principiantes.

Autor: Elena Tkachenlo. CC BY-SA 4.0 El Libro de Enki. אבגדהוזחטיךכלםמןנסעףפץצקרשתװױ El Libro de Enoc es en realidad una colección de textos conocidos como Libros de Henoc en el período III a.C.-VI d.C. El corpus compuesto por el Libro Etiópico de Henoc (Henoc 1), El Libro Eslavo de Henoc (Henoc 2), El Libro Hebreo de Henoc o Sefer Hekalot “Palacios Celestiales” (Henoc 3), los fragmentos arameos y coptos de Henoc del siglo VII y VIII (basados en Henoc 1). ¿Dónde surge el nombre Henoc? Los hebreos hacen descender el nombre de la raíz hebrea חנך hnk “dedicar” o hanikim “dedicar, celebrar, vasallo” en Gn 14, Dt 20:5, 1Re 8:63 y 2Crón 7:5. No comparto la raíz hebrea, la kemita HN “hierba” y K “duna” producen Heneke “hierba de la duna”, pero si al final agregas una T “torta”, produce la cerveza HNKT (Heineken). Las palabras kemitas que terminan con T son femeninas, torta es el equivalente de “pan” y duna de “pecho”: hitita PEDA “lugar”, latín OPPIDA “colina, meseta”, nipón OPPAI “t...

Magia para principiantes.

Autor: Camelia boban. CC BY-SA 4.0 La señora de las trenzas. Louis-Jean Calvet en Historia de la escritura. De Mesopotamia hasta nuestros días (2009), hace un recorrido de la comunicación. En 35.000 a.C., las incisiones sobre huesos del musteriense, rayas de contabilidad que evolucionaron en tablas con la representación de cabezas de animales y animales de cuerpo entero, primero en desorden y luego agrupados en manada (taxonomía): caballos, bueyes, bisontes. Los signos femeninos agrupados en cinco series triangulares, escutiformes, ovales y claviformes, donde la vagina aparece representada como un triángulo de punta invertida, con hoyo en medio, línea a la mitad o en forma de flecha que apunta hacia abajo. Los signos masculinos agrupados en cinco series, el pene con el prepucio hacia abajo y los testículos peludos, y figuras abstractas que lo representan como “flechas”, “espigas” y “peines”. El primer sistema contable iranio entre Susa y Djowi del V milenio a.C., tenía 26 símbolos e...

Pedonomics Vol. 3

  Kaewalin Winotaphan. ICE SIAM DREAM © #PedoNeurosis.  あかがか゚さざただなはばぱまぱ   En la Antigua Grecia y Roma no existía la palabra homosexual ni pedofilia, sino el gusto estético. La gran tradición se distinguía por la educación clásica, el dominio del griego, el latín culto, la filosofía y la retórica. La pequeña tradición por el folclore, las fábulas, los proverbios, las fiestas, las canciones y los oráculos. La FAEX POPVLIS “heces del pueblo” f ormada por los campesinos, los artesanos, los peones, los curanderos, los adivinos, los zapateros, los herreros, los pescadores, los pescaderos, los carniceros, los cocineros, los polleros, los perfumeros, los bailarines, los actores de variedades baratos, los tenderos, los ambulantes, las prostitutas, los ladrones, los lanistas, los lenones, los esclavos, los indigentes y los mendigos. La FAEX tenía a sus propios estigmatizados: los tintoreros, los curtidores y los estercoleros. La sexualidad del bajo pueblo recopilada en la Vida d...

Cinismo para principiantes.

Kaewalin Winotaphan. ICE SIAM DREAM © Liebres, Lobos, Osos, Conejos. El origen de los latinos VRSV “oso”, VRSA “osa”, CVNNVS “vulva, coño”, CVNICVLVS “galería subterránea, madriguera”, CVNA “cuna”, nórdico BERSEKIR “guerrero oso”, alemán BÄR “oso”, neerlandés BEER “oso”, inglés antiguo BERA “oso”, inglés BEAR “oso” proceden del mundo antiguo. Los sumerios usaban las palabras KUN “cola, rabo”, UR “perro” y UR-BAR-RA “lobo, bajo vientre, útero”, HUM “oso”. El nombre del perro y el lobo sustituyeron el del oso: TIN Š E Š AH (excremento de cerdo) Š E UR (de perro) Š E UR.BAR.RA (de lobo) Š E KA (de zorro) A A.GAR.GAR MA Š DÀ (con caca de gacela) “para curarlo, lo fumigarás con excremento de cerdo, de perro, de lobo, de zorro, con caca de gacela”. El latín CANIS “perro” y turco KANI Ş “caniche” de la ciudad asiria KARUM KANI Š (XX-XVIII a.C.) en las montañas de Turquía Central, del asirio KANU: “ser firme en su lugar, permanecer, estar seguro, para durar y soportar, ser leal, honesto, de...